
Así como la productividad argentina sube y baja por ciclos, y en 2023 -medida como valor agregado por ocupado- se encuentra por debajo de su nivel de 2007/8, el PBI per cápita recorre grandes distancias en un juego de montaña rusa que deja muy poco crecimiento a lo largo del tiempo.
Hemos entrado finalmente, tras el rebote postpandemia, a la fase baja del ciclo. Por un tiempo tendremos una contracción de diversos sectores y del PBI.
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El movimiento cíclico puede estar influido por factores externos -la sequía, el ciclo monetario mundial para enfrentar la inflación, la evolución mucho más lenta en este período de la economía mundial-, así como por factores domésticos -freno de mano sobre el desborde fiscal y monetario para no acelerar la inflación, freno de mano en importaciones, freno de mano porque ya no hay reservas-.
Sin embargo, los ciclos se dan en un sendero de crecimiento de largo plazo muy bajo o directamente nulo, si se mide en términos por habitante, y los economistas de la Argentina ya empiezan a reclamar parecerse a Perú, Paraguay, Colombia, no solo a Chile y Uruguay, no solo a los emergentes del Asia, Oceanía, el este de Europa. Los Tigres de la región tienen un desempeño modesto y apenas rugen, pero son nuestro objetivo.
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Esa descripción somera del estancamiento lleva a la cuestión básica de qué camino seguir para salir del encierro. ¿Cómo parecerse a los otros? La respuesta es, como es de esperar, que hay varios caminos, todos enfocados hacia un escenario de normalización de las reglas económicas, jurídicas y políticas del funcionamiento de una sociedad abierta, democrática y republicana. La estabilidad del sendero de ajuste dependerá de factores políticos y económicos, y la evaluación que se haga de ellos determinará senderos de convergencia más rápidos o lentos, con oscilaciones mayores o amortiguados, con correcciones frecuentes o más espaciadas.
La Comunidad Europea es un ejemplo de ese proceso, perfeccionado y sostenido -a pesar de las tormentas- por varias décadas. La elección del camino dependerá, sin duda, de la evaluación de las condiciones iniciales, de la capacidad política para introducir reformas, de las características de la economía para absorber cambios.
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Resulta claro, sin embargo, que sin una aproximación diferente a la que seguimos hasta aquí, que introduzca cambios institucionales significativos en el funcionamiento político y económico, los resultados no serán muy diferentes al decepcionante desempeño obtenido en las últimas 8 décadas. A falta de normalidad institucional, la excepción es la regla que prevalece, o sea que en la Argentina la norma es lo excepcional.
Ese es el mejor escenario para que los tiburones encuentren su presa: en la excepción, y la confusión que reina, prevalecen los depredadores. Eso es lo que vemos en la política, con gobiernos que se perpetúan por décadas en provincias que abandonaron su carácter abierto, representativo y democrático.
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Y también se ve en la economía entre quienes procuran que los cambios que se hagan en el futuro “no duelan”. Hay que “preservar a los sectores” (léase a las “empresas y sus accionistas”) que van a estar sometidos a la competencia, porque no podrán soportarla y, por lo tanto, bloquearán el proceso de reformas.
Esta aproximación nos puede llevar a reformas parciales (incompletas, desconectadas unas de las otras) en las que prevalezcan, protegidos para siempre, sectores de muy baja productividad, mientras se castiga a otros sectores de muy alta productividad.
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Los segundos terminarán siempre financiando a los primeros, y el resultado no será muy diferente del actual en el que los más productivos financian no solo a los menos productivos -algo que puede organizarse para un periodo bien definido y limitado de transición, pero no en forma indefinida- sino a todos los que rodean al sector menos productivo (la “casta política”, si es que tal taxonomía refleja algo que solo se le imputa a la política, pero que tiene raíces mucho más profundas en la sociedad y los propios agentes económicos).
Quienes procuran “preservar a los más débiles” no se refieren a proteger a los empleados informales o los monotributistas que escapan de la contractualidad laboral que impide el desarrollo y crecimiento de las empresas. Se refieren más bien a los sectores de actividad y, dentro de esos sectores, a las empresas menos eficientes, que dependen de la protección y los distintos cepos, y naturalmente al universo sociopolítico que rodea y prospera alrededor de la prebenda.
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En efecto, los más beneficiados de un proceso de apertura, desregulación y crecimiento son quienes hoy están excluidos del sistema, una proporción cada vez mayor de la población.

La idea de reformar “a medias” la economía para no crear tensiones es equivalente a la de construir una economía dual que sostenga a los grupos improductivos gravando exageradamente a los sectores más productivos. Eso siempre es posible y, de hecho, la Argentina hace tiempo que presenta esa dualidad.
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Los países que prosperan, tal como surge de la experiencia del sudeste asiático desde los tempranos ‘60, del largo proceso de construcción de la unidad europea que empieza con la Comunidad del Carbón y el Acero en 1951 y llega a la actual Unión, y de la propia experiencia de los países de Latinoamérica, muestran que siguieron caminos muchas veces traumáticos para sacudir el letargo de décadas de mediocridad y depresión.
Nadie dijo que el camino de abrirse al mundo será sencillo y libre de sobresaltos, pero la alternativa de permanecer encerrados en una economía dual que languidece ha probado ser mucho peor.
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Esta columna fue publicada en Revista Indicadores de Coyuntura FIEL 654
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