
Estamos bombardeados por malos presagios, la descomposición social es crítica, la crisis atemoriza, la capacidad destructiva de la dirigencia espanta, la anomia se expande, la inflación se descontrola, la inseguridad nos espera a la vuelta de la esquina, la pobreza nos escupe en la cara, la educación ya no educa, la corrupción nos saca la lengua y sigue. La desazón afecta la vida diaria y los vínculos entre las personas. Vivimos angustiados y enojados, con una sensación creciente de frustración y de falta de expectativas, de esperanzas de un futuro mejor. No se avizora una dirigencia con visión clara y poderosa.
En esencia los problemas que padecemos no son novedosos, vienen de hace largas décadas y se han convertido en estructurales, con independencia de los gobiernos de turno. La falta de previsibilidad, de reglas claras y sostenidas en el tiempo, los vaivenes en materia económica, el conflicto permanente entre los factores de poder, tienen mucho que ver con las crisis recurrentes. No hay país en la historia que haya logrado avances significativos sin contar con una base de estabilidad y certeza, sin saber que las reglas de juego serán respetadas por todos, sin tener consensos sobre algunos objetivos básicos y formas de alcanzarlos.
La dirigencia política, económica y social tiene evidente responsabilidad en esta situación. La pugna por alcanzar o mantener el gobierno, natural y lógica en el marco de la democracia, se ha convertido en la descalificación y demonización del adversario, a quien se atribuyen todos los males mientras se niega –a extremos muchas veces ridículos- toda responsabilidad propia. La “solución” planteada, en tal contexto, es la derrota “del otro”, pero como tal derrota no termina siendo posible, al menos de manera concluyente, caemos una y otra vez en laberintos sin salida. Una encerrona trágica. De ese lugar no se sale solo.
En 2023 se cumplen 40 años desde la recuperación de la democracia, un aniversario de gran significación para nuestro país que sabe de los horrores que causan las dictaduras y la privación de los derechos más elementales. Es fundamental preservar la memoria de lo que sucede cuando las instituciones democráticas desaparecen y recordar que no hay soluciones mágicas ni personas providenciales que puedan traerlas por sí solas.
El enojo y la angustia no deben hacernos olvidar que siempre se puede estar peor. El deseo, sin duda lógico y totalmente comprensible, de salir de una situación agobiante puede conducir a pensar en que alguna figura nos “rescate”, aunque sus propuestas sean confusas, incomprensibles o, a poco que se las analice, sin sentido ni posibilidad real de ser aplicadas.
La política es una herramienta indispensable en cualquier sociedad. Los actos de quienes sólo se preocupan por sus intereses y la desvirtúan, no deben impedirnos entenderlo. En todo caso lo que necesitamos es construir Política (con mayúscula) y combatir la politiquería que tanto abunda y tanto daño causa.
El reclamo de acuerdos básicos -con dirección, contenido y coherencia- suena muchas veces como simulación, muchos lo proclaman, nadie lo actúa seriamente.
En ese sentido, la reciente convocatoria a un gran acuerdo nacional de Esteban Bullrich -quien desde sus inicios en la política se ha comprometido con la amistad cívica y la búsqueda de consensos y pocas veces ha sido escuchado- es una propuesta que, quizá ahora, desde el miedo a la disolución nacional el inagotable coraje, fuerza moral y compromiso profundo con el bien común que él demuestra es un extraordinario ejemplo a seguir.
Una sociedad enferma debería escucharlo. Como bien dice, la oportunidad elegida es inmejorable: se cumplen 170 años desde la sanción de la Constitución Nacional, ese acuerdo fundante de nuestra democracia y qué mejor que volver a reunirnos para salir del abismo en que nos hallamos sobre la base del consenso y el esfuerzo compartido. Que la convocatoria sea un brindis y una promesa: Al gran pueblo argentino ¡Salud!
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