
El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) informó que en el segundo semestre del año pasado la pobreza en Argentina ascendió a 39,2% y la indigencia 8,1%. Estos número fríos, asépticos, crueles nos interpelan como sociedad y proyecto de país, y a 40 años ininterrumpidos de vivir en democracia, pareciera que la calidad de vida, el progreso, el desarrollo y el crecimiento armónico de la sociedad son palabras que no se encuentran en el diccionario de gran parte de nuestra dirigencia política.
Pierre Sane -ex secretario general de Amnistía Internacional (1992/2001)- dijo que “la pobreza es una violación de los derechos humanos”, porque los derechos humanos, como concepto integral y no selectivo, son reglas que reconocen y protegen la dignidad de todos los seres humanos y, la pobreza, configura una grave violación.
Los datos que arroja la encuesta en lo referente específicamente al conurbano bonaerense causan escalofríos. Con respecto al primer semestre de 2022, la incidencia de la pobreza registró un aumento, donde de un total de 4.061.157 hogares, que habitan 12.750.803 personas, 329.457 hogares que significa 1.251.148 personas son indigentes, en este lugar encontramos además 1.463.704 de hogares donde existen 5.743.731 personas son pobres, es decir el gran Buenos Aires, concentra entre pobres e indigentes un total de 6.994.879 personas.
Estos datos sobre la pobreza nos obliga a concentrarnos en los intendentes eternos del conurbano, quienes conciben o transformaron sus gobiernos locales en pequeñas “monarquías”, autopercibiéndose como pequeños Césares. A estos nuevos monarcas pareciera que nada les importa el gran crecimiento poblacional de su región y el incremento de la pobreza y la indigencia en sus feudos, porque ese crecimiento demográfico de ninguna manera fue acompañado en una mejora en los servicios públicos básicos y de infraestructura social. No hay redes cloacales o de agua corriente, faltan escuelas, salas de salud, calles transitables, lo que provocan no solo en una degradación constante de la calidad de vida de sus habitantes sino que hacen cada vez mayor la brecha existente en nuestra sociedad, porque no existen políticas públicas que aborden seriamente esas problemáticas, y así la desigualdad se transformó en la regla.
Esta situación destruye cualquier perspectiva de progreso en grandes sectores de la sociedad y modela el clientelismo, un caldo de cultivo ideal para construir un tipo de esclavitud moderna, donde los pobres e indigentes ya no exigen mejoras en servicios públicos o infraestructura, solo busca conservar las migajas que les da el Municipio, la Provincia o la Nación, transformando a esas “limosnas” estatales en una herramienta de vasallaje, donde esta personas terminan siendo obligadas a ser parte de espacios políticos determinados, coartando su libertad por favores que significan también una estrategia de supervivencia.
En gran parte del conurbano bonaerense y en sus intendentes no hay voluntad ni interés de sacarlos de la pobreza y varios tienen como objetivo congelarla, eternizarla, porque saben que el clientelismo es su mejor herramienta para domesticar a la población más vulnerable. En su mediocre sabiduría y perversa mirada los intendentes se hacen fuertes con sus dádivas estatales, construyendo políticas esclavistas en detrimento del progreso, el mejoramiento de la calidad de vida y la dignidad de sus habitantes.
En sus políticas públicas, festejan y se fotografían con la entregas de bolsas y cajas de comida, entregando tierras y año tras año, administración tras administración, hacen gala de regalar derechos, sin importarles nada la búsqueda de un verdadero crecimiento y desarrollo, que les devuelva a los pobres su dignidad, para hacerlos sentir personas libres y con capacidad de transformar sus vidas, su realidad y construirse un futuro distinto y mejor.
Los datos de INDEC son una foto triste y infame de nuestro presente, ante esa realidad todos los argentinos tenemos como desafío intentar, persistir, preservar, luchar, y parafraseando a Víctor Hugo y su gran obra “Los Miserables”, “…pelear a brazo partido con el destino, dejar asombrada a la catástrofe cuando ve qué poco miedo nos da, ora enfrentarse al poder injusto y ora rebelarse contra la victoria ebria, resistir, plantar cara: ése es el ejemplo que necesitan los pueblos y la luz que los electriza”. Ese debe ser nuestro compromiso.
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