
El juicio político que Alberto Fernández quiere iniciarle al presidente de la Corte Suprema de Justicia responde claramente a los hilos de una marioneta de tinte autoritario, que, ya no quedan dudas, son manejados a medida por la (vice)presidenta Cristina Kirchner, en una relación entre ambos casi de amor no correspondido en el que “ella” prefiere ahora correrle la cara.
Salvo alguna declaración del Presidente de la Nación, que desde hace rato se lo nota ido de la realidad y los problemas que sufrimos los argentinos, nada es casual en este gobierno que hizo del cinismo su máximo valor retórico. Y este nuevo avance sobre la Justicia, claramente Cristina lo anunció indirectamente en su demagógico acto en Avellaneda. Ahí dejó anotado que el camino del Ejecutivo iba a ser de más aprietes y persecución al Poder Judicial, en su eterno intento de amedrentarlo para conseguir su impunidad. Más aún después de su condena, no proscripción.
En la cronología de hechos, primero Alberto Fernández dijo que no iba a acatar el fallo, cual nene rebelde que se empaca y no quiere cumplir una penitencia, sin entender las consecuencias cívicas que en un Estado de Derecho podría ocasionar un desacato de esa naturaleza. Conductas propias de un Presidente perdido o de, otra vez, una marioneta irresponsable y vilmente manipulada.
Cualquiera de las dos opciones es muy peligrosa para los valores republicanos de una Nación, pero me inclino a pensar que primó la segunda, cuando finalmente apareció la intención de pago a la Ciudad de Buenos Aires, vía bonos (herramienta con la que, dicho sea de paso, se busca adoctrinar a las provincias que no responden a su mismo signo político, alejándonos más del federalismo), pero ya a los pocos días surgió el pedido de juicio político.
Y no es casual que fuera el 1° de enero. El mensaje es claro. “En el primer día del año, la prioridad de este gobierno es avanzar nuevamente contra la Justicia, derrotarla y ganar la impunidad de nuestra líder espiritual y jefa política”, pareciera decir Alberto Fernández, entre líneas para nada rebuscadas.
Con un ingrediente de una contradicción en la propia “jefa”: ella, en otro interminable acto o intento de defenderse ante su núcleo duro por la causa Vialidad, que se emitió por Youtube a principios de diciembre: “No voy a ser candidata a nada, mi nombre no va a estar en ninguna boleta”. Entonces, no hay proscripción, hay condena y renunciamiento (al menos para las próximas elecciones): una por sentencia judicial que cualquier ciudadano, sin importar su rango, podría apelar pero nunca no cumplir; y otra por “decisión” propia.
Las comillas refieren a que el nivel de populismo es tan elevado en el kirchnerismo que quizá aquella renuncia a conformar una lista este año no era genuina, sino un llamado al clamor. Rebuscada y oscura, como han sido sus gobiernos. Hay que saber que Cristina Kirchner hizo, hace y hará todo lo que a ella y a su familia le convenga para lograr su tan ansiada impunidad. Es decir, ni la República ni los argentinos son su prioridad.
De esta manera, como conclusión de esta serie vergonzosa de hechos, que tiene a una vicepresidente manipulando a su gusto a un Presidente ya mareado, pero absolutamente responsable del caos interno y de la deplorable situación en la que está dejando al país, con niveles de inflación, inseguridad y educación extremadamente alarmantes, sostengo que el juicio a la Corte es un atropello y un avasallamiento a la institución judicial. A los únicos que le cabe el juicio político son al Presidente y a la Vicepresidenta por el pésimo desempeño de las funciones públicas, a través de la figura de una marioneta ideada para “salvar” a la “jefa”, pisoteando los valores democráticos, federales y republicanos.
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