En esta Argentina “líquida” -según la famosa metáfora del filósofo polaco Zygmunt Bauman- no sólo hemos desarrollado una asombrosa capacidad de resiliencia frente a la incertidumbre tan propia de estos tiempos de “nueva normalidad” a nivel mundial, sino que por momentos parecemos vivir en una suerte de “presente perpetuo” que nos impide pensar y proyectar futuros posibles.
Una situación que, por cierto, si bien no es consecuencia directa de la profunda crisis económica, política y social que actualmente atravesamos, en estos tiempos donde la angustia y la frustración arrecian, se manifiesta con particular crudeza.
No hace falta mucho para demostrarlo: una pobreza que se erige como una realidad lacerante para el 40% de los argentinos, un país que tiene un PBI per cápita similar al de hace 50 años, una inflación interanual del 78,5%, y un estancamiento de más de una década.
Atrapados en un perverso laberinto en el que se juega, nada más ni nada menos, que nuestra propia supervivencia, a menudo parecemos así deslizarnos al conformismo y la autocomplacencia, en un lento, por momentos casi imperceptible, pero inexorable proceso de degradación y decadencia nacional.
En este contexto, a menudo, parecemos conformamos con pequeñas cuestiones que se celebran como grandes noticias. A manera de ejemplos recientes, nos tranquilizamos con tener algunas semanas de paz cambiaria, con haber exorcizado -al menos por unos meses- el fantasma de una devaluación brusca, con la caída de algunos puntos en los niveles exorbitantes de riesgo país, la recuperación de títulos y acciones, y hasta con el cumplimiento de las metas parciales del acuerdo con el FMI. Lo insólito y, al mismo tiempo, trágico, es que muchos creen que estos acontecimientos pueden transformarse en tendencias que se consoliden en el tiempo y acaben por “salvarnos” de la debacle. Todo ello, mágicamente, sin cambiar un ápice. Que nada cambie para que todo siga igual.
La clase dirigente es sin duda un emergente de este proceso en el que prima el “aquí y ahora”. Mientras para amplios sectores de la población esta cruel hegemonía del presente se materializa en la preocupación -e ingente necesidad- de llegar a fin de mes, para una gran parte de la dirigencia política ello se traduce en una visión cortoplacista que privilegia los cálculos electoralistas, ambiciones personales y, por momentos, conductas mezquinas.
En este contexto, la apelación al diálogo lanzada por la Vicepresidenta tras el intento de magnicidio y los trascendidos de contactos informales entre algunos ministros -como Wado De Pedro- y referentes de la oposición que se sucedieron en las últimas semanas, colisiona con la procrastinación de la clase política, tanto en el oficialismo como en la oposición.
En Juntos por el Cambio, las tensiones internas, las desconfianzas mutuas y los resentimientos acumulados tras meses de una disputa por el liderazgo aún en curso, cualquier acercamiento o diálogo con el oficialismo es visto en términos de “traición”. Más allá de que la situación del país lo demande, nadie quiere entonces dar el primer paso, ya que saben que sus rivales internos lo capitalizarán y le pedirán “explicaciones” en nombre de sus votantes. La “grieta” no es sólo entre el kirchnerismo y Cambiemos, sino que también se ha sedimentado dentro de la principal coalición opositora.
Como demostración cabal de ello, Horacio Rodríguez Larreta convocó esta semana a un encuentro nacional denominado “Preparándonos para gobernar: un país federal”, que reunió a más de 150 dirigentes políticos del PRO y aliados en el Centro Cultural Recoleta. Allí volvió a aparecer un discurso que el jefe de gobierno supo esgrimir en otras ocasiones: la apelación a la necesidad de construir amplios consensos para encarar reformas estructurales, pero dialogando sólo con el 70% de la política argentina. Esta exclusión, claro está, apunta a Cristina Fernández de Kirchner y su espacio. Toda una metáfora de esta Argentina en que vivimos.
El oficialismo, claro está, no escapa a están tendencias. Cristina Fernández de Kirchner y Sergio Massa, cada uno por diferentes razones, han ocupado una centralidad que buscan capitalizar, ya sea con fines políticos, electorales, o para ganar tiempo para capear el temporal en materia económica.
Así las cosas, está más que claro que estas especulaciones de corto plazo, en un país que desde hace ya buen tiempo camina temerariamente por el filo del abismo, entrañan graves riesgos para la salud democrática. No es un problema únicamente de los políticos, es una responsabilidad de todos.
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