Como antes de la crisis del 2001, políticos y académicos han impulsado el debate de la dolarización de la Argentina, tema monetario y financiero interesante y espinoso si lo hay.
Lo primero que hay que aclarar es de qué hablamos cuando nos referimos a dolarización. Una cuestión es la dolarización de los ahorros, ya sea en billetes o en un banco en el exterior, y otra es la sustitución de la moneda nacional, el peso, y su reemplazo por el dólar. Lo primero es la dolarización de activos y lo segundo la dolarización plena. De lo que se habla hoy es de esto último, que sería asimilable a lo que hicieron Ecuador, Panamá y El Salvador.
Aclarados los conceptos, la pregunta es ¿por qué no se hace y nos dejamos de martirizar con el peso? Porque toda solución a la crisis en curso tiene sus costos y beneficios, actuales y futuros, no sólo económicos, sino políticos y sociales. El balance positivo de hoy, puede ser un desastre en el futuro, y viceversa. Las condiciones internacionales, políticas y sociales cambian en el espacio y el tiempo, incluso dentro de un mismo país. No es lo mismo un comerciante de La Rioja que un financista de Buenos Aires; no es lo mismo ser un monotributista de Salta que un gran empresario de la misma provincia.
Los impactos positivos y negativos se distribuyen asimétricamente entre personas humanas y jurídicas, según escala de ingreso y posición en activos netos, según edad, localidad, actividad, entre otras tantas variables. A esto se suma el rol de los grupos de presión. Es diferente la capacidad de lobby de una agrupación de bancos que la de los jubilados o la de los chacareros del Alto Valle. Finalmente, es crítica la posibilidad fáctica que tiene el gobierno de aplicarla y sostenerla en el tiempo, más allá de que suele ser un último recurso de una sociedad que colapsa.

En definitiva, la decisión de dolarizar la economía tiene un alto grado de complejidad. Entonces, ¿vale la pena pensárselo?
El análisis de todas las alternativas
En estas circunstancias, conviene analizar cuidadosamente todas las alternativas disponibles, no sólo desde la perspectiva económica y financiera, sino también social, política, geopolítica, entre otras, tanto de corto como de largo plazo, para poder así arribar a una decisión razonable -por oposición a un disparate- y que sea plausible -por oposición a inviable-.
¿Qué cuestiones podemos mencionar, muy brevemente, que deben tenerse en cuenta al momento de analizar el tema? Se pueden al menos remarcar las siguientes:
Es una solución a todo o nada: si se adopta, luego no se puede abandonar así nomás porque el costo de salida suele ser sumamente elevado. Además de los beneficios más conocidos que trae, como reducir dramáticamente la inflación o agregar previsibilidad, la dolarización puede conducir a cambios radicales y de largo plazo en la organización económica, social y política de un país.
Cabe señalar, asimismo, que la economía tendría una mayor exposición a los shocks exógenos, positivos y negativos, y quedaría atada a las apreciaciones y depreciaciones del dólar frente a otras divisas, con su potencial efecto en el balance externo de bienes y servicios reales. En cuanto a la competitividad de largo plazo, se vería igualmente afectada si la inflación y la productividad local resultan en costos por encima de los de nuestros competidores, algo que, lógicamente, variará entre regiones, sectores, empresas y bienes.
En conclusión, si las circunstancias conducen inexorablemente a su adopción, es necesario que llegue a ser parte, más temprano que tarde, de un plan integral de competitividad y desarrollo a largo plazo, alcanzable, socialmente inclusivo, territorialmente equilibrado, políticamente compartido, ambientalmente sostenible, y geopolíticamente realista. Al respecto, vale recordar la advertencia del reconocido profesor de la Universidad de Princeton, William Branson, que dijo que las políticas que prometen un paraíso tienden a fracasar si la población piensa que el camino es demasiado largo y penoso.
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