
La altísima volatilidad que caracteriza a la profunda crisis económica, política y social que atraviesa el país dejó en evidencia esta semana no sólo que lo peor aún no llegó sino que las herramientas a las que viene apelando el Gobierno para intentar contener la crisis son ineficaces u obsoletas.
Ante el desconcierto de la Casa Rosada, el dólar libre —que parece no tener techo—, alcanzó un nuevo récord. Además, la suba del riesgo país continúa su implacable ascenso hacia los 3 mil puntos porcentuales y los bonos y acciones argentinas se desploman.
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Más allá de la vertiginosa última semana, una de la más convulsionadas en materia económica desde que asumió Alberto Fernández, vale la pena hacer el ejercicio de analizar la evolución de estas variables centrales en la dinámica económica argentina —y en el clima de expectativas— en un arco temporal más amplio, a fin de tener un panorama más claro de la magnitud del deterioro argentino.
Desde que comenzó el año el valor del dólar libre trepó 133 pesos (más de 45%). Sólo en lo que va de julio la divisa acumula una suba de aproximadamente 100 pesos. Desde que llegó Silvina Batakis al Ministerio de Economía, y pese a sus anuncios de austeridad fiscal y compromiso con las metas del FMI, el dólar contado con liqui —el que miran las empresas— subió $69, a $321,6; el riesgo país escaló 569 puntos básicos, a 2843 unidades; y la bolsa porteña se desplomó.
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¿Por qué la crisis se acelera? Los pesos queman, la inflación se acelera empujada por factores tanto internos como externos (la guerra en Ucrania y el encarecimiento de la energía), el déficit es gigantesco, el Gobierno ya no tiene opciones de financiarse (ni en pesos ni dólares), y no hay margen para una mayor presión impositiva que permita engrosar los recursos, por lo que seguramente crecerá la emisión. En este marco, los ciudadanos, de acuerdo a sus posibilidades, se sacan de encima los pesos con el objetivo de no perder poder adquisitivo. Así, están los que se vuelcan a la compra de bienes durables o semidurables, el stockeo de productos de primera necesidad y, los que pueden, al dólar oficial o al informal. Los bancos y financieras son reacios a los títulos en pesos del Tesoro, y exigen un seguro anti-default del Banco Central para no desprenderse de ellos. Muchas empresas —por ejemplo las automotrices— no venden por la falta de precios de referencia, otras industrias hacen lo propio por la incertidumbre en relación a la reposición de productos, otros directamente remarcan preventivamente. Y los exportadores, como el campo, con una brecha de 130% entre la cotización oficial y el blue (más las retenciones) son reacios a liquidar cosechas y exportaciones al ficticio dólar oficial.
Como si se tratara de un “círculo vicioso”, en un escenario de gran incertidumbre, estas actitudes y comportamientos “preventivos” generan una mayor presión sobre los precios, más inflación y una mayor inestabilidad cambiaria que se traduce en la suba del blue.
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¿Es un problema de mera especulación como sostiene una buena parte del gobierno? Claro que no. Eso sería simplificar in extremis una situación económica, pero a su vez social y culturalmente mucho más compleja. Se trata de conductas y comportamientos atávicos que son fruto de nuestra propia historia, una historia caracterizada por crisis recurrentes, expectativas frustradas y promesas incumplidas. Seguramente hay y habrá especuladores, pero el grueso de los argentinos sólo quiere resguardarse de la degradación a la que nos lleva un nuevo movimiento en nuestra trágica historia pendular.
El problema fundamental es de confianza y credibilidad. Los mercados y los actores económicos, pero también los ciudadanos de a pie, perciben que el gobierno no tiene la capacidad para contener la situación. Algo que, dadas las circunstancias, difícilmente vaya a cambiar. El desconcierto que dejan en evidencia las medidas que se anuncian o se insinúan, profundizan la crítica situación y generan una histeria y pánico colectivo.
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El Gobierno se quedó sin crédito. Con un presidente cada vez más debilitado y sin contención política, un clima social que se espesa, y un descontento que crece, los instrumentos de política económica elegidos no alcanzan y la posibilidad de alcanzar un consenso con la oposición se convierten en una quimera.
Frente a ello, Fernández enfrentará más temprano que tarde un dilema ineludible: seguir aplicando medidas superficiales para intentar sobrevivir milagrosamente a lo peor del temporal, u optar por un “giro ortodoxo” que incluiría mayor ajuste en el gasto y un sinceramiento cambiario (léase devaluación). Si algo está claro, es que ambas opciones tendrán altísimos costos, no sólo para el gobierno, sino también consecuencias dramáticas y dolorosas para el país.
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