
En 1982 se estrenó Blade Runner, la película de Ridley Scott basada libremente en la novela de Philip K. Dick ¿Los androides sueñan con ovejas eléctricas? En ese futuro distópico —Los Ángeles, 2019—, un grupo de replicantes, humanos sintéticos creados para realizar las tareas ingratas de los humanos, escapa y regresa a la Tierra en busca de libertad. La empresa que los creó contrata entonces a Rick Deckard, el detective interpretado por Harrison Ford, para cazarlos.
En la escena final, Roy Batty deja uno de los monólogos más recordados del cine. Habla de cosas que ningún humano había visto: naves en llamas más allá de Orión, rayos-C brillando cerca de la Puerta de Tannhäuser. Y concluye que todos esos recuerdos se perderán “como lágrimas en la lluvia”.
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En ese futuro imaginado, el desafío no era crear replicantes avanzados, sino distinguirlos de los humanos reales. Para eso existía el test de Voight-Kampff, basado en respuestas emocionales. Se asumía que los sintéticos no reaccionaban frente a las emociones como los humanos.
Hoy la medicina empieza a enfrentarse a un problema parecido. Una de las pruebas utilizadas para evaluar agentes de inteligencia artificial en salud es si un médico, un radiólogo o cualquier profesional puede distinguir si un reporte fue generado por un colega humano o por una IA.
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Hasta hace poco, los algoritmos médicos de inteligencia artificial requerían años de entrenamiento para realizar una tarea específica. Por ejemplo, se entrenaba un modelo con cientos de miles de mamografías para detectar cáncer. Ese tipo de herramientas demostró ventajas como apoyo profesional, pero también tenía límites: no daba lugar al diálogo ni al intercambio clínico entre colegas. Además, reentrenar cada sistema hiperespecializado demandaba muchas horas de trabajo y millones de dólares.
Hubo empresas que desarrollaron algoritmos precisos, pero que, después de años de validación y aprobaciones regulatorias, se encontraron con tecnologías envejecidas o con recursos insuficientes. Ese escenario cambió de manera radical en los últimos años.
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Desde aproximadamente 2023, los grandes modelos de lenguaje capturaron la atención de casi todas las industrias por su capacidad de generar texto de una manera muy humana. Pero su verdadero impacto no está solo en escribir bien, sino en digerir enormes volúmenes de información, procesar conocimiento y responder con una base que abarca buena parte de lo producido por la humanidad.
Sobre esa tecnología se incorporaron herramientas que imitan capacidades asociadas al cerebro humano, como memoria de corto y largo plazo. Hoy, distinguir si quien nos habla es una persona o un agente de IA se volvió cada vez más difícil.
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En salud, además, existe un número creciente de estudios en Argentina y en el mundo que muestran que los agentes de IA pueden responder ante casos clínicos con mayor precisión que la gran mayoría de los médicos. Y cuando se consulta a los pacientes sobre la calidad de esas respuestas, muchas veces prefieren a la IA por empatía, claridad y disponibilidad.
En mi especialidad, neurología, más del 90% de los pacientes que llegan a una consulta ya hicieron antes una pregunta en alguna IA disponible. Algunos incluso traen esa conversación al consultorio y validan en tiempo real lo que el médico les dice.
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Los agentes de IA en salud ya pueden tomar notas, conversar sobre un caso clínico, ofrecer recomendaciones, leer imágenes y ayudar a generar reportes con un grado de especialización avanzado, que mejora día a día a una velocidad impensada hasta hace poco.
Esto no significa que no existan riesgos. Se han visto reportes de ChatGPT fallando en hasta el 50% de las emergencias médicas: pacientes que deberían haber concurrido a una guardia por cuadros críticos recibieron indicaciones de permanecer en sus casas o consultar más adelante. Ese tipo de errores marca la necesidad de regulación, validación y uso responsable.
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Aun así, la liberación del conocimiento médico y la facilidad de consultar sin costo con una IA son un tren sin frenos. Ninguna regulación ni prohibición va a poder detener por completo este fenómeno. Por eso, como profesionales de la salud, tenemos la responsabilidad de incorporarlas de la manera más inteligente posible en la práctica clínica, sin alienar a los pacientes ni alejarlos del sistema.
Una salida razonable es invitar a los pacientes a traer la IA a la consulta como traerían a un familiar: compartir lo que conversaron, transparentar dudas, corregir errores y ordenar la información junto con el profesional de la salud.
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En poco tiempo, esto que hoy vemos de manera informal se incorporará a la práctica formal. Los médicos tendremos equipos de agentes que responderán 24/7 a nuestros pacientes de forma segura y monitoreada; los pacientes serán evaluados inicialmente por agentes de IA; cirugías, turnos y agendas serán asistidos por sistemas automatizados.
Todos los procesos administrativos y clínicos del sistema de salud serán modificados por la inteligencia artificial.
Eso no implica un futuro distópico sin médicos ni una profesión condenada a desaparecer. Imaginar médicos cruzados de brazos porque cambió la forma de trabajar es desconocer la pasión y la vocación que sostienen a la medicina.
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En Blade Runner, los replicantes eran difíciles de distinguir porque parecían humanos. En salud, las mejores IA ya se parecen cada vez más a nosotros. Pero nuestro desafío no es perseguirlas ni erradicarlas, como en la película, sino distinguirlas, entenderlas e incorporarlas para hacer mejor nuestro trabajo y cuidar mejor a nuestros pacientes.
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