
Se ha cumplido un poco más de un mes desde que el presidente Alberto Fernández manifestara, por primera vez de manera explícita, sus pretensiones reeleccionistas. Esas declaraciones realizadas en una extensa entrevista concedida al diario El País durante su visita a España le costaron muy caro: en un contexto de una crisis persistente que ya mostraba toda su ferocidad, su virtual lanzamiento no sólo cayó mal en las filas kirchneristas sino que lejos estuvo de ser festejado por su propio círculo cercano. Desde entonces, el primer mandatario no volvió a mencionar un segundo mandato.
Seguramente, durante la etapa preelectoral, donde priman los posicionamientos y la búsqueda de apoyos y alianzas, los vicarios de Alberto seguirán dejando de todas formas abierta las puertas a la reelección. No por convicción en las posibilidades de erigir una opción electoral competitiva sino para intentar proyectar una imagen y un tono esperanzador que coadyuve a sostener y defender la gestión en este año y medio que le queda por delante.
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Lo cierto es que, mientras tanto, crece una suerte de operativo clamor en torno a Cristina Fernández de Kirchner. Por ahora, las señales de respaldo explícito a una eventual candidatura presidencial de la vicepresidenta en las próximas elecciones de 2023 se limitan al ámbito del kirchnerismo más duro. Quien abrió el fuego fue el ministro bonaerense de Desarrollo de la Comunidad y uno de los jefes de La Cámpora, Andrés “Cuervo” Larroque. Sus palabras fueron secundadas por varios dirigentes cercanos al Instituto Patria, incluido algunos intendentes como Mario Secco, el anfitrión de Cristina en el acto de ayer en Ensenada.
Sin embargo, con la interna del Frente de Todos sin perspectivas de solución, cada vez más dirigentes del peronismo que habitan otros espacios no necesariamente con vínculos estrechos con el kirchnerismo, han comenzado -por ahora en silencio- a barajar esa posibilidad. No los une claramente el amor sino el espanto frente a una eventual derrota en el 2023. Esta comienza a ser la opción interesada de varios gobernadores e intendentes: con una inflación que no se detiene, la escasez de dólares y pérdida de confianza de los mercados, y una situación social que se deteriora peligrosamente, el riesgo de perder en la próxima elección ya preocupa a varios jefes territoriales que observan con resignación a un presidente que atribuye esos desequilibrios como una “crisis de crecimiento”. La férrea defensa de varios gobernadores -incluyendo varios no alineados al kirchnerismo duro- a la ampliación de la Corte Suprema en el Senado, es sin duda una evidencia de este cambio de actitud.
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Por ahora desde el círculo íntimo que rodea a Cristina Fernández de Kirchner niegan sistemáticamente estas intenciones, pero la agenda, las declaraciones y el aumento de la exposición de la vicepresidenta se encargan de mantener vigentes las expectativas. De hecho, ayer Cristina confirmó en Ensenada, con un nuevo acto público en menos de dos semanas, un drástico cambio de su estrategia de comunicación: parece haber dejado atrás la comunicación epistolar o vía redes sociales, intensificando sus intervenciones en el territorio. Si bien esas apariciones tienen evidentemente un efecto sobre las expectativas de una posible candidatura, también es cierto que se trata también de un nuevo mecanismo que la vicepresidenta encontró para intentar “corregir el rumbo” de la gestión económica. Y, además, debe decirse que los resultados obtenidos le han venido dando resultados: no sólo está el ejemplo de la salida de Matías Kulfas para constatarlo, sino también sus virulentas críticas pronunciadas durante el acto en la CTA dode denunció un “festival de importaciones”, y que derivaron en nuevas restricciones para el acceso a la divisa estadounidense que le permitió al Banco Central acumular reservas durante los últimos días.
Así las cosas, si bien desde el corazón del kirchnerismo -siempre extraoficialmente- no se confirma ni se niega la posibilidad de una candidatura, es evidente que Cristina parece dispuesta a recuperar centralidad ya no sólo como líder de un espacio sino proyectando un liderazgo hacia el peronismo en general. Si ello derivará en una candidatura propia a presidenta es una incógnita y, seguramente, dependerá de varios factores, muchos de ellos contingentes y ajenos a su capacidad de control, como la evolución de la situación económica y social, el clima social, y hasta el ordenamiento de las candidaturas en Juntos por el Cambio.
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Por lo pronto, conscientes de esa centralidad, varios dirigentes con aspiraciones presidenciales se acercan a la vicepresidenta en la búsqueda de una posible “bendición” en caso de que decida no competir. Entre estos se cuentan varios ministros de alto perfil y algunos gobernadores que se anotan en la lista de presidenciables en caso de que ella no compita o bien decida hacerlo como cabeza de la lista para el Senado en la provincia de Buenos Aires, hoy convertido en un bastión que el espacio quiere blindar ante una eventual derrota nacional.
En este grupo de presidenciables expectantes se cuenta incluso a Sergio Massa, que parece haber dejado atrás los tiempos en que buscaba posicionarse en un espacio intermedio entre los dos polos que tensionaban la interna oficialista. El ex intendente de Tigre y actual presidente de la Cámara de Diputados, es uno de los que esperaría el “dedazo” de Cristina para jugar ya sea en 2023 o 2027.
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Por último, hay un análisis que ilusiona a algunos kirchneristas históricos que recuerdan con nostalgia los tiempos de la “polarización”, la aspiración de que una eventual candidatura de Cristina estimulara a Mauricio Macri a “entrar” en la contienda. Parece una hipótesis poco probable, aunque que se esté conversando de ello es ya todo un símbolo de los fracasos de la clase dirigente vernácula: Cristina, que había retornado por la debacle que dejó el gobierno de Macri sigue vigente por la debacle del gobierno actual; Macri, se siente reivindicado por la debacle del gobierno actual y se siente importante ante la vacancia de un liderazgo opositor con perfiles nítidos. Sea como fuere, la política debiera comprender que es tiempo de caras nuevas y liderazgos renovados, que si la crisis y el desgaste del sistema político se profundiza, un electorado fastidioso con el internismo creciente en un contexto de profunda crisis económica y social, puede volcarse a opciones políticas extremas.
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