
Los docentes, los estudiantes, las familias y el equipo ministerial liderado por Soledad Acuña deberían estar aliviados: la catástrofe educativa que esperábamos como efecto de la pandemia no ha ocurrido en las escuelas de la Ciudad de Buenos Aires.
Tengo una visión escéptica respecto de la gestión de la educación argentina y he caracterizado el ciclo como de colapso de la educación. Sin embargo, cuando surgen ideas o logros positivos prefiero destacarlos sin que me importe el color político de sus actores.
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Según los datos arrojados por las pruebas estandarizadas porteñas para primaria y secundaria, el impacto negativo del cierre de escuelas ha sido nulo o apenas moderado. En matemática de primaria y secundaria y en lengua de primaria, el puntaje promedio obtenido es igual o incluso superior al de años anteriores a la pandemia. Sólo en lengua del secundario se verifica una caída significativa pero que no necesariamente se debe a la pandemia: en años anteriores hubo caídas similares con las escuelas abiertas. Un dato importante: en tres de las cuatro pruebas el porcentaje de estudiantes que no respondieron se mantuvo similar al de 2019.
Esperábamos efectos catastróficos a causa de la desescolarizción, pero en CABA los resultados de aprendizaje están lejos de ser una catástrofe; al contrario, no rompen la tendencia pre pandemia.
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Es cierto que esa tendencia previa mostraba signos inequívocos de baja calidad educativa y estancamiento, al igual que en el resto del país. Pero el resultado del cierre de escuelas ha mostrado que la directriz anterior se mantiene y eso es una gran noticia. No da todo lo mismo.
Falta todavía un análisis más complejo por nivel socioeconómico, por género y por sector (público y privado) y allí encontraremos dificultades mayores, seguro. Pero aún así, estos promedios generales (con todos los problemas técnicos que las pruebas estandarizadas suelen presentar) hablan de cómo la población, la docencia y los funcionarios le pusieron inteligencia, tiempo y esfuerzo al cierre de escuelas.
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Al final, las denostadas “escuelas Zoom” y las minimizadas “escuelas Whatsapp” no fueron el desastre que se pregonaba: el esfuerzo que han hecho los docentes adquiriendo habilidades nuevas en pandemia ha dado resultados razonablemente buenos en la Ciudad. Es lo que los datos muestran y negarlos es tan patético como negar la baja calidad educativa pre pandemia.
Los motivos de esta buena noticia son más difíciles de entender, aunque algunas pistas están claras. Por un lado, CABA es el distrito con menos pobreza, con mejor infraestructura urbana y escolar y con mayor cantidad de habitantes con dispositivos y conexión a Internet.
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También es la jurisdicción que después del cierre total de 2020, mantuvo más tiempo las escuelas abiertas en 2021 a pesar de la decisión del Presidente quien, contradiciendo a su propio ministro de Educación, a su propia ministra de Salud y a todos los ministros de Educación y de Salud de todas las provincias, persistió con el cierre de escuelas.
Al contrario, Rodríguez Larreta tomó la decisión de sostener la apertura de escuelas con protocolos y consiguió para eso un fallo favorable de la Corte Suprema de Justicia (fallo que, además, y por primera vez en la historia, define los alcances y los límites del federalismo educativo argentino).
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Este logro no niega el impacto negativo del cierre de escuelas en cuestiones psicológicas, sociales y escolares ni mucho menos niega el colapso de la educación que arrastramos desde mucho antes del COVID.
No es momento para festejar porque los resultados son tan pobres como los de la pre-pandemia. Pero en la Argentina hay pocas oportunidades de decir que hicimos las cosas razonablemente bien y que estuvimos a la altura de los desafíos. Me parece que este es el caso.
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El autor es profesor de la Universidad Torcuato Di Tella
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