
Hablé con tres amigos antes de escribir esta columna. Son los tres hinchas de Riquelme más fanáticos que conozco. Uno le puso Román a su hijo por él. Otro dice que es el mejor jugador de la historia de Boca, mejor incluso que Maradona. Todos lloraron cuando Bielsa lo dejó afuera del Mundial en 2002. Los tres coincidieron, sin embargo, en que no es un tipo de valores, sino de códigos.
Pienso que eso explica una parte del problema: los códigos de macho. Lo que pasa en el vestuario, queda en el vestuario. Sabemos, lamentablemente, que en el fútbol eso sigue siendo una constante. Y lo que es peor: que eso sí se valora. Ser un hombre de códigos todavía está bien visto.
Pero hay algo todavía más tremendo en las declaraciones del vicepresidente 2º del club que dice representar a la mitad más uno del país: fueron dichas por uno de los hombres más inteligentes y creativos que dio el único deporte capaz de pararlo por completo. Por eso lo quieren tanto: es “el último 10″. Sabemos, también lamentablemente, que eso no siempre se refleja en la vida extradeportiva. Para muestra, basta con el primero: Dios no se portaba bien.
Pero lo más preocupante de que un referente capaz como él se haya atrevido a desempolvar en público un concepto que parecía tan desterrado como el de violencia “doméstica”, es que haya entendido que el clima estaba dado para hacerlo. Lo dijo porque puede decirlo, y a sabiendas de que su discurso es más pregnante que cualquier ley o pedagogía. Lo dijo porque sabe que, al igual que Sebastián Villa, no tiene consecuencias. O sí, pero no para ellos sino para las mujeres. Para todas.
“Villa sigue demostrando que es el mejor jugador del fútbol argentino, como lo dijimos hace dos años. Se lo ve muy tranquilo y muy bien. Es desequilibrante y si no hace goles los hace mete”, dijo JRR este miércoles en un reportaje a ESPN, cuando ya se sabía que el jugador xeneize había sido acusado de violencia machista por segunda vez en el lapso de dos años. Primero, por golpear brutalmente a su ex pareja –Daniela Cortez–, en un caso por el que el fiscal acaba de ofrecerle un juicio abreviado para reducir su condena si acepta su culpabilidad; ahora, otra mujer lo denunció por abuso sexual con acceso carnal e intento de homicidio. De femicidio.
Para Riquelme, nada de eso importa mientras gane partidos. Eso es lo que dijo. Menos cuando se trata del mejor jugador de un torneo a punto de definirse. “De Villa no tenemos más que palabras de agradecimiento –agregó–. Porque lleva 2 años y medio y nunca se ha tirado en la camilla, no lo han atendido nunca, no le ha dolido nada, no ha dejado de entrenar un solo día. La verdad es que nosotros como profesional con ese chico nos tenemos que sacar el sombrero. Después, lo que pasa fuera de la cancha es otro tema, pero es una maravilla tener un jugador que durante dos años y medio no te faltó a un solo entrenamiento”. No importa si hay una víctima “muerta de miedo” ante las posibles represalias de la barra: Villa es un Sarmiento de la cancha y hay que protegerlo más allá de lo necesario, incluso. Cuestión de códigos. A eso responde también la provocación del saludo por su cumpleaños en las redes sociales.
Tal vez haga falta repetirlo para reparar el daño que hizo el ídolo de Boca con esa defensa intencionalmente equívoca. No existe tal cosa como la violencia doméstica, porque el derecho de las mujeres a una vida libre de violencias trasciende el ámbito privado. En 2015, el mensaje llegó a todos los medios masivos y a la opinión pública junto a la manifestación de #NiUnaMenos: la violencia machista es un asunto público que mata en la Argentina a una mujer por día, no algo que pasa en la intimidad de una pareja y exime la intervención de terceros.

Al contrario, todos deberíamos intervenir ante la más mínima sospecha de que una mujer es víctima de un ataque en una casa como la de Villa en Canning, escenario de las dos denuncias que pesan en su contra. Logramos sacarlo del clóset –y se suponía que del vestuario, con protocolos de género y equipos enteros levantando los carteles con la consigna– hace siete años y es por lo que aún marchamos cada 3 de junio.
¿Son inocentes las palabras de Riquelme? No lo creo. Responden, como me dijeron mis amigos, a esos códigos que rigen en un mundo que todavía es de hombres. Los códigos de una mafia de varones. Pero también a la certeza de que el retroceso es colectivo: el péndulo dio la vuelta y ahora parece que otra vez dejaron de importar las mujeres muertas. Pasó de moda preocuparse, los feminismos volvieron a las trincheras y dieron paso a la más cruel de las reacciones. No la de la derecha o el conservadurismo partidario, sino la de una sociedad desencantada que nunca terminó de transformarse más allá de lo espasmódico. Es triste, pero Riquelme lo sabe. Le habla a ese público.
Mis amigos románticos están indignados, pero los hinchas, en general, no quieren saber lo que hace el crack cuando sale del campo de juego. No es su problema. No lo fue en Boca con otros denunciados por violencia de género, como Pavón y Fabra, ni importó antes al sostener en el plantel a Barrios, Cardona y Centurión. Hace apenas un mes vimos cómo en el caso Salvio la preocupación más importante incluso para muchos periodistas fue la angustia del jugador ante una eventual sanción. Ahora, hasta la capitana del equipo femenino no tiene empacho en decir que “banca” al delantero denunciado. ¿Por qué? Porque para pertenecer hay que sostener los códigos y, de nuevo, porque el clima lo permite, porque es posible. Porque volvió a serlo.
Pero tampoco son códigos exclusivos de Boca Juniors. No hay Justicia para las víctimas de los abusos en Independiente. A cuatro años del escándalo, el Tribunal Oral 3 de Lomas de Zamora y la fiscal a cargo desmembraron la causa porque sostienen que no existió una red de corrupción ni de trata. Es decir que no habrá un solo juicio para los seis acusados sino que cada uno será juzgado por su cuenta, en distintos lugares, y quién sabe en qué tiempos. Nadie parece incomodarse por eso: los abusados son chicos pobres que no tenían ni para los botines.
Y por supuesto que esto no es nuevo. El fútbol y la televisión reivindican hoy como ídolo popular a un violador y pedófilo condenado, como el Bambino Veira. Cuando fue denunciado, en 1987, siguió dirigiendo en River. San Lorenzo, Quilmes, Newell’s, Lanús –y también Boca– lo contrataron como DT cuando salió de la cárcel. Y para más horror, la condena social no fue para él, sino para su víctima, a quien los medios humillaron y revictimizaron durante décadas. Pero se supone que eran otros tiempos. La violación de Candelmo fue hace 35 años.
Claro que la culpabilidad de Villa no puede ser definida por el club ni por la sociedad y ni siquiera por los feminismos. Que el sistema de Justicia todavía sea ineficiente no significa que las mujeres debamos erigirnos en nuevas juezas y aunque lo del protegido de Riquelme parezca responder a un patrón y él mismo delantero colombiano se autoincrimine en las redes –”El Lobo siempre será malo si quien cuenta la historia es Caperucita, no?”, escribió ayer en Instagram, aunque hasta acá haya sido contada por los lobos y todos sepamos que Caperucita estuvo a punto de morir en sus fauces–, Villa tiene derecho a un juicio justo.
Lo que no podemos aceptar es este retroceso al tiempo en que las acusadas eran las víctimas: “Busca fama, dinero, destruirle la carrera”, dicen, como si denunciar a un poderoso no tuviera costos. Si algo aprendimos con los cuentos y las películas es que para la mafia no hay nada más peligroso que romper un código.
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