
Todos esperaban su discurso. Casi parecía una cadena nacional, de aquellas que interrumpían la novela. El escenario era fiel y propicio, y la ocasión demandaba pochoclos. Cristina arrancó regodeándose en los dominios de la geopolítica en Resistencia, Chaco, la ciudad con más pobres del país. Comenzó intentando delinear el nuevo orden mundial pero terminó reconociendo su propio fracaso. “No le estamos haciendo honor a tanta confianza de la gente”, admitió, en la última frase de su clase magistral.
Había empezado jactándose de los tres gobiernos kirchneristas como si no hubiera un cuarto y de curso legal. Como si el de Alberto Fernández fuera un gobierno no reconocido como propio. Luego, el simple repaso por los padecimientos de los argentinos, la condujo al callejón sin salida de la realidad.
La técnica de empatizar con los sufren y tomar distancia, casi como si fuera una líder de la oposición la llevó a un ejercicio inédito que jamás se permitió mientras era presidenta: reconocer los problemas. “La plata no alcanza, la gente está muy mal, no tienen laburo, no tienen para darle de comer a los hijos”, denunció, coincidiendo con mucha de la prensa a la que tilda de no decir las cosas como son. También reconoció el fenómeno vergonzante de que hoy, en Argentina, y durante un gobierno kirchnerista, tener trabajo no necesariamente alcanza para no ser pobre. Hasta para Cristina, que siempre supo bien cómo escabullirse cuando las papas queman, es difícil despegarse.
A Alberto lo puso ella porque no podía ganar sola y para el éxito de la maniobra era imprescindible elegir a alguien que no pareciera sumiso. Luego habría tiempo de sometimientos o acaso, aún no estamos en eso.
Cristina, magistral, comenzó con grandilocuencia y tonos de estadista. Hizo una apología del capitalismo chino al que calificó como “el más exitoso” sin mencionar la total ausencia de derechos políticos y las violaciones a los derechos humanos de ese régimen. Parece que a “la insatisfacción democrática”, la vicepresidenta la resuelve con más autocracia. “Hoy el sistema carece de los instrumentos necesarios para dar respuesta”, afirmó, señalando las falencias de la Constitución. No dijo qué instrumentos son esos que hacen falta, pero entre los elogios a China, la rabia contra la Corte Suprema que no le responde, y su obsesión con los periodistas que la critican, es fácil deducir su insatisfacción con los límites de la democracia.
Cristina pasó de la suficiencia a la amargura y de la vanidad a la nostalgia. Habló como si no fuera parte del gobierno porque querría no serlo. Pero como tampoco puede irse no le quedó otra que aplacar los embates de sus cancerberos que ladraron golpismo toda la semana. ¿Peleas? ¿Qué peleas? Cristina dice que hay debate aunque con el Presidente, hace más de dos meses que no se hablan.
Como Cristina disfruta de mostrar su capacidad de oratoria e improvisación para manifestar la claridad de sus ideas, sin querer, termina produciendo piezas teatrales con hendijas de revelación. Sus momentos favoritos suelen ser los que la llevan a deslizarse por las galerías del pasado que, con desteñidas victorias, ya no maquillan un modelo gastado que se ha quedado sin respuestas porque básicamente se ha quedado sin plata. Sin plata y sin ideas. Su populismo está vacío y rabioso. Con la rabia, no se come, no se cura y no se educa.
Por eso, la mayor fortaleza de Alberto Fernández es que a ella le tienen más miedo que a él. Y que la señora no puede romper. Ella, ya cumple una sentencia, la del poder, para zafar de las otras sentencias, las de la justicia. Ella que tanto habla de qué es tener poder, terminó su discurso con una confesión de impotencia. Tiene razón. No honró la confianza de quienes los votaron. Pero sobre todo, porque los engañó.
Al terminar la clase de la vice, el ministro de Economía Martin Guzmán comenzó otra, también en una universidad. Habló de la necesidad de bajar el déficit y de la inconveniencia de más emisión, contradiciendo a Cristina. Parece, parece que Guzmán sigue en su puesto.
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