
Si el tratamiento legislativo del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional -y la previa renuncia de Máximo Kirchner a la presidencia del bloque de diputados- parecía escalar el conflicto interno hasta niveles difíciles de procesar, la conmemoración el pasado jueves 24 de marzo del Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia, dejó en evidencia que la coalición oficialista atraviesa su peor momento, con diferencias que a todas luces parecen irreconciliables y objetivos que aparecen como manifiestamente incompatibles.
¿Golpear para negociar?
Mientras el Presidente recordaba la trágica fecha con un homenaje a los científicos desaparecidos en el Ministerio de Ciencia y Tecnología que encabeza Daniel Filmus, La Cámpora y los sectores más duros del kirchnerismo eligieron una de las fechas más emblemáticas para el conjunto de los sectores que integran el Frente de Todos para realizar una demostración de fuerza y enviar mensajes -por cierto, muy explícitos- al Presidente y su entorno.
En una movilización muy organizada y con un masivo despliegue de militancia que recorrió el trayecto entre la ex ESMA y la Plaza de Mayo, la organización que lidera Máximo Kirchner y que cuenta con el madrinazgo de la vicepresidenta envió un contundente mensaje a Alberto Fernández. Los reclamos escuchados en on y en off no son nuevos, pero la novedad es que ya no se disimulan ni matizan: el rumbo de la gestión, el rol de determinados funcionarios, el reconocimiento de la situación económica y las medidas para enfrentarla, el acuerdo alcanzado con el FMI, el posicionamiento político del Frente de Todos, la relación con Juntos por el Cambio, entre otros tópicos centrales.
El propio líder de La Cámpora se animó a dedicarle algunas frases dirigidas inocultablemente al primer mandatario: “El Gobierno tiene que ser con la gente adentro” y “uno elige: los estudios de TV o la calle y la gente” fueron algunos de los textuales más picantes.
Con mayor virulencia, durante una entrevista radial, el ministro de Desarrollo Social de la provincia de Buenos Aires y secretario general de dicha organización, Andrés “Cuervo” Larroque, fue aun más directo al referirse al peso específico que ostentarían ambos espacios en disputa: “Fue jefe de campaña de un espacio que sacó 4 puntos en la Provincia de Buenas Aires”, el máximo responsable de la campaña electoral de Florencio Randazzo a senador nacional en un no tan lejano 2017.
Si bien algunos consideran que esta movilización fue parte de una planificada acción de golpear primero para negociar después, a la vieja usanza instalada en los ‘60 por el sindicalista metalúrgico Augusto Timoteo Vandor, otros análisis son más descarnados.
Una tregua difícil
Desde ambos espacios varios referentes buscan desde hace ya varios días enviar señales más conciliatorias, vaticinando incluso que la situación se va a resolver pronto con un diálogo entre Alberto y Cristina, pese a que como reconociera la vocera presidencial Gabriela Cerruti los contactos entre ambos hoy no existen.
Después de las duras declaraciones del Presidente a un portal web cercano al oficialismo en el que Fernández recordó -entre varias cosas que supuestamente causaron “malestar” en las filas kirchneristas- que el que toma las decisiones es exclusivamente él, procuró aflojar la tensión enviando señales de acercamiento y apelación a la unidad que incluyeron incluso un pedido de aplausos para Cristina durante un acto oficial.
Sin embargo, aunque una tregua que baje la tensión interna y permita retomar algunas instancias de diálogo pudiese materializarse en las próximas semanas, hay una realidad ya inocultable: el Frente de Todos, tal como se concibió en 2019, ya no existe. Y ello es así porque las posiciones son irreductibles y los objetivos incompatibles. De un lado, el Presidente, que ya anunció sus ambiciones reeleccionistas, necesita mostrarse moderado y generar confianza para encauzar la situación económica. Además, necesita garantizarse gobernabilidad, lo que implica en muchos casos acordar con los sectores más racionales de la oposición. Del otro lado, el kirchnerismo duro le cuestiona precisamente ese movimiento hacia el centro y la moderación en desmedro de las políticas más consistentes con el relato histórico del kirchnerismo.
La unidad y la “guerra de posiciones”
Ante las reiteradas apelaciones a la unidad de parte del Presidente y su círculo más cercano, resuenan con fuerza las palabras de Cristina Fernández de Kirchner en relación a que la unidad no es un fin en sí mismo. Sin embargo, más allá de las declaraciones pirotécnicas y la verba inflamada, no parece haber hasta el momento incentivos concretos para que la temida ruptura se materialice.
Es más, el escenario que se ha configurado parece asimilarse a la definición de “guerra de posiciones” que el siempre vigente filosofo italiano Antonio Gramsci plasmara en sus legendarios “Cuadernos de la Cárcel”. Preso en Turín durante el régimen de Mussolini, reflexionando sobre las estrategias militares de la Primera Guerra Mundial y su pertinencia para analizar la política de occidente, concibe dicho concepto para resaltar que -en su visión marxista mucho más heterodoxa- la lucha política se concentra no ya en el asalto al “palacio de invierno” sino fundamentalmente en alterar las relaciones de fuerza dentro de una determinada estructura para construir una hegemonía.
Esa parece ser precisamente la estrategia kirchnerista: intentar aprovechar una supuesta posición de fuerza al interior del Frente de Todos para condicionar y, eventualmente, hegemonizar, la acción de gobierno. Es innegable que Cristina arrastra un importante caudal de votos en un sector estratégico del peronismo, lo que quedó expuesto con la presencia en el acto de La Cámpora del gobernador bonaerense y la mayoría de los intendentes de las siempre gravitantes primera y tercera sección electoral.
Para el Presidente la perspectiva de transitar hasta 2023 sin el acompañamiento de la vicepresidenta es impensable. Sin ese apoyo, Fernández quedaría muy debilitado y casi a merced de la voluntad de un Juntos por el Cambio que ya está lanzadísimo de cara a las presidenciales. Sin ese apoyo, tampoco será posible encarar la prometida “guerra contra la inflación” ni intentar revertir la profunda crisis económica.
Por ello, a pesar de que no faltan quienes le piden al Presidente que desplace de puestos clave del gobierno a algunos camporistas (no sólo de la ANSES y el PAMI, sino también del sensible frente que desde el Ministerio de Justicia resiste los embates judiciales contra la vice), la sangre no llegará al río. Fernández también sabe que los caciques territoriales que se mostraron junto a La Cámpora el jueves no se embarcarán en ninguna aventura impredecible: a diferencia de la vice y algunos de los referentes camporistas, ellos no pueden darse el lujo de pensar en 2027, tienen que llegar gobernando al 2023 y revalidar sus apoyos en un proceso electoral que se avizora como muy complejo.
Así las cosas, si bien pareciera haber poco margen para la reconstrucción del frente oficialista tal como fue concebido inicialmente, resulta hoy bastante improbable que la temida ruptura se consume.
Seguramente una precaria e inestable tregua llegará, aunque en un formato más próximo a una “pax armada” que a una reconstrucción del diálogo y los acuerdos. Habrá entonces probablemente “unidad”, no por convicción, sino por espíritu de supervivencia.
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