
El FMI produjo un momento de cierto alivio en el Gobierno, algo inhabitual en los tiempos que corren. La aprobación del acuerdo por la deuda y un primer desembolso llegaron con pocas horas de diferencia, pero también, las advertencias y el aviso sobre el adelantamiento del primer monitoreo. La reacción oficial evitó el tono de celebración, pero no la tentación de algunas facturas en Twitter, apuntadas a la oposición y al frente doméstico. Es un mensaje engañoso: no transmite fortaleza y alienta la incertidumbre.
La coronación formal del trato con el FMI se produjo apenas un día después de la máxima expresión de la disputa en el oficialismo. El kirchnerismo expuso en la calle una nueva y elaborada movida de esmerilamiento de la figura presidencial. El repudio a la última dictadura, en este 24 de marzo, quedó subordinado a la interna.
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El foco de las marchas estuvo puesto en la movilización de la estructura de La Cámpora y sus aliados. También, naturalmente, en Máximo Kirchner. Pero la formulación más precisa del mensaje fue sintetizada por Andrés Larroque. Caracterizó a Alberto Fernández como un socio menor en la constitución del Frente de Todos. Y lo hizo ácidamente. “Fue jefe de campaña de un espacio que sacó 4 puntos en la provincia de Buenos Aires”, dijo, y lo completó destacando que luego fue convocado por Cristina Fernández de Kirchner.
Larroque refirió a las elecciones de 2017, cuando Alberto Fernández trabajó con Florencio Randazzo, un espacio que quedó con 5,3 puntos porcentuales, un poco más que el número destacado por el dirigente de La Cámpora. Fue una manera de exponerlo como una pieza de aquél armado, sin liderazgo de origen ni como Presidente. Podría discutirse cuánto aportó al éxito electoral del FdeT en 2019, pero remitir al nacimiento de la coalición fue un modo de enfatizar a la vez el lugar de CFK en el tablero interno.
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También fue una respuesta en dos sentidos al cálculo que se hace circular desde el círculo de Olivos para colocar al kirchnerismo en el lugar de minoría, aunque con visible capacidad de daño. Expresa una lectura reducida de los resultados de las votaciones para avalar el acuerdo con el Fondo, en Diputados y en el Senado. El Gobierno logró que la mayoría de los bloques del FdeT acompañara el proyecto -acotado en la negociación con Juntos por el Cambio- y el kirchnerismo quedó en minoría numérica. La fractura es más que eso. Si no hay recomposición, representaría un de debilidad del oficialismo en conjunto.
Con todo, quedó a la vista menos de lo que circula por debajo del discurso de uno y otro lado. Es un clima de desconfianza y reproches, con fuertes descalificaciones. Por lo pronto, se discute quién carga la mochila si hay ruptura, en un paño de convivencia incierta. El kirchnerismo busca condicionar al Presidente y el círculo más estrecho de Olivos apuesta a cierto oxígeno después del acuerdo con el FMI que le permita recrear su espacio con aporte del peronismo tradicional, parte del sindicalismo y organizaciones sociales. Pero desde ese conglomerado reclaman a Alberto Fernández que juegue fuerte y recupere cargos en manos del kirchnerismo, casi en espejo con la demanda de la otra vereda, que demanda un cambio de Gabinete -en especial del equipo económico- para sellar una salida de compromiso.
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En esas tensiones, la economía queda en primera línea. El Presidente espera contener el deterioro y revertir el cuadro. El pronóstico del kirchnerismo es alarmante. Y la incertidumbre se traslada en todas direcciones. En medios empresarios especulan con un horizonte grave, pero no de crisis explosiva. En medios sindicales, recortan los tiempos de las paritarias. Las organizaciones sociales alineadas con el oficialismo contienen y a la vez demandan internamente, frente a un panorama que describen realmente grave.
El principal elemento desgastante es la inflación. Los reproches al Presidente, incluso en filas amigas, apuntan al mal modo en que fue anticipada y adjetivada la reacción oficial luego del IPC de febrero (4,7%). La “guerra contra la inflación” se desarrolla hasta ahora con significativa lentitud, con medidas repetidas y parciales, y un llamado multisectorial cuya sustancia es por el momento desconocida, incluso por quienes serán convocados.
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Existe un problema de concepción: a pesar del discurso sobre la multicausalidad, se opera linealmente y no sobre el conjunto de factores, a pesar de que algunos aparecen enunciados en el “programa” que supone el acuerdo con el Fondo. Y se agrega un problema político, un interrogante serio: ¿cómo avanzar en este terreno y frente a la crisis en general con un gobierno sometido a semejante desgaste doméstico?
La fractura del oficialismo -y los mensajes contradictorios hacia el exterior, en particular hacia Washington- constituyeron un punto difícil de procesar en el FMI. La decisión debía transitar un terreno más complejo, la propia historia y el agregado del impacto en la economía mundial de la guerra provocada por Rusia al invadir Ucrania. La probación del acuerdo llegó con un desembolso y algunas advertencias: una ecuación para evitar el default.
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El entendimiento contempla los rubros tradicionales: déficit -con los subsidios como renglón destacado-, política monetaria, inflación, tasas de interés reales positivas, tipo de cambio, inflación. Añade el comunicado del Fondo una línea de cuidada redacción: una “gestión prudente” de salarios y jubilaciones. Y deja planteada a futuro la cuestión de las reformas estructurales.
El FMI envió un mensaje práctico y otro político. Habló de riesgos “excepcionalmente altos” para la aplicación de los compromisos que incluye el acuerdo y lo tradujo en la decisión de adelantar la primera revisión. A la vez, insistió con la necesidad de un amplio consenso político y social para hacer efectivo el “programa”. Un modo de registrar que no está asegurado el principal componente no técnico del plan.
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El Presidente eligió difundir una decena de tuits para destacar el acuerdo con el Fondo. Negó cualquier forma de ajuste. Cargó la responsabilidad exclusiva del pasado en Mauricio Macri y “sus aliados de Juntos por el Cambio”. Y destacó el aval del Congreso, que fue parcial -por el cambio al proyecto en las negociaciones con la oposición- y anotó el voto en contra del kirchnerismo. No quedó siquiera insinuada la construcción política que imagina con fractura interna y sin puentes con el espacio opositor, frente a la profundizada crisis económica y social.
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