
El escenario estratégico actual en Ucrania se caracteriza por una clásica guerra híbrida interestatal, predominantemente terrestre, de defensa ante la invasión rusa y una crisis multidimensional de alta tensión entre, básicamente y por ahora, Rusia y la OTAN con la Unión Europea. La dimensión de estrategia naval de la guerra actual, si bien es muy relevante en el nivel táctico de la invasión, está hoy en un segundo plano porque el Mar Negro es un Mare Nostrum ruso. Sin embargo, hay varios cisnes negros detrás del horizonte a partir de la amenaza de Putin “a quien pudiera interponerse en su camino para crear amenazas a Rusia”. El cambio de apresto de los medios de disuasión nuclear le da el sentido a su advertencia: “La respuesta será inmediata y los va a llevar a consecuencias que nunca han visto en su historia”.
En efecto, en el plano estratégico, la invasión rusa a Ucrania responde a una lógica, lenguaje y acciones típicas del caldo de cultivo ideológico de la Segunda Guerra Mundial, agregando la dimensión del ciberespacio como campo de batalla virtual. A los históricos y clásicos conflictos de demarcación entre países y naciones (pueblos, etnias, religiones divididos por un alambrado), se suman los resabios emocionales o ideológicos de un pasado de grandeza zariana o socialista soviética que dominó dos siglos de historia. En esa lógica, se identifican motivaciones anacrónicamente maniqueas de una realpolitik vinculada a criterios de seguridad espacial (mi frontera, mis amigos) y de acceso a los recursos. En el fondo es una guerra tan irracional como desubicada en el tiempo, lo cual pone en escena, como muchas veces en la historia, las patologías en la vinculación de los líderes autocráticos con sus pueblos.
En ese contexto, la amenaza del líder ruso, sumada al incremento del estado de apresto de sus medios de disuasión nuclear, arrastra inexorablemente la situación estratégica a un salto atrás en el tiempo y la coloca en la lógica, el lenguaje y las acciones de los peores picos de tensión de la Guerra Fría. Este salto implica a su vez, fatalmente, a una expansión relevante en las tres dimensiones de la estrategia militar: masa, tiempo y espacio. En efecto el cambio en la “masa”, esto es la naturaleza y escala de los medios militares, implica la entrada en escena de las armas nucleares estratégicas de destrucción masiva, que tienen una componente submarina como recurso central. La expansión espacial es una consecuencia directa del ingreso en escena del arsenal nuclear que, en su esencia submarina requiere un despliegue global. La dimensión temporal se expande naturalmente al estancarse el conflicto y las vías de solución, lo cual genera la entrada a escena de la estrategia naval de interdicción o bloqueo de la actividad marítima como medio principal de la denominada guerra de recursos.
El salto de la guerra local a la tensión global plantea, de un modo fatal en la escalada, escenarios complejos en los que la estrategia naval resulta tan determinante como peligrosa.
Escenario actual: Mare Nigrum, Mare Nostrum
Desde un punto de vista geoestratégico, resultan evidentes las limitaciones que Rusia tiene para acceder a los espacios marítimos abiertos desde los mares Báltico, Negro, Ártico, Ojstock y Bering. A ello debe sumarse que en los dos primeros que son el vehículo principal de intercambio, el acceso se encuentra restringido a estrechos controlados por la OTAN: Dardanelos y Bósforo hacia el Mediterráneo y Kattegat y Skagerrak hacia el Mar del Norte.
Pese a las dificultades de acceso a aguas abiertas en su núcleo europeo, la experiencia zarista y la maniobra geoestratégica durante la Guerra Fría, llevaron a la Unión Soviética al desarrollo de un poder naval relevante por su escala y tecnología. La Federación Rusa heredó e hizo crecer esos activos y su armada se ubica entre las 5 más poderosas del planeta. Las armas nucleares le otorgan el poder disuasivo del botón rojo. En el campo convencional de la estrategia regional, despliega una flota por cada mar, con una notable capacidad de buques anfibios. En el Mar Negro, su dominio es total.
Ucrania, en cambio, además de no retener su capacidad nuclear, desarrolló su poder naval en función de sus desafíos limitados en el Mar Negro. Para agravar aún más esas carencias, la invasión de Crimea por parte de Rusia en 2014, implicó la ominosa captura en puerto de muchos de sus buques. Con la distensión, se inició un proceso de devolución de los medios más obsoletos que se detuvo al crecer la tensión en la región de Donbass. En suma, Ucrania no posee capacidades relevantes para desafiar las rusas de dominio del mar y de proyección a tierra mediante operaciones anfibias.
Con el dominio del mar indisputado, las líneas de invasión desde el sur se basan principalmente en Crimea y dos núcleos de fuerzas de tareas anfibias. El primero desembarcó a infantes de marina en las cercanías del puerto de Mariupol en el Mar de Azov para aislar la región del Donbass con un despliegue hacia el norte. El otro núcleo se desplegó en la zona de Odessa.
En el inicio de la guerra, las fuerzas relevantes de la OTAN más cercanas estaban en el Mediterráneo. A medida que crecía la tensión, fueron abandonando el Mar Negro. La mera presencia hubiera sido ya un factor de riesgo de escalada: Ucrania no es un miembro de la alianza atlántica y esta no tiene mandato para protegerla. Para el Almirante (R) de la Armada de los EE.UU., James Foggo, la estrategia naval de Rusia en el Mar Negro desde 2014 “es como una boa constrictor alrededor del cuello de Ucrania, apretando, apretando y apretando, La OTAN necesita una estrategia marítima en el Mar Negro”. La presencia de miembros del tratado como Turquía, Bulgaria y Rumania hace más relevante esta carencia. El control turco de Dardanelos a través de los resortes de la Convención de Montreaux agrega complejidad a la escena. En las actuales circunstancias, la prudencia estratégica genera la retirada táctica.
Escenarios navales en la escalada
A la imposición de sanciones económicas como la clausura del acceso a los recursos de conectividad financiera SWIFT, la respuesta de Putin fue un incremento del estado de alerta de los medios de disuasión nuclear. Son pasos de manual de la escalada que, en lo macro, implica el cambio de escala del conflicto, el ingreso de otros actores y el incremento de la tensión en la crisis global en torno a la guerra local. Los elementos de juicio permiten construir hoy, entre otros, tres escenarios posibles de escalada con pronóstico reservado en cuanto a probabilidad de ocurrencia y grave, en cuanto a severidad de las consecuencias. El primero, de carácter local, está ligado al despliegue de “líneas de abastecimiento” entre los países miembros de la OTAN y Ucrania para el transporte de armas, munición y otros equipos para la defensa que, en número creciente y con gran visibilidad inician su tránsito. Esas líneas pueden cruzarse con “líneas de operación” rusas y encender una mecha. Este escenario tiene una componente naval limitada puesto que las vías de comunicación terrestre y fluvial con Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía y Moldavia siguen aún abiertas. Las vías aéreas o marítimas no son una opción aceptable en términos de riesgo.
Los escenarios posibles de escalada con componente naval están vinculados al incremento del estado de alerta de las fuerzas disuasivas con capacidad nuclear ordenado en estos días por Putin y al eventual empleo de acciones de cuarentena, interdicción o bloqueo al tráfico mercante ruso si la guerra se prolonga en el tiempo.

Disuasión nuclear desde el mar: el botón rojo vuelve a la escena
Rusia posee capacidad de lanzamiento de armas nucleares estratégicas y tácticas desde tierra, aire y mar. El incremento del estado de alerta implica cambios en el apresto y configuración de sistemas de armas y eventualmente movimientos o despliegues desde la situación actual a la situación para la cual se genera la alerta. La marina rusa posee una impresionante flota de submarinos nucleares estimada en 58 buques de los cuales al menos 11 tienen la capacidad de lanzar misiles balísticos nucleares estratégicos (que salen a la estratósfera y tienen alcance intercontinental) y al menos 26 tienen la capacidad de lanzar cabezas de combate tácticas nucleares en torpedos o misiles de crucero. Su acceso a aguas abiertas es prácticamente irrestricto desde bases como Arkangel en el Ártico o Rybachiy en la Península de Kamchatka, la base de submarinos nucleares más importante de la marina rusa. En consecuencia, su despliegue es global.
La reacción estratégica natural ante un incremento del estado de alerta es el consecuente incremento en el propio estado de alerta y en la vigilancia específicamente orientada a la amenaza. La experiencia de cuatro décadas de Guerra Fría enseñaron a la OTAN a manejar la tensión, los procesos decisorios y la acción. El juego del gato y el ratón estaba contenido en reglas de empeñamiento relativamente seguras. Sin embargo, el incremento de la vigilancia mutua aumenta la probabilidad de encuentro cinemático entre buques y submarinos.
El contexto de hostilidad y alta tensión actual puede generar situaciones equívocas en las cuales un incidente o accidente encienda la mecha. La distancia al botón rojo se acerca aún más con las declaraciones de Putin que corren por los sistemas nerviosos de los centros de comando y control y de quienes los operan. El Jefe de Operaciones Navales de la Armada de los EEUU, Almirante Mike Gilday, ya expresó su preocupación al respecto hace pocos días: “La chance de error es grande. Por eso los estándares del entrenamiento son altos de modo que cuando nuestros buques se encuentren en situaciones así, los Comandantes actúan en una manera no provocativa y se comunican muy claramente: no somos cowboys. Nuestra intención es ser profesionales responsables”. Este mensaje también está vinculado con la pérdida de “experiencia” de sus Comandantes a causa del tiempo transcurrido desde los últimos picos de tensión en la Guerra Fría.
La guerra de los recursos: el tráfico mercante en escena
Las sanciones económicas procuran dificultar las agresiones por vía de los efectos en la población y en las líneas de abastecimiento militar. Rusia tiene opciones y resiliencia continental inigualables para otros países. Los efectos colaterales en occidente, por otra parte, limitan su empleo: el aislamiento SWIFT no es completo. Es difícil cortar flujos financieros, de hidrocarburos o comerciales súbitamente sin generar “fuego amigo”.
Si la invasión terrestre se prolonga en el tiempo y deviene en guerra urbana, como ya sucede a partir del liderazgo de Volodomir Zelensky, aparecerá como una opción la denominada “guerra de recursos” que tiene por propósito el aislamiento, la asfixia económica y la insuficiencia logística.
El ejercicio de maniobras tradicionales de la estrategia naval como la interdicción de tráfico mercante, la cuarentena o el bloqueo presenta un escenario complejo e incierto pero no imposible. El bloqueo tiene diversos alcances e intensidades. Un primer tipo de bloqueo de bajo impacto en cuanto a posibilidad de escalada es la denegatoria de ingreso a puerto ya ha comenzado de un modo análogo a lo que sucede con líneas aéreas rusas que tienen negado el espacio aéreo. Esta medida de “bloqueo pasivo” tendría un impacto económico que se da por agregación en el tiempo y efectos políticos en el mediano y largo plazo. Otro nivel de bloqueo o interdicción se apoya en las sanciones económicas. Tal es el caso de un buque de la Marina Nacional Francesa que en estos días interceptó, desvío a puerto y mantiene detenido al buque mercante de bandera rusa “Baltic Leader” que, cargado de autos, navegaba por el Canal de la Mancha desde Boulogne a San Petersburgo. El hecho podría haber sido objeto de una escalada, pero la tensión aún no llegó a estos espacios.
Si el conflicto se prolonga y escala, las dificultades de acceso al mar de Rusia se pondrán de manifiesto. Rusia es el principal exportador mundial de gas y el segundo de hidrocarburos. En ese contexto, es relevante que el 91% de su comercio exterior sale por estrechos, particularmente la 5 exportación de hidrocarburos. En 2020, de los 133 millones de toneladas anuales exportadas fundamentalmente a la Unión Europea, el 39% salió de puertos del Mar Negro vía el Bósforo-Dardanelos y el 30% del Báltico vía Skagerrak.
El bloqueo con impacto en el largo plazo no será difícil en el nivel táctico porque se concentra en dos “cuellos de botella”. Sin embargo, hay dos factores estratégicos que lo pueden desaconsejar: su interpretación en la dialéctica de voluntades y el daño colateral. En efecto, desde la posición rusa, un bloqueo al tráfico marítimo de hidrocarburos puede ser considerado una agresión y dar lugar a una escalada. Por otra parte, el daño colateral en los países de la OTAN será notorio, en virtud de la dependencia energética de Europa del petróleo y gas rusos, según se desprende del gráfico de la figura 5. La construcción de nuevas fuentes y líneas de abastecimiento será una instancia imprescindible y el shale de los Estados Unidos, una opción primaria y oportuna.
Si bien estos escenarios navales de escalada y sus matices suenan remotos y de baja probabilidad de ocurrencia, basta repensar lo que la sabiduría convencional indicaba acerca de la guerra entre estados y más aún de la invasión de un estado miembro de ONU por parte de otro. En ese espacio de incredulidad se inició la invasión hace apenas unos días. Las patologías que condujeron a ese hecho, pueden deparar más sorpresas. La prevención suena sensata y la reflexión, imprescindible. La evolución de la guerra hacia escenarios más amplios suena lejana para el cono sur de América. Sin embargo, la construcción de una conciencia situacional suficiente, requiere integridad contextual y hoy, el contexto es determinante.
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