En los últimos dos años, la situación de la educación en nuestro país se agravó notoriamente. Los problemas que existían antes de la pandemia se potenciaron, afectando a todos pero principalmente a los sectores más vulnerables de nuestra sociedad. Los problemas son tantos y tan complejos que debiera ser evidente, para todos, que no podemos afrontar los desafíos de la pos-pandemia con las mismas herramientas e ideas que teníamos antes.
Los números hablan por sí solos. Durante 2020, casi 800 mil estudiantes de los niveles obligatorios tuvieron poco o nulo contacto con las instituciones educativas. Y a pesar de que los diferentes gobiernos y, sobre todo, los docentes y las familias hicieron esfuerzos enormes para sobrellevar de la mejor manera la situación, la realidad es que los chicos no pudieron aprender de la misma manera.
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En la primera mitad del 2021, la educación continuó funcionando de manera virtual. Solo en la segunda mitad del año, de forma lenta y paulatina, comenzó a normalizarse la situación. Fue ahí donde comenzamos a ver las consecuencias de ese año y medio. Es como en una inundación: hasta que el agua baja no llegamos a dimensionar todo lo que se llevó y todo lo que nos dejó.
De la totalidad de estudiantes que vieron interrumpida su educación formal, todavía hay 600 mil que no se revincularon al sistema. Muchos adolescentes comenzaron a trabajar durante el aislamiento, tras asumir el cuidado de menores o adultos mayores con los que conviven. La responsabilidad que adquirieron es algo que dificulta su reinserción escolar.
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Por otro lado, hay que considerar las desigualdades que se potenciaron en ese tiempo, tanto entre sectores sociales como entre distintas regiones del país. Por dar solo un ejemplo, en las provincias del Sur, el 46 % de los estudiantes utilizan computadoras para la recepción y el envío de tareas, mientras que en el NEA y el NOA lo hacen solo el 21 % y el 25 % respectivamente.
Por último, no podemos dejar de considerar los efectos en el aprendizaje que dejó la virtualidad, cuya información no tenemos hasta el día de hoy, por no contar con una evaluación que lo mida.
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La virtualidad fue una respuesta en la emergencia, pero nunca podría pensarse como un reemplazo de la presencialidad. Es evidente que ha afectado el derecho de acceso a la educación de amplios sectores de nuestra sociedad y que ha impactado negativamente en el aprendizaje de todos nuestros chicos, chicas y adolescentes; viéndose agravado otro problema: la dificultad en acceder al primer empleo.
Se trata de problemas complejos que requieren respuestas contundentes y sostenidas, que partan de un diagnóstico completo. Podemos equivocarnos y corregir, pero lo que no podemos hacer es ignorar el problema. La dilación no es una opción: la educación en Argentina está en un estado de emergencia. Nuestra responsabilidad es blanquearlo y trabajar en las políticas que comiencen a solucionarlo. Es por eso que presenté un proyecto de ley en la Cámara de Diputados para declarar la emergencia educativa en todo el territorio argentino.
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La emergencia educativa es una herramienta más para afrontar estos desafíos que tenemos por delante. El desafío de ir a buscar a todos y cada uno de los chicos y chicas que dejaron la escuela. El desafío de acelerar la inclusión de la programación, la tecnología y la robótica en las escuelas. De facilitar el acceso al primer empleo con políticas claras, como las prácticas educativas laborales obligatorias que impulsamos en la Ciudad y cuya extensión a todo el país propuse en otro proyecto de ley presentado en diciembre. El desafío de articular mejor la conexión entre la escuela y la universidad, ese salto tan difícil de dar que deja a muchos afuera. De reforzar la educación técnica y dar formación en oficios y carreras cortas con rápida salida laboral. De abordar las áreas en las que los chicos necesitan más refuerzo. Así es como lo hicimos en la provincia de Buenos Aires, con el Programa Escuelas Promotoras acompañando a casi 100 mil estudiantes de la secundaria o trabajando en la educación para adultos donde logramos que un millón de adultos puedan terminar el secundario.
Todo esto se puede hacer solamente desde un abordaje integral y dejando de lado cualquier oportunismo político. Necesitamos construir juntos políticas con visión de futuro, que se sostengan más allá de un gobierno, que corrijan lo que haya que corregir reforzando aquello que da resultados. Solo de esa manera, con una mirada de largo plazo, podemos proyectar un futuro mejor para nuestros hijos e hijas. Solo así podemos crear oportunidades reales. El primer paso es reconocer la situación: La educación argentina está en emergencia.
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Sonó la campana, es hora de actuar.
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