
Ariadna había caído perdidamente enamorada. Teseo, el príncipe de Atenas, había llegado a Creta con su impronta de héroe para matar al Minotauro. La profundidad de su mirada y la seguridad de los que conocen su propósito en la vida, hicieron que Ariadna se rindiera a sus pies. El monstruo que no era hombre, ni era toro, ni era un dios habitaba en las profundidades del Laberinto infinito construido por Dédalo. Ingresar en el Laberinto era una aventura peligrosa. Salir, una misión irrealizable. Pero el susurro de las promesas de amor eterno convenció a la princesa de Creta de develar el secreto. Ariadna dio a su amado Teseo un hilo de oro para que lo desenrollara a medida que ingresara al Laberinto y así no se perdiera en el regreso. Para él, el hilo significaba llegar a lo insondable del misterio y seguir conectado con el exterior. Para ella, el hilo representaba mantener viva la llama de la espera de su amor. El príncipe tenía ahora la llave del éxito de su misión, la del Laberinto, y la del corazón de Ariadna. Pero apenas vencido y muerto el Minotauro, partió de Creta dejándola olvidada. A su regreso a Atenas, las noticias equivocadas de que su misión había sido un fracaso se anticiparon a su llegada. Su padre, el Rey Egeo, desolado al creer que era Teseo quien había muerto, se arroja al Mar que más tarde en su honor llevaría su nombre. Una vez que lo habían logrado todo, ninguno se quedó con nada.
Buenos Aires, 1949. En el mismo año, a un par de barrios de distancia, Jorge Luis Borges en “El Aleph” y Julio Cortázar en “Los Reyes” re-escriben el mito de Ovidio del Laberinto de Creta. Quizá haya sido apenas la casualidad, quizá un hilo invisiblemente dorado unía las plumas de los dos gigantes.
Borges relata la historia desde la mirada del Minotauro, llamado Asterión. Lejos de ser un monstruo, es un ser solitario encerrado en su propio laberinto. “La Casa de Asterión” es una casa de soledades infinitas. Asterión sólo espera un día ser redimido, liberado de su prisión. Sueña con ese idílico momento. Él sólo espera a su redentor. El hilo lo une a su deseo de ser. Sin embargo, en la última frase del cuento Teseo dice: “¿Lo creerás, Ariadna? El minotauro apenas se defendió”.
En Cortázar, Ariadna está en realidad enamorada del monstruo del Laberinto. Ella le entrega el hilo a Teseo sólo para que el Minotauro logre escapar de él. El hilo aquí une a las almas que se aman y esperan. Pero pese a las intenciones de su amada, decide morir otra vez en manos de Teseo. Para ambos poetas el Minotauro es también un poeta solitario, en la espera eterna de ser descubierto.
El hilo de Ariadna une las historias imposibles. Ata el correr de los siglos y conecta las geografías. Es el mismo hilo que a veces detectamos entre nuestra vida y otras vidas, aunque incrédulos lo arrojemos al azar. Es el mismo hilo que de pronto enlaza los mitos de Creta, los cuentos de Buenos Aires y las historias de Israel.
En tiempos del Gran Templo de Jerusalén, en lo profundo del Santuario, en el Sancto Sanctorum, residía la Shejiná, la Presencia Divina. El lugar era de tal santidad que era impenetrable. Solamente el Sumo Sacerdote podía ingresar allí, luego de una inmensa preparación, una vez al año. El Zohar, el Libro de los Místicos, nos dice que antes de ingresar, uno de los rituales constaba, increíblemente, en atar al Sacerdote con un hilo que lo mantuviera unido con el exterior. Algunos aseguraban que era debido al temor a que perdiera la vida en tan elevada instancia trascendental, y que de esa manera podrían retirar su cuerpo. Pero en realidad, era para que recordara que ingresar dentro de una experiencia espiritual era sólo una herramienta para regresar a éste, su verdadero mundo.
Todas las historias son la misma. Resta a la libre elección decidir adónde lleva el hilo propio. En las profundidades de nuestros propios laberintos, de nuestras más íntimas soledades, nos esperan. Espera un ser que puede ser un monstruo, un poeta, o nuestro propio reflejo de lo divino. Ingresar dentro de los pasillos del alma exige el coraje del héroe. Bucear dentro para descubrir quiénes éramos demanda audacia, valor. Dentro del laberinto del espíritu nos podemos perder en sus túneles, o llegar hasta el Santuario. Podemos decidir matar lo que encontremos o abrazar la belleza del Misterio. Pero lo más importante, después de descubrir el tesoro que guardamos allí dentro, es saber que del otro lado del hilo, también nos esperan. Nos esperan aquellos a quienes nos une el hilo más indestructible. Nos aguardan los que nos aman bien. Los que nos hacen invencibles.
Amigos queridos. Amigos todos.
El hilo de Ariadna es el que une el ser que somos y el que podemos ser. El alma que tenemos y a las que estamos enlazados. El Misterio interior, con la belleza del mundo. Nuestros pensamientos, con nuestras acciones. Nuestros sentimientos, con nuestras palabras. Lo genuino del ser, con ese amor que nos hace saber que lo tenemos todo.
La vida no es una tragedia griega. A veces nos perdemos en nuestros propios pasillos, olvidamos adónde nos llevaba el hilo y equivocamos la puerta. Pero somos nosotros, en el final, quienes tenemos las llaves de nuestro propio laberinto.
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