
Hay muchas formas de alcanzar los objetivos, pero el foco debe estar siempre en el “para qué”, en el faro.
¿Qué se necesita lograr hoy como país para ser creíbles, competitivos, crecer y lograr resultados? ¿Cómo ser una sociedad pujante, en desarrollo constante y equitativa? Hay que definir cuál es su visión, cómo quiere verse en el futuro. Un plan permite alcanzar las metas y evaluar en todo momento si realmente se está transitando el camino planeado o si se está desviando.
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Un buen plan implica priorizar actividades, determinar responsables, asignar recursos y definir plazos. Así se unifican esfuerzos en pos de un objetivo común, creando certidumbre y claridad, alineando expectativas.
La Argentina hasta la fecha ha carecido de un plan de largo plazo, consensuado, robusto y ordenado. Aún no ha sido capaz de ofrecer un programa de corto o mediano plazo: sus presupuestos anuales carecen de valor cuando están fundados en pautas absolutamente irreales. Por tomar un ejemplo, la pauta inflacionaria del 33% según el Presupuesto Nacional 2022 que fuera rechazado en el Congreso, contrasta notoriamente con las estimaciones del mercado, bien por encima del 50%. La subestimación parece ser más una herramienta para darle mayor discrecionalidad en el gasto al gobierno, quitándole peso al presupuesto como instrumento real para ordenar la acción pública y orientar al sector privado. La brecha histórica entre la estimación de la inflación proyectada y la efectivamente verificada es notable, y avala esta tesis.
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La economía argentina muestra una gran volatilidad histórica en sus variables centrales como para darse el lujo de no tener aún un plan definido. La Argentina sufre más las crisis que países comparables y luego se recupera con más fuerza, pero no logra un crecimiento continuo y real. Es más dañino que el PBIO de un país se derrumbe en un solo año un 10% y lo recupere con potencia al año siguiente, que caer 3% y restablecerlo luego.
Con volatilidad alta y sin plan, los privados optarán por inversiones de menor plazo. Asumirán que la Argentina es un país riesgoso y por lo tanto procurarán invertir en activos de fácil salida y con altas tasas de retorno.
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La inflación inaguantable y la continua devaluación del peso son emergentes de desequilibrios estructurales notables en el plano macroeconómico y social. Estos desajustes son un cepo para el desarrollo sostenido en el largo plazo de la economía argentina. Sin un plan que pretenda abordar con seriedad los problemas reales de la economía, solo se apreciarán repuntes de la actividad momentáneos y condenados a apagarse.
El principio de acuerdo de entendimiento con el FMI significa un paso adelante, si el Gobierno se compromete a cumplirlo. El compromiso es sustancial, influye directamente en las decisiones de los agentes económicos y sociales, de los partidos políticos y ni que hablar en la relación con el mundo. Esto impactará directamente en la consecución de los objetivos.
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Con el principio de acuerdo de entendimiento con el FMI emerge sobre la superficie un plan de acción con la determinación de valores objetivos para variables claves de la economía argentina. Metas de resultado fiscal, de reservas y especialmente de emisión monetaria. Se puede estar más o menos de acuerdo con las características del plan en ciernes, pero nadie duda que es una primera puerta a la recuperación de la credibilidad y una incipiente apuesta al crecimiento futuro. Además, como no podía ser de otra manera, es indispensable para salir del atolladero de corto plazo. Hay consenso de que hubiese sido más valioso que ese plan surja de la inspiración y de las deliberaciones de los dirigentes y que representen las aspiraciones de los votantes, y no de la negociación con un acreedor.
Hoy tener un plan es mejor que no tenerlo. Es el primer paso para el big push. Es más importante tomar hoy la decisión de comprometerse con un programa de acción que sirva de guía, que seguir buscando indefinidamente la mejor opción.
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Relaciones bilaterales
Sumarse a la Ruta de la Seda, el plan que impulsa China para fortalecer su carácter de potencia global ¿forma parte de un plan estratégico propio o es una expresión de debilidad, tomando lo que está a mano para “zafar” en el corto plazo comprometiendo sin mayor claridad el largo plazo? ¿Es parte de la convicción nacional sumarse a ese desafío y no a otro? ¿Está la Argentina tomando el camino fácil sumándose a un plan diseñado por otro?
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Conceptualmente, el plan conjunto con el FMI y asumir el camino de la Ruta de la Seda son parecidos, al tomar como propios planes de terceros, con poco margen de maniobra para la participación de los actores locales que deberían ser los reales hacedores de un plan propio. Pero nuevamente, es preferible contar con un plan a no poseerlo.
Para que un plan sea efectivo, debe ser realista, consensuado, medible, realizable en un determinado tiempo y asumido como propio por los decisores de política y por la sociedad en general.
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Las dudas que se generaron a partir de las tensiones entre los actores políticos golpearon en el punto más sensible, su credibilidad. Y lo hacen al punto de poner en riesgo su éxito.
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