
Mientras descansaba, me sonó el teléfono de un productor de radio Rivadavia: “¿Podés salir urgente al aire por teléfono?”.
Le pregunté: “¿Qué pasó?”. “Renunció Máximo Kirchner a la presidencia del bloque de diputados del Frente de Todos por discrepancias con el tema de la deuda”, me contestó. Con muchas ganas de decir “a mí qué me importa”, hablé con mi compañero y le dije: “A mí qué me importa”.
Esta noticia berreta estaría compitiendo con la otra noticia berreta de que un montón de procesados y condenados harían una marcha en contra de la Suprema Corte. Entonces me pregunté: “¿Tan poco somos como país? ¿Tan nada somos como país? ¿Tan minúsculos somos como país para que esta gente sea noticia?”.
También recorrí la trayectoria de todos estos personajes célebres por esquivar la Justicia, por mentir con descaro, por llegar siempre tarde donde nunca pasó nada.
En el caso del primero, el “kuko” de la izquierda, el líder karismático, el futuro kandidato a Presidente, el nene de mamá, nunca trascendió en nada. Es más, jugó de superhéroe haciendo silencio y manejándose con mohines políticos dignos del club privado que creó (y que nos llevó durante 20 años a mirarnos con desconfianza y a decir: “OJO QUÉ SON K”) pagándoles fortunas a periodistas alcahuetes y obsecuentes para vender la falsa imagen de promesa política, usando un apellido que solo en un país como este puede ser aval de honestidad.
Los otros, los de la marchita contra la Justicia, a esos vendámoslos por tonelada, ya que por unidad no valen nada, solo con ver sus fotos y en su impresentable pasado está todo dicho.
Ahora bien, qué nos pasa a los Argentinos que no somos capaces de juntar nombres respetables y terminar con esta payasada digna de titanes en el ring, que nos obliga a los periodistas a ejercer la profesión devaluando nuestras editoriales decoradas con los nombres de estos nadies que, en esta caótica situación de desamparo, brotan como hongos en el estiércol, elevándose sobre la chatura de la bosta.
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