
Ernesto Tenembaum tenía la costumbre de proponer a los periodistas invitados a su programa que eligiera, de mejor a peor, entre los presidentes electos desde 1983. Creo no equivocarme en que la mayoría elegimos a Raúl Alfonsín. Allí había una balanza entre debe y haber en donde triunfaba la recuperación de la democracia, el juicio a las juntas, el sentido del orden constitucional por encima del desastre económico de la hiperinflación.
Luego, si la memoria no me falla, se disputaba el segundo puesto entre Néstor Kirchner y Carlos Menem. El primero sopesaba en su balanza el reconstruir la autoridad tras el año 2001, las primeras medidas como el saneamiento de la Corte, su aparente idea de convocar a todos con la transversalidad con la grosera corrupción, el capitalismo venal de amigos, el atropello de los controles del estado y demás. Menem contraponía el último proyecto de país abierto al mundo modernizado con, también, la corrupción y el desprecio por la ley, más el aditamento de los indultos. Datos más, datos menos, todos tenían un algo que los ponía en ese lugar de la lista de los mejores o peores, a sabiendas de esos otros elementos que eran reprochables en el inventario gubernamental.
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¿Qué pasaría si Ernesto preguntase por el actual gobierno de Alberto Fernández?

En lo personal, creo que ya es hora de decir que esta gestión es la peor que hemos tenido desde la recuperación de la democracia. Alberto lo hizo.
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Hay que hacer jugar allí el mismo parámetro de debe y haber (este cronista se resiste usar “pro y contras” por obvias razones) de su gestión. El coronavirus heredado es una contra no atribuible a su gestión y mucho - no todo - de la gestión económica queda herido por sus consecuencias. Sin embargo, no es el COVID el que puede determinar la sentencia al último y cómodo lugar.
La gestión de Alberto Fernández es pésima desde la calidad democrática. El resto, salud, seguridad, economía, es muy malo, pero a la vista de lo primero, secundario. Esta presidencia desprecia los sistemas de estado de derecho y abjura de la división de poderes y la constitución. Si Alfonsín fue al modo de ver de la mayoría de los preguntados por Tenembaum (me incluyo) por su vocación democrática, Fernández es el peor por su desprecio.
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En lo externo, Fernández está aliado y defiende (ya ni siquiera disimula no condenando) a regímenes dictatoriales o autocráticos. Defiende el terrorismo de Hamas al que equipara con la democracia de Israel. Se alía con la Venezuela de Maduro, la Nicaragua de Ortega, la Cuba castrista, la CELAC de todos ellos y coquetea con el unicato despótico de la Rusia de Putin. No es que hay allí un interés económico, por ejemplo con China. Hay una mirada condescendiente con el cómo se ejerce el poder.
En lo interno, la catarata de hechos de desprecio por las reglas de convivencia democrática hacen imposible su enumeración. Bastaría con citar las eternas contradicciones presidenciales sobre hechos que no hablan de una evolución natural del pensamiento de una persona flexible, sino directamente de la inescrupulosidad para decir hoy blanco y mañana negro. Nisman, la Corte Suprema, el peronismo y, cómo no, Cristina Kirchner. ¿Qué piensa de verdad sobre temas centrales Alberto Fernández? De Menem o Néstor no había dudas. Hasta de De la Rua, en su incapacidad de ejercer el poder, se sabia.
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Es imposible respetar a un dirigente sobre el que no se tiene claro si posee tres principios inalienables en su concepción de valores.
Quizá merezcan señalarse un par de hechos de estos días que sirven como ratificatorios de la calificación de la peor gestión de la historia. El atropello autoritario del poder ejecutivo contra la Corte Suprema de Justicia es grotesco. Su vicepresidenta ya había intentado tirar por la ventana al ministro Carlos Fayt. Sin embargo, Cristina no se animó a tanto proponiendo echar a patadas a todos sus miembros cono hace Alberto. Ya se señaló en estas columnas el desatino de opinar públicamente del funcionamiento y fallos de la corte, entrometiéndose en la división de poderes como un torpe o un lego. La venia a la marcha del incalificable Ramos Padilla por parte de varios de sus ministros es ramplona, burla la democracia.
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Como si esto fuera poco, ayer, el ministro político de su gobierno compartió mates y adhesiones con Milagro Sala. Se exime de comentar la presencia de la ministra de algunas mujeres y de algunas personas de diversidad de género que estaba allí como ex abogada de la jujeña y actual funcionaria. Su escaso peso, salvo los emolumentos que percibe, en la arena pública evitan comentarios.
¿Wado de Pedro se solidariza en nombre del gobierno argentino con la procesada con varias ratificaciones Milagro Sala? Algunos pensaron que la renovación de la decadente dirigencia política vendría de la mano de personas más jóvenes que se incorporaron a la toma de decisiones. Alguien pensó que de Pedro era uno de estos exponentes. Ya es hora de dejar que la realidad se imponga al deseo. Milagro Sala no transita el proceso penal presa porque es una politica perseguida. Es una perseguida legalmente por el proceso penal porque cometió actos delincuenciales que están expresamente previstos por el código, para restringir la libertad del acusado cuando quiere entorpecerlo o darse a la fuga. Eso hizo Sala. Amenazar a testigos y funcionarios , destruir pruebas, ocultar evidencias. ¿De verdad de Pedro cree que tiene el derecho de usar el poder público del estado -no sólo de su gobierno- para humillar la división de poderes y el debido proceso? ¿Piensa recorrer todas las cárceles argentinas para interiorizarse patrulleramente de lo que según su capricho sean detenciones ilegales?
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Negar la base de la legalidad, de la justicia independiente, negarse al mundo que defiende la civilidad en la ley es el peor de los pecados democráticos. Alberto lo hizo. Se ubicó primero, invirtiendo la pregunta de Ernesto, entre los peores. Cómodo.
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