
Mañana, a primera hora de la mañana, el Presidente de la Nación tiene previsto lanzar una convocatoria a la sociedad. Si no hay alteraciones de último momento, Alberto Fernández propondrá un acuerdo para el pago de la deuda externa y una mesa de consenso para abordar temas como seguridad e inflación. La idea de Sergio Massa de un diálogo con la oposición perece perder fuerza ante el proyecto de recrear, como Eduardo Duhalde, un diálogo argentino. Quizá el Consejo Económico y Social sea el lugar. Sucede que quien comanda el país debe intentar recuperar algo de margen en cuanto a credibilidad y capacidad de ejercer el poder.
Fernández es, probablemente, el presidente de la democracia que más rápido licuó su propio poder. No hay que tomar el 10 de diciembre de 2019, cuando asumió, para comparar con la pésima situación que hoy pasa. Hace dos años, el presidente era un mero delegado de Cristina Kirchner puro y su credibilidad era, por lo menos, sui generis. ¿Alberto pesaba más por ella o por él? Fue con la pandemia que amasó poder propio, legitimidad de ejercicio, en los tiempos en que hablaba flanqueado por Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta. Hacia el primer trimestre del año pasado, Alberto era el presidente de todos. Nadie dudaba que gobernaba.
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Allí hay que mirar el comienzo del colapso de su credibilidad. Entonces, vino el engolosinamiento por las filminas y sus discursos alambicados, las restricciones arbitrarias de libertades ejercidas sin control desde La Quiaca a Ushuaia; se transformó en el presidente terco de unos pocos peronistas capitalinos que asistían a la sucesión de errores, cuanto menos, si no transgresiones morales y legales como sus fiestas de Olivos y sus vacunas a pedido de amigos.
¿Es decisorio el resultado de hoy? Sí, para el reparto administrativo del poder. Para el termómetro intangible de quién ejerce ese mismo poder, la suerte está echada. Desde afuera y desde adentro del Frente de todos, Alberto está al borde de una magistratura decorativa.
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Desde afuera, Cambiemos, que viene de fracasar en su gestión hace apenas dos años, ampliado hoy mucho por derecha y casi nada por izquierda, marcó su renacimiento gracias a la horrible gestión de Fernández. Y eso ya es una derrota fulminante para el PJ y para el Presidente. Achique o supere la diferencia de las PASO, Alberto deberá ser reconocido por los boina blanca y los dueños de los globos como el resucitador del macrismo.

Sin embargo, esto es un detalle. El horadado de Alberto proviene desde dentro. La implosión de la coalición comenzada hace un año por las epístolas de Cristina a sus fieles seguidores y coronada por su nueva misiva actuada con renuncias del gabinete K luego de las primarias, fulminó la integridad del presidente que hoy funge de intermitente orador de “nadedades” gubernamentales. Fue el kirchnerismo el que transformó a su presidencia en un acto de prescindencia. Alberto viene tejiendo acuerdos con la CGT “renovada” y conversa con los gobernadores del PJ. Sobre estos últimos sabe que la lealtad estará condicionada por el envío de fondos que se hagan desde la Rosada y la tibia separación que siempre han tenido con Cristina.
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El país, el de todos, cruje otra vez. La pobreza, la inflación, la desocupación, las consecuencias propias de la pandemia y las impropias como el cierre disparatado de las escuelas y otras actividades sacuden la estabilidad emocional y social de los argentinos. Muchas veces nuestro país ha entrado en crisis inflacionarias y devaluatorias. Pocas veces lo ha hecho entrando a esas crisis con un 50 por ciento de pobreza. Un economista sensato, de los que sabía consultar el actual presidente en los tiempos en los que ni soñaba con serlo, dijo esta semana en una charla para empresarios que cada diez puntos de devaluación se arroja a la pobreza a un millón de personas. La brecha hoy entre el dólar oficial y el paralelo supera el 100 por ciento. No vale la pena hacer cuentas para no generar más drama al que se vive.
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