
Finalmente 2021 terminó con una inflación del 51% anual, igualando la tasa de inflación anual de noviembre de 2019, el último mes completo de Cambiemos en el gobierno. Y muy lejos de las previsiones de el ministro Martín Guzmán.
Pisar las tarifas de los servicios públicos, el tipo de cambio e incluir más precios cuidados en el IPC para mostrar una menor tasa de inflación no lograron frenar el agudo proceso inflacionario que se inició en 2007, situación que trataron de disimular de cara a las elecciones generales de ese año interviniendo el Indec para destruir las estadísticas económicas y esconder la realidad. De este tema parece que nos olvidamos.
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En rigor la inflación de 2021 fue artificialmente baja, al punto que hace recordar la inflación cero de Gelbard en 1973, cuando recurriendo al control de precios, salarios, tarifas de los servicios públicos y tipo de cambio, terminó en el rodrigazo de junio de 1975, cuando Celestino Rodrigo tuvo que poner en orden la distorsión de precios relativos que había dejado Gelbard.
En aquellos años, Gelbard había congelado las tarifas de los servicios públicos que eran prestados por empresas estatales. Todavía no se habían privatizado. El tesoro tenía que cubrir las pérdidas que tenían las empresas estatales y lo hacía con asistencia del BCRA que emitía moneda para darle al tesoro para que financiara las tarifas artificialmente bajas.
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Hoy en día ocurre algo parecido, aunque algunas empresas de servicios públicos hayan sido privatizadas. En efecto, el rubro que más aumentó en el gasto público son Subsidios Económicos, en particular los subsidios a la energía, que en 2019 equivalían a 1,07% del PBI y en 2021 llegaron a 2,16% del PBI. La realidad es que lo que no se paga en la boleta de luz, se termina pagando vía impuesto inflacionario.
En 2019 todos los subsidios económicos representaron 1,64% del PBI y en 2021, 2,83% del PBI.
Por eso, a pesar de las tarifas de los servicios públicos y el tipo de cambio pisados, igual se disparó la inflación, dado que a mayores subsidios económicos mayor el déficit fiscal que exigió una asistencia del BCRA vía emisión monetaria de $1,7 billones, casi igual a los $2 billones que emitió el BCRA en 2020 cuando cayó la recaudación por la cuarentena eterna.
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Cabe destacar que el déficit fiscal fue superior al previsto en el presupuesto sancionado para 2021 a pesar de haber recibido el regalo de los USD 4.500 millones en DEGs del FMI y precios muy buenos para los granos.
En 2022 no va a haber otro regalo del FMI y, considerando que puede haber un aumento de las tasas de interés en el exterior, es posible que el precio de las commodities no tenga precios récord, salvo que haya una sequía que haga subir su precio sin afectar los volúmenes en Argentina.
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Parece bastante difícil que en 2022 la inflación vaya a ceder. Si el Gobierno no corrige la distorsión de precios relativos, el déficit fiscal seguirá su rumbo y eso exigirá una nueva expansión monetaria que impactará en los precios.
Si, por el contrario, el Gobierno se decide a corregir el atraso del tipo de cambio oficial y de las tarifas de los servicios públicos, al mismo tiempo debería corregir los precios congelados con lo cual el IPC empezará a mostrar la inflación reprimida durante el año pasado y el anterior.
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En definitiva, todo parece indicar que en 2022 la inflación no cederá, sino que puede tender y ser mayor. No debería sorprender si en el mediano plazo Argentina termina teniendo una inflación de tres dígitos anuales considerando la distorsión de precios relativos, la fenomenal expansión monetaria que tenemos, el desbordado déficit cuasifiscal del BCRA y la escasa demanda por moneda que tiene el argentino, que no considera al peso como moneda y por no ser reserva de valor.
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