
Quién iba a decir. Los Barones del conurbano que habían pasado a la historia, están vivitos y coleando, y hasta se convirtieron en licenciados. Después dicen que ya no hay movilidad social en Argentina.
Aún recuerdo cuando Axel Kicillof, uno de los tantos paracaidistas porteños en el insondable magma bonaerense, creyó que les decían “varones” con v corta e intentó hacer un comentario de género, un fulbito para la tribuna feminista de acuerdo con los tiempos, para darse en las narices con otro de sus bloopers. Ahí descubrió que a los Barones del conurbano se les llamaba Barones, no por machismo, sino por una razón mucho menos popular de lo que dicen ser. Ser un barón -con b larga- es ostentar un rango nobiliario, aristocrático, augusto y de por vida, aunque en este caso no se trate de un enclave de sangre azul sino de la vasta y pobre provincia de Buenos Aires. Pobre provincia. Provincia pobre.
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El gobierno de Maria Eugenia Vidal había anunciado con bombos y platillos de cambio de época, el fin de los baronazgos, con una ley que impedía las reelecciones consagratorias de la rancia perpetuación. Cómo pensar que aquella legislación venía con cuchillo bajo el poncho y un atajo tramposo, para que en realidad nada, pero nada, cambie. Cómo pensar que el sobreactuado “No a la re re” era en realidad un “Ni Ni”. Ni sí, ni no.
Así fue como no hace mucho nos encontramos de repente con los barones licenciados. Unos veinte intendentes peronistas que inesperadamente actuaban contra toda su lógica, apartándose del poder territorial y encontrando mejor destino en conchabos estrafalarios de algún ministerio o en burocráticos y grises rincones de la administración sin causa demasiado comprensible. Hasta que, como todo efecto tiene una causa, emergió a la luz el salvoconducto caudillesco que les había dado la llave de regreso a esos tiempos dorados de barones innobles pero empoderados.
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En estas horas y ya con la indignación popular latigando sus reputaciones, algunos intendentes de Juntos por el Cambio salieron a decir que no harán uso de la chance de buscar la reelección y que sólo querían enmendar una fallida reglamentación. Si realmente hubieran estado en contra del proceso vergonzoso que los emparenta con las peores prácticas políticas hubieran luchado antes por preservar el espíritu de una ley, de las más infames intenciones hegemónicas que terminaron protegiendo. En el peronismo la perpetuación en el poder suele ser aplaudida y si se cambian las normas para obtenerla importa poco. En una fuerza que se construyó gracias a una sociedad que le puso el cuerpo a la defensa de la república, el espectáculo infausto que acaban de ofrecer entre gallos y medianoche sólo puede llamarse traición.
Claramente no entendieron nada de nada el mensaje de las urnas. Claramente, no entendieron nada de nada lo que se juega en un país asediado por un populismo empobrecedor, claramente no entendieron que es en la defensa de las instituciones donde la república se hace fuerte, y se la jugaron en una timba sin escrúpulos, que solo le da la razón a quienes señalan a la casta política como una elite de privilegios inmerecidos, que no ve en el poder servicio sino un coto de caza personal.
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Probablemente, aunque la decepción haya caído como sal en la herida, y la traición haya corroído la confianza, es mejor que finalmente hayan mostrado sus caras como son. Porque quienes depositaron su voto en ellos repararán el error y no se correrán ni un centímetro de sus convicciones, pero sabrán quiénes se disfrazan de principios pero sólo tienen fines. Con este voto, los legisladores bonaerenses que alzaron la mano por las reelecciones de los intendentes, no sólo defraudaron a sus electores, sino que hirieron pérfidos, a la mismísima democracia y su virtud de alternancia.
* Editorial de Cristina Pérez en “Confesiones en la noche” (Radio Mitre)
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