
Si tuviéramos que resumir este último año del ecosistema emprendedor en Argentina podríamos caer en un lugar común y decir que este fue el año de los unicornios –empresas con valuaciones superiores a los 1.000 millones de dólares–, no sólo por el récord de empresas de origen argentino que lograron alcanzar ese hito en estos últimos meses, sino también por el crecimiento de varios de los ya establecidos. Y si bien es cierto que llama la atención lo prolífico que es nuestro país en esa materia, sobre todo teniendo en cuenta la coyuntura actual, creo que si hay algo que realmente tenemos que rescatar este año es la resiliencia del emprendedor argentino, el que se cae y se levanta, el que se anima a seguir apostando por empezar un nuevo negocio a pesar de todo.
Los resultados de una encuesta realizada en noviembre por ASEA acerca de la percepción a la hora de emprender en este año post-pandemia dejan en evidencia los obstáculos que se deben enfrentar hoy en el país, más del 54% de los emprendedores encuestados concluyeron que la carga impositiva y la inflación son los principales problemas. Todo parece ser más difícil en Argentina: la inflación que licúa nuestros ingresos y ahorros, la ausencia de crédito, el nivel y la cantidad de impuestos que no sólo convierten al Estado en un socio más sino que agregan una carga administrativa que desalienta hasta al más valiente, la burocracia en todos los ámbitos, la falta de reglas claras, la previsibilidad, el riesgo laboral y mucho más. Por eso es que nos sorprendemos cuando vemos cómo se multiplica la cantidad de emprendedores a lo largo y ancho de nuestro país, lejos de la posibilidad de algún día ser unicornios pero con las ganas de hacer crecer sus sueños, como se ve reflejado también en la encuesta, donde más del 50% se muestra optimista o muy optimista en cuanto al futuro de su emprendimiento.
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Es que en contraposición a esta Argentina diseñada para expulsar a los empresarios del mañana nos encontramos con el principal capital que tiene nuestro país: nuestro capital humano. Emprendedores creativos, que han aprendido de las constantes crisis políticas y económicas, se han convertido en expertos navegadores de caos y tienen la capacidad de transformarse rápidamente para adaptarse a este nuevo mundo globalizado y cambiante con gran optimismo, que quieren mejorarle la vida a la gente, que se esfuerzan día a día para sacar adelante sus negocios, que cuando fallan se reinventan y vuelven a comenzar, que crean fuentes de trabajo, y lo más importante de todo, crean valor, crean riqueza, que es la única manera de terminar de una vez por todas y para siempre con la pobreza.
Ningún país, y especialmente ninguno con los índices de pobreza e indigencia como el nuestro, puede darse el lujo de darle la espalda a los emprendedores. Si realmente queremos terminar con el flagelo de la pobreza es necesario que toda la clase política comprenda la importancia de la iniciativa privada como motor generador de valor y riqueza, y trabajemos juntos para que Argentina sea tierra fértil para el desarrollo no sólo nuevos unicornios sino también de otras cientos de miles de empresas que den trabajo, mejoren la vida de la gente y sean el agente de transformación que nuestra Argentina necesita para salir adelante.
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