
El público, nosotros, boca abierta, preparada para gritar sorpresa. Porque en el aire y manejadas por el malabarista, esas “bolas” son los problemas argentinos del presente. Un presente en el aire. Sostenerlo tiene mucho de ilusionismo.
Los diseños estratégicos, la política de verdad, orientan. Las fuerzas productivas y creativas de la Nación tienen un rumbo. El método de la sorpresa, la imaginación de utilería genera incertidumbre. ¿Dónde cree que estamos?
Los problemas del “presente” nos tienen a la espera -dedos cruzados- que ninguna bola se le escape de la mano al ilusionista y caiga. No tienen elementos de seguridad contra choque. Los problemas que están detrás del telón, aquellos que no registramos todos los días, son los del futuro.
Los que no se vendrán encima de inmediato, salvo que el malabarista no tenga suerte, astucia, ilusionismo, como para que las bolas no caigan o que, si caen, no se note.
Los malabares son por un tiempo. Limitado. El presente argentino es el reino del malabar. Y aunque el juego se mantenga sin percances, sí o sí, esos problemas del futuro se harán presentes. ¿Cuándo?
No sabemos. Enfermedades silenciosas que nos están minando, sin alarma, pero cancelando las energías que nos brinda la naturaleza y aquellas que hemos acumulado en tiempos que -sin duda- fueron mucho mejores. Muchos de los que estamos aquí y ahora, los vivimos. Por eso la Argentina tiene memoria del pasado y prueba de su decadencia es que el mejor futuro está en el pasado.
Si caen las “bolas-problemas del presente”, los problemas detrás del telón se harán presentes e inundarán el escenario y la platea.
Esos problemas, entre otros, le recuerdo, son las consecuencias de la pobreza, no la pobreza actual. Los problemas de la ausencia de inversión, no la actual que no crea empleo, sino el deterioro del producto potencial que achica la productividad. No la restricción externa actual, que obliga al BCRA a esos malabares, sino sus consecuencias que ponen en suspenso la estructura productiva que tiende a una esclerosis paralizante. Claro, hay más: educación, seguridad, infraestructura y así. No ocupan la primera plana.
Las bolas de malabar nos preocupan más porque tememos verlas caer. Los malabaristas están conjurando esos problemas. Pero detrás del telón están los tramoyistas. Los que hoy maquillan aquellos problemas del futuro que nos consumen.
El ministro Martín Guzmán, en las jornadas del BCRA, dijo que se crea empleo, que mejora la distribución del ingreso, que estamos creciendo. Maquillando con palabras.

Las bolas en aire son muchas, la que más prensa tiene es la situación con el FMI. El ministro Guzmán, malabarista a cargo, practica con el FMI la técnica francesa del “faisandage” de modo de aplicarle sobretiempo de maduración para enternecerlo como se hace con las carnes.
Está tomando el riesgo de tornar a “la bola en el aire del FMI” en una más pesada que las demás y en consecuencia -ese sobrepeso- derivar en un desorden que genere el derrumbe del resto de las bolas. ¿O está dando resultado? No lo sabemos.
Pero de lo que no hay duda es que el mejor momento del acuerdo con el Fondo ya pasó y que la espera, “el faisandage”, impicó una caída adicional de las reservas que nos ha metido en problemas mayores que se vienen agravando con el tiempo. Justamente, otra bola del presente en el aire y es la disponibilidad de dólares.
La reciente medida de restricción del uso de tarjetas de crédito para la compra de paquetes turísticos es una manifestación clarísima -más allá de la oportunidad o conveniencia de la medida- de la debilidad de caja, la monumental restricción externa que atraviesa la Argentina, en parte como consecuencia de no haber logrado el acuerdo con el FMI.

Guzmán siempre quiso el acuerdo. Hizo de la calidad de ese acuerdo la materialización de sus aportes académicos sobre la cuestión de la deuda externa, la reestructuracion de las mismas y la sostenibildad de las economías deudoras.
El acuerdo se demoró, seguramente en parte como consecuencia de la necesidad intelectual de Guzmán de validar su tesis, y en parte como consecuencia del desorden intelectual en el Frente de Todos.
En ese Frente no todos piensan igual y muchos piensan de manera contraria y como no hay árbitro -o conducción operativa real- lo que se promueve es la innacción que ha terminado siendo la traducción operativa de la economía tranquila que predicaba en sus primeros días el malabarista ministro Guzmán.
Inacción y malabar son contradictorios. ¿Entonces?
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