
Los analistas no tienen nada que hacer, canta Charly García, y después dice también que no es una cuestión de elecciones: no elegimos este mundo, pero aprendimos a confiar, o a querer. En Cerca de la revolución encontré la clave del resultado del domingo, y es que muchos decidimos desde la convicción de que, total, mañana iba a ser como ayer, y de que lo que fue hermoso sería horrible después.
Y entonces, aunque nos hayamos pasado la semana leyendo o escuchando sobre victorias pírricas y vencedoras vencidos, o viendo con estupor festejos fingidos, somos demasiados los que sentimos que, en todo caso, da igual. Los analistas (políticos) no pueden entender (y tal vez los de la cabeza tampoco), porque puede que manejen estadísticas y datos, pero lo que no saben medir es el clima. La mayoría no estamos para preocuparnos por si el Gobierno perdió por mucho o por poco, ni por cuánto le ganó la oposición. A los sobrevivientes, la pandemia nos dejó sin interés y muy conscientes de que no es el Estado el que nos va a salvar, sino las redes que supimos mantener: familia, amigos, grupos de vecinos, de colegas, de madres del colegio de nuestros hijos; nuestra pequeña comunidad.
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Y en eso las mujeres somos pioneras. En ese sentido, a lo mejor tendríamos que haber salido más fuertes de todo esto, como se decía al principio, y, sin embargo, estamos muy cansadas como para poner la energía en otra cosa que no sea la reconstrucción de ese entorno social arrasado, pero solidario, que nos ayudó a llegar hasta acá. Es cierto, gracias a la paridad, y antes al movimiento de mujeres, hubo candidatas en espacios centrales (Vidal, Bregman, Tolosa Paz) y hay líderes políticas marcando el pulso de la puja de poder que está detrás (Bullrich, CFK). Pero las cuestiones de género (y la ampliación de derechos en general) quedaron esta vez fuera del debate, como si para estar ahí –con excepción de Bregman– hubieran aceptado renunciar a esa agenda, o como si estuvieran ahí precisamente porque no les interesó jamás.

El gobierno que todavía se ufana con liviandad de haber terminado con el patriarcado por haberle dado lugar a luchas de años que crearon alianzas transversales –como el aborto legal–, logró imponer un discurso que culpa al feminismo de no entender los problemas reales de la sociedad. Y la oposición de Juntos por el Cambio, jugó para minimizar la fuga de los votos reaccionarios hacia el kingpin de los varones post adolescentes, que encontraron en Milei y su diatriba exaltada una forma de ubicar su masculinidad confundida después de las masivas manifestaciones que, en los últimos años, nos dieron –por un rato– la idea de que las cosas iban a cambiar.
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Así, el oficialismo plantea como un problema de suma cero una dicotomía entre la agenda de género y derechos frente a la necesidad de ocuparse de la falta de trabajo, el hambre y la pobreza. Por supuesto, se trata a todas luces de un dilema falso: si algo dejó en claro la pandemia, es que esas desgracias también están feminizadas. En tanto, el principal partido de la oposición la sacrifica sin más, ya para recuperar a un electorado que creía cautivo y vio volcarse hacia los autoproclamados libertarios, o cerrando filas –incluso entre algunas mujeres– para respaldar la renovación de la banca de un candidato misógino que cruzó el umbral de la violencia simbólica en todos los niveles.

Los analistas no lo dicen con claridad, pero de lo que realmente habla el resultado del domingo es de la crisis de representación. No importa quien gane o quien pierda, ni la lealtad con un partido tradicional: salvo entre fanáticos o entre los pocos privilegiados que no tienen que pensar cómo pagar las cuentas, la grieta como tal perdió sentido porque estamos rotos en lo personal. La experiencia mayoritaria, fuera de la ideología o la afinidad, es que a demasiados ya no nos mueve tanto el amperímetro si la guerra la ganan Pedro o Juan. Simplemente no tenemos más energía para sufrir por lo que no podemos solucionar.
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Todo eso, sumado a que las elecciones fueran legislativas, dio lugar a que algunos se plantearan, por primera vez, no votar: si bien la participación subió respecto del piso histórico de las últimas PASO, el 71% de concurrencia del domingo pasado sigue siendo un porcentaje entre 5 y 10 puntos más bajo que en cualquier otra contienda general. También hizo que otros se definieran por extremos que antes preferían ocultar o ignorar: “Si nada de la política tradicional me representa, o si nada va cambiar, voto por lo que creo de verdad”. Eso explica en parte el ascenso de Milei o que el FIT se haya consolidado como tercera fuerza nacional. Parece una paradoja que la crisis de representación, al tiempo que incentiva el clientelismo y las disputas internas –como señalaba Ana María Mustapic después de la debacle institucional del 2001–, también haya generado naturalmente un reflejo más representativo de lo que somos en realidad.

Y en ese giro hacia el multipartidismo que expone nuestra verdadera esencia –si no fuera porque, por primera vez, llega al Congreso Nacional una diputada por la Ciudad de izquierda con una agenda de género concreta y el feminismo como bandera, como Bregman–, más allá de los argumentos más o menos forzados sobre quiénes son los dueños legítimos de la victoria, lo único incontrastable es que seguimos perdiendo las minorías y las mujeres. Nosotras, las que hicimos temblar al mundo hace apenas seis años, las que abrimos la discusión sobre la violencia machista y la necesidad de cambiar nuestras prácticas, las que dejamos de callarnos, esta vez, nos dejamos ganar por cansancio.
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Quizá sólo sea cuestión de volver a darnos cuenta: la pandemia también puso a prueba la fuerza de tantas redes de mujeres que sostuvieron –desde lo moral y lo práctico– ánimos, economías (y psicologías) familiares destrozadas, y reclamos como la vuelta a clases, durante todos esos meses de miedo, muerte, incertidumbre y tragedias personales. Esa fuerza, la de las redes que tejimos para acompañarnos cuando el sistema nos dejó a la deriva –y que es preexistente, porque llevamos siglos armando sistemas paralelos frente a un Estado que, aún cuando nos incluyó formalmente, siguió mirando para otro lado frente a la misoginia–, sigue siendo nuestra. Sólo si la reclamamos y volvemos a pensarnos transversalmente como colectivo, tenemos una oportunidad de imponerle, aunque sea, un freno a este regreso abierto del machismo a la política que puso de nuevo en jaque a todos los derechos por los que peleamos. Si es cierto que estamos Cerca de la revolución, nos queda recordar que hay que estar juntas si queremos que vuelva a ser la nuestra, para que lo que fue hermoso no sea tan horrible.
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