
Igual que para un árbitro es imposible ver bien una falta si está lejos de una jugada, es demasiado fácil perder dimensión de la historia cuando ahora los titulares hablan del desalojo de la decoradora y modelo Yanina Screpante del “lujoso penthouse” que alguna vez compartió con Ezequiel Pocho Lavezzi. Fue su pareja –”su concubina”, repiten, tal vez por ese último tiempo en que ella lo acompañó mientras jugaba en el Hebei Fortune de China– durante casi nueve años, pero fue mucho más que eso: fue su mujer, su apoyo incondicional, la que lo presentó en los círculos locales e internacionales como el chico canchero que de pronto las marcas de moda y lujo comenzaron a disputarse, la que lo aconsejó sobre sus inversiones y, también, la que se ocupó de que recuperara la relación con su hijo y su familia.
El escándalo, innecesario, estalla justo ahora, en medio del Wandagate, y mientras el estreno de la serie Maradona: sueño bendito, por Amazon Prime, reflota debates sobre la pasión que padeció detrás del máximo ídolo nacional esa santa que fue hasta el último segundo de la vida de Diego –e incluso de su muerte, custodiando su féretro– Claudia Villafañe. Y tiene varios puntos en común con ambas.
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En 2010, el Pocho Lavezzi no jugó el Mundial de Sudáfrica. Maradona reconocería después que le dolió dejar al delantero del Napoli afuera, pero estaba obligado a elegir sólo 23 jugadores. Más tarde iba a bendecirlo con un premio mucho mayor, al asegurar a los tifosi del equipo donde fue más que un Dios que el Pocho era su sucesor. Pero en la Argentina, el 22 del club azzurro había quedado prácticamente en el olvido para los que no seguían la Serie A de la liga italiana.
Sí, fue un crack en San Lorenzo, pero ya no jugaba en el país, nadie es profeta en su tierra y, para entonces, apenas si era recordado. Repito: no jugó el Mundial. Y hago un alto acá para una aclaración: por más que me guste el fútbol, entiendo lo suficiente como para saber que esta columna ya le habrá dado razones para dejar de leer a algunos de los señores que se le hayan animado por el sólo hecho de estar escrita por una mujer. No voy a ser original si digo que el fútbol es ese lugar donde hasta los que se dicen deconstruidos se permiten ser machistas con total impunidad. Yo lo aprendí en la cancha. Una vez un novio me dijo en un asado –otro bastión aceptado de la misoginia nacional– que cuando él y sus amigos hablaran de fútbol, yo me tenía que callar. Ni ese novio ni sus amigos corren más, aunque me veo obligada a aclarar también que a mí a hacer asados –para desafiar a cualquiera de esos machirulos–, me enseñó mi papá. Y de las ensaladas se pueden ocupar ellos, porque yo hace rato que no me callo más. Pienso que Screpante tampoco.
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Me recuerdo en 2012 insistiéndole a un redactor de Deportes para que fuera a hacerle una nota con Yanina en su casa del country Highland –decorada por ella, que lo asesoró en todos sus negocios inmobiliarios–, cuando vinieron de vacaciones a la Argentina. Tuve que decirle lo que pasaba en Italia con el Pocho, la devoción con la que los partenopei lo seguían a sol y a sombra como si en efecto fuera un enviado del Todopoderoso. No lo sabía como fan del Napoli, sino porque yo cubría Sociedad: me lo había contado una íntima amiga de la modelo, que había viajado a visitarla y había quedado impresionada con ese fervor.
Se habían conocido dos años antes y, al principio, a ella le costó. No le interesaba ser “botinera”, menos por el sesgo peyorativo que por el sacrificio de la distancia –y las infidelidades– que venían con el combo y que ya había vivido en una relación anterior con un deportista probablemente más presentable en los eventos sociales de los que se convirtieron en invitados habituales, pero con un estilo de vida bastante similar. Como sea, se enamoró, y en diciembre de 2010 hizo las valijas y se instaló en Nápoles con él.
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La historia se repitió tantas veces que hasta es canción. Hace poco Jimena Barón lloró de nuevo cuando escuchó la letra que compuso cuando fue la mujer de un jugador. En los casi nueve años que pasaron hasta su separación definitiva, a mediados de 2018, Yanina Screpante volvió a ser, hasta que aguantó –de Italia a París y de ahí a la soledad alienante de Hebei, en China–, “la tonta” que se amoldó a la rutina de Lavezzi. A cambio, volvieron cada enero a Punta del Este, donde ella supervisó personalmente la construcción de una casa en Punta Piedra a cargo del arquitecto top de las playas uruguayas, que él terminó por estrenar sin Yanina.
Cambia la escala, pero sólo hay que acercarse. La historia de Screpante es la de muchas. Como Wanda, pospuso su carrera porque apostó –no sólo por la ingenuidad del amor, sino racionalmente, a un proyecto de pareja donde uno de los dos ganaba mucho mejor– a ser la contención y una guía en muchas de las decisiones que “el loco” tomó fuera del campo de juego. Como Claudia, logró separarse de ese hombre millonario –cuya fortuna se calcula en más de US$100 millones; vale recordar que, sólo en la cuarentena gastó, en promedio, 25.000 euros por día en su aislamiento vip de las Antillas– que no tuvo problema en mantener su economía –incluyendo US$1,5 millones y el departamento del que ahora fue desalojada–, hasta que ella quiso rehacer su vida. Para Lavezzi, dicen los que los conocen, y el cálculo no es complicado, ese “lujoso penthouse” es “un vuelto”; hasta que su ex lo ocupó, “lo tenía tirado”.
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De nuevo, cambia la escala, pero vista de cerca, ¿no hay muchas historias similares? Lo que el ex delantero no toleró, fue que Yanina volviera a ser feliz. Como si cuando el Diego lo ungió con el poder de usar la 10, le hubiera legado también el karma del maltrato a la mujer. ¿Quién puede juzgar a Screpante si ahora quiere ser “la cobra que se cobra”, como Barón? Por mi parte y viéndolo de cerca, no voy a ser yo.
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