
Hay algo profundamente revelador en la forma en que la Argentina consume su agenda pública. Mientras una familia de cuatro integrantes necesita más de un millón trescientos mil pesos para no caer en la pobreza, el debate político y mediático gira, con una comodidad que asombra, alrededor de peleas digitales, camionetas de lujo y declaraciones juradas que nadie terminó de leer. No es casualidad. Es un método.
El adormecimiento social no ocurre solo. Se construye. Se alimenta con el escándalo del día, con la interna de la semana, con el caso judicial que desplaza al anterior antes de que alguien haya podido sacar una conclusión. La distracción no necesita ser coordinada para ser efectiva: alcanza con que cada actor del sistema encuentre su propio beneficio en mantener al ciudadano mirando el incendio equivocado.
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Mientras tanto, los números no mienten ni se distraen. Las tarifas de servicios públicos subieron casi un 7% en un solo mes. Las tarifas de colectivos y trenes del AMBA acumulan un aumento del 1.236% desde diciembre de 2023, con una suba interanual del 76% y un avance del 28,8% solo en los primeros cuatro meses de 2026. Cada uno de esos porcentajes representa una decisión concreta que alguien tomó, y que nadie en el sistema político está debatiendo con la seriedad que merece.
Lo que la dirigencia argentina parece no advertir, o prefiere ignorar, es que las sociedades no permanecen dormidas indefinidamente. El adormecimiento tiene un límite que no avisa cuándo llega, y cuando se rompe, no lo hace de manera ordenada ni contemplativa. Lo que se acumula en silencio no desaparece: se transforma.
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La pregunta que ningún dirigente parece querer formularse es qué encontrará la sociedad cuando despierte. Si habrá instituciones en pie, si habrá referentes con autoridad moral para convocar, si habrá propuestas esperando ser discutidas o solo más nombres disputándose el mismo espacio vacío. Porque gobernar un país despierto es infinitamente más exigente que administrar uno distraído.
La política argentina tiene una deuda que no figura en ningún balance fiscal: la deuda de la seriedad. De sentarse a debatir proyectos de largo plazo en lugar de administrar el día a día del escándalo. De hablarle al país sobre lo que viene, sobre infraestructura, sobre trabajo, sobre el modelo productivo, en lugar de responder acusaciones cruzadas en redes sociales a las tres de la madrugada.
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Este no es un problema de un espacio político en particular. Es una cultura que atraviesa al sistema en su conjunto, que premia la visibilidad sobre la sustancia, el conflicto sobre el acuerdo, la denuncia sobre la propuesta. Y mientras esa cultura no cambie, cada nueva figura que emerge termina siendo, en el fondo, una variación del mismo problema con distinta cara.
La Argentina merece una dirigencia que esté a la altura de su sociedad, no una que confíe en que esa sociedad permanezca dormida. Porque el día que despierte, y ese día llegará, la pregunta no será qué hicieron los que gobernaban. La pregunta será por qué nadie, en ningún espacio, tuvo el coraje de decir la verdad cuando todavía había tiempo.
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¿Qué le queda a un país cuando despierta y descubre que mientras dormía, la política estaba demasiado ocupada en sí misma como para pensar en él?
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