
Una ciudad está construida sobre las ruinas de los que antes la habitaron. En la novela La casa de Manuel Mujica Láinez, la narradora es la propia casa, que relata su historia desde su apogeo hasta su decadencia.
Al principio de la obra, la casa en proceso de demolición, busca recordar su antiguo esplendor y nos cuenta su historia, entrelazada con la de aquellos que la habitaron y con las voces de los objetos que la pueblan. Ella no quiere morir sin antes relatar lo que se vivió entre sus paredes ahora desnudas, ya que han empezado por demolerle el techo.
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Algunas ciudades arrasaron con su pasado para ponerse a la moda, es delicado el equilibrio entre modernidad y memoria histórica.
En muchas ciudades del mundo, la historia parece contarse no solo en libros, sino en sus calles y edificios. Buenos Aires, como París -en tiempos del Barón Haussmann- vivió un momento de arrasamiento y reconstrucción.
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En 1853, el emperador Napoleón III nombró al Barón Georges-Eugène Haussmann como Prefecto del Sena, encargándole la tarea de modernizar París. Durante los siguientes 17 años, Haussmann llevó a cabo una serie de reformas que transformaron radicalmente la ciudad.
Se demolieron barrios medievales considerados insalubres y congestionados, y se construyeron amplias avenidas, parques, plazas y edificios públicos. Este proceso incluyó la creación de un sistema de alcantarillado, la instalación de iluminación a gas y la construcción de parques y jardines para proporcionar espacios verdes en el entorno urbano.
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Sin embargo, estas reformas no estuvieron exentas de controversia. La demolición de barrios históricos y la construcción de nuevas avenidas cambiaron la estructura social y urbana de París, desplazando a comunidades y alterando el carácter de la ciudad. El propio Haussmann defendió su trabajo en sus memorias, describiendo la transformación como un éxito completo y detallando los desafíos y oposiciones que enfrentó.
¿Qué se pierde cuando desaparecen esas huellas del pasado?
Buenos Aires, fascinada por la influencia francesa, imitó aquel avance ordenado y elegante. Así, la mayoría de los edificios coloniales fueron derribados para dar paso a grandes avenidas.
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Solo por mencionar algo que la mayoría de los porteños ignora, el Cabildo fue mutilado de dos partes de sus laterales para abrir la diagonal norte y la sur. La fachada de la catedral tenía dos torres y fue demolida y Rivadavia contrató al arquitecto francés Próspero Catelin, quien diseñó el monumental pórtico inspirándose en el Palacio Borbón de París (sede de la Asamblea Nacional francesa) que parecían más modernos y sofisticados. Sin embargo, en ese impulso, se fue borrando la memoria viva de la ciudad, sustituyendo lo irrepetible por una copia.

Queda muy poco del pasado colonial de la ciudad. El convento y la Iglesia de Santa Catalina son de los pocos exponentes que se conservan, junto a la santa casa de ejercicios de la Avenida Independencia y un par de casas y museos en San Telmo.
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Hoy, la amenaza que pesa sobre la iglesia de Santa Catalina de Siena no es nueva ni aislada. Representa el dilema constante entre el progreso y la preservación. Que un templo mormón pretenda alzarse junto a uno de los pocos vestigios coloniales sobrevivientes podría significar una nueva pérdida para la historia tangible de Buenos Aires.
No se trata solo de arquitectura o de estética, sino de conservar los ecos que los muros antiguos guardan, las historias que permiten a una ciudad reconocerse a sí misma.
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Preservar el patrimonio histórico no es un capricho del pasado, sino un compromiso con la memoria colectiva y la identidad. La transformación urbana debe ser sensible, buscando integrar lo nuevo sin borrar lo que nos define. Solo así las ciudades pueden crecer sin perder sus almas.
Ya que en algún momento Buenos Aires arrasó con su pasado, los edificios coloniales le parecían feos, fruto de un pasado pobre y ligado a la cultura española que quería olvidar. Con sus viajes a Europa, la elite porteña quiso hacer aquí la París de Sudamérica y trajo el estilo francés que pobló las calles de la ciudad. Hoy también amenazado con desaparecer en nombre de un progreso sin alma.
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Hoy el pasado colonial de la ciudad se conserva en muy pocos edificios, la mayoría templos católicos son construcciones muy frágiles de barro y paja, sin cimientos que necesitan del sol para secar la humedad de sus paredes. Edificios que nos cuentan quiénes fuimos. En medio del ruido de la ciudad entrar al patio de Santa Catalina, donde hay un café es encontrarse con los últimos vestigios de nuestro pasado más humilde, silencioso y reflexivo. Ojalá que todavía tengamos la sensibilidad necesaria para no matar el pasado en nombre del progreso.
La preservación del patrimonio no solo implica conservar edificios, sino también mantener vivas las historias y tradiciones que representan. Es esencial considerar el impacto de las nuevas construcciones, buscando una integración armoniosa que respete y valore el legado del pasado y no lo ponga en riesgo por un edificio que se podría construir en cualquier otra parte.
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