
Para generar una verdadera inclusión financiera, las mujeres necesitan poder tomar decisiones sobre el dinero. Para eso, en primer lugar hay que visibilizar la brecha de género que existe en cuanto a ingresos. Por ejemplo, en Argentina sabemos que es del 27 por ciento. En segundo lugar, hay que identificar cuál es la participación de las mujeres en la actividad económica. Y también es fundamental revisar la oportunidad real que tienen las mujeres de acceder a puestos de liderazgo jerárquicos en grandes compañías, porque esto afecta directamente a su capacidad de tomar decisiones de impacto.
En el mundo, existen más de 1.000 millones de mujeres que no tienen acceso a una cuenta bancaria ni a educación financiera y sólo 1 de cada 10 mujeres bancarizadas tiene ahorros dentro del sistema financiero. Según el Banco Mundial, en Latinoamérica, sólo el 51% de las mujeres tiene una cuenta bancaria, el 12% ahorra y el 20% dispone de crédito. En algunos países de la región, existen brechas de género en cuanto a las capacidades financieras, al evidenciarse que a las mujeres se las posiciona en una situación de desventaja con respecto a los hombres en conocimientos y comportamientos financieros.
Sin embargo, estudios a nivel global muestran que las mujeres emprendedoras generan un 20% más de ingresos que los hombres, pero reciben un 50% menos de financiación. Las mujeres en puestos de dirección de empresas generan un 44% más de rentabilidad y un 47% más de ganancia. Pero sólo el 14% de los puestos de directorio son ocupados por mujeres.
Los fondos de inversión con cupo femenino tienen un rendimiento mayor, pero en Latinoamérica, sólo el 7% de las posiciones en los fondos de inversión son ocupadas por mujeres.
Cerrar la brecha de género salarial aumentaría el PBI en 28 billones de dólares para el 2025. Sin embargo, las mujeres de Latinoamérica ganan un 22% menos que los hombres y además pagan un 7% más en productos femeninos por el impuesto rosa.
Hemos comprobado en los casi 3 años que llevamos con Mujer Financiera que cuando las mujeres toman control de su futuro financiero, sus efectos repercuten en toda su familia, su comunidad y la sociedad en general. Incluso existe abundante evidencia de que cuando las mujeres se empoderan financieramente, son más proclives a invertir en educación, alimentación y salud para sus familias. Lo cual resulta fundamental para romper el ciclo de la pobreza, reducir desigualdades sociales e impulsar el crecimiento económico.
¿Cómo empezar a invertir? El primer paso, antes de realizar cualquier inversión, es aconsejable tener un fondo de emergencia de por lo menos 3 meses de los gastos fijos y variables en los casos de mujeres en relación de dependencia y de 6 meses si son independientes. Este dinero es sólo para emergencias, debe estar resguardado de la inflación y de la pérdida de valor por el tipo de cambio así cómo ser de fácil acceso. Luego, es importante definir para qué se quiere invertir, si es un objetivo a corto, mediano o largo plazo y en base a eso, se definen las mejores herramientas para tal fin. No es lo mismo querer ahorrar para comprar un auto en 3 años que para planificar una jubilación en 15 o 20 años.
Además, es importante conocer cuál es nuestra relación con el riesgo para poder definir la estrategia adecuada de acuerdo a nuestros objetivos. El riesgo no es necesariamente algo malo, la clave para enfrentarlo es entenderlo y evaluar opciones para mitigarlo.
Hoy, se han ido dando condiciones para que haya más visibilización respecto a la importancia de la educación financiera en las mujeres. La tecnología y la globalización hicieron posible que exista más información sobre estos temas y es por ello que diferentes organizaciones tanto del ámbito público cómo privado han comenzado a trabajar en soluciones para estos problemas. Ya sabemos que la inclusión financiera tiene una incidencia directa en varios de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en la Agenda 2030 propuesta por la ONU para el Desarrollo Sostenible, entre ellos el ODS 5, referido específicamente a la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres y las niñas, pero también los objetivos referidos a terminar con la pobreza (ODS 1), la seguridad alimentaria (ODS 2), el acceso a la salud (ODS 3), la promoción del empleo decente (ODS 8), la industria, innovación e infraestructura (ODS 9) y la reducción de las desigualdades (ODS 10).
Todos podemos ser agentes de cambio y contribuir a solucionar este problema para mejorar la calidad de vida de toda la sociedad en su conjunto.
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