
Cristina Fernández de Kirchner concibe al poder como el ejercicio brutal en primera persona, impuesto sin concesiones ni negociaciones. Eso fue lo de ayer. El poder soy yo, expresó brutalmente con gestos y palabras. ¿Alguien se sorprende en serio? De la autora de “armen un partido y ganen las elecciones”, de la negadora del bastón de mando a su sucesor, ¿se sorprenden? De la autora de las cartas a sus fieles kirchneristas señalando funcionarios que no funcionan, de los desprecios a proyectos de reforma judicial del propio compañero de fórmula, a las ideas económicas sobre tarifas o pagos al FMI, ¿se sorprenden? “No te pongas nervioso y hacé lo que tengas que hacer”, dijo. ¿Se sorprenden?
Cristina bordeó el golpe con su misil de vacío de poder que lanzó ayer. No sólo “el poder soy yo” advirtió sino que se paró frente al espejo, le ladró con ganas y jugó a que la derrota del domingo pasado no fue suya. El acto de desprecio institucional “renunciante” de sus funcionarios no sólo es un palazo de la estabilidad presidencial sino, cómo no, un gesto narcisista de decir “el domingo perdiste vos, Alberto. Yo soy la dueña del triunfo de hace dos años. Vos de esta derrota”.
Este “pimpinelismo institucional” del Presidente y su Vice, como magistralmente bautizó Andrés Malamud, es de un desprecio por la realidad de la mayoría que asusta. Está muy bien que el gabinete exprese un cambio luego de la paliza de las PASO. Ponerle una extorsión de vacío de poder para que se consiga a la medida y gusto de la responsable del senado, es egoísmo, dinamita a la tranquilidad de la ciudadanía e incertidumbre al incierto presidente Fernández. Ya se dijo aquí que el modo de ejercer los atributos del sillón de Rivadavia de Alberto es banal, vulgar, sin sustancia. Chuparle el peso político como hizo ayer Cristina, una remedo triste de los Deméntores de Harry Potter, es quitarle cualquier piso de sustentación.
El mecanismo de relojería utilizado habla del calculado narcisismo y alcance político. Una reunión entre los dos que no funciona, un gobernador de la república de la provincia de Buenos Aires que amaga con su ministra de gobierno a la renuncia de todo su gabinete, un acto del Presidente que ratifica a Martín Guzmán y quince segundos después con una metralleta de bajas de los ministros K que pegaron de lleno en el maltrecho cuerpo albertista.
El “camporocristinismo” quiso hacer llegar a todos susurrando en los oídos del off que “la doctora” sólo pedía cambios necesarios, que su paciencia había llegado hasta las elecciones y que ella postulaba un modelo sin antagonismos, sin extremos y con mirada al futuro. La puerilidad, incluso, tiene limites. Hacer estallar lo poco que queda de autoridad en la autoridad presidencial parece bien extremo y agónico. Se nota mucho.
También se dijo en este espacio hace unos días que la subsistencia de Alberto Fernández depende de la coalición que lo parió. Cristina, Massa, Máximo, La Cámpora, los movimientos sociales y demás socios, son los que tienen sobre sus hombros a un dirigente que parece extraviado. Son los que pueden ayudarlo a encontrar la brújula o terminar de pisotearla. En el medio va un país quebrado. Nada menos.
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