Las reglas republicanas e independencia de los poderes son valores institucionales de todos los sectores políticos que creen en este sistema de gobierno. En otra dimensión están los valores de “la justicia social” que es la que supone que rige la equidad del reparto de los bienes producidos. Ningún discurso político, dentro del sistema, se pronuncia contra de ese valor. El debate está en los modos y la velocidad.
No hay Constitución, Plataforma, Doctrina que, en el seno de la democracia, no reivindique la primacía del Bien Común. Digámoslo en términos más precisos: la Tierra como la Casa Común si hablamos de “clima, Planeta, ecología”: eso es el Bien Común.
Y sin embargo cuando Francisco repite una doctrina de la Iglesia Católica que tiene siglos y que es el fundamento de lo que todas las políticas (y las Constituciones) afirman como la primacía del “Bien Común” por sobre lo particular ocurre una estampida mediática que transita entre el aprovechamiento político y la ignorancia. Las voces de la grieta cuando no confunden, peor, emponzoñan la política.
El derecho natural a la vida, en su sentido más profundo, es el derecho natural primario, o sea, el derecho que prima por sobre todos los demás y en lo colectivo, en la vida de la comunidad, es el Bien Común. La propiedad privada es un derecho natural. Pero no es el que “prima” por sobre el Bien Común. Es un derecho natural secundario. No creo que haya discrepancias sobre el concepto. Aunque sí en el método para resolver los problemas concretos.
Cualesquiera que sean las soluciones a los problemas, en todos los casos, requieren la búsqueda de la cooperación. Sin cooperación no hay progreso hasta para la biología, a pesar de Darwin, y para la economía, desde el teorema de Nash, a pesar de los libertarios.
Es necesario y posible el clima de diálogo ya que, como se ve, hay proximidad en los valores y distancia en los métodos. Pero, lamentablemente, las declaraciones del Presidente de la Nación (Universidad Arturo Jauretche) no fueron por ese camino. Dijo: “La diferencia que tenemos con nuestros opositores electorales es que ellos piensan en un país donde sobran 20 millones de argentinos y nosotros un país donde todos estemos”.
Convengamos que con esa definición de los adversarios no hay diálogo imaginable entre el gobierno y los que se oponen a sus políticas. Hay que entender que la ausencia de diálogo empieza por el desconocimiento del otro. Desconocer al otro es un defecto, no precisamente una virtud.

Desconocer puede significar no tener mucha idea de quién es el otro o, conociéndolo, descalificarlo por la vía de “yo te ignoro”. En ambos casos es un error. No hay progreso sin cooperación. Un paso adelante, otro atrás.
Dado que la política es diálogo, el monólogo -que no es política- es más allá de la voluntad del emisor un perfume de “revolución”, un tono de “imposición”, y en definitiva un gesto que revela vocación de “autoritarismo”.
Alberto Fernández dice que los opositores, se supone que todos, consideran que casi la mitad el país está de más. Que sobran quiere decir eso. Es una mala expresión de campaña.
¿Es sano que un Presidente esté en campaña con esa verba? Se puede entender el abuso publicitario de exagerar en las realizaciones o en el auto elogio. Pero la afirmación de marras significa que en esta campaña se habrá de promover la grieta y en términos de “si ellos (los opositores) ganan 20 millones de argentinos estarán de más”. Esa expresión señala que su programa o su plan, es realmente de inclusión real de todos los argentinos. Por ahora no se estaría verificando.
El Presidente, antes que nadie, debería señalar que nuestro problema principal es la actual exclusión, la presente, la que hoy nos carcome la moral colectiva. Y debería ser la voz más clara en reclamar e invitar a la cooperación en lugar de presuponer y afirmar que frente a él hay mentes perversas que solo quieren la exclusión de 25 millones de argentinos.
El futuro
Nuestra sociedad está en la ambulancia, sorteando dificultades enmarañadas (Pandemia, Default) tratando de llegar al Hospital. Estamos afuera. La entrada es por la guardia de urgencias.
Es capital llegar, al mismo tiempo y con la misma urgencia, al tratamiento de la enfermedad grave que amenaza los equilibrios sociales básicos y que es la causa de las heridas de superficie.
Resolver la emergencia no debe impedir, postergar y menos aún agravar la enfermedad grave, que es la verdadera amenaza. Además, la enfermedad es la responsable de los problemas que gritan las estadísticas frecuentes.
No hay manera de sostener con lógica y rigor científico, que sea prioridad excluyente la urgencia y -por ende- postergar los tratamientos de la enfermedad terminal que nos augura un futuro más que difícil.

No hay “programa” de búsqueda de los equilibrios macroeconómicos que pueda llevarse a cabo sin avanzar al mismo tiempo en el “Plan” de largo alcance que atienda la enfermedad que agiganta los desequilibrios cotidianos. La solidez del “Plan de largo” es el alimento de la expectativa y el fundamento de la confianza. Sin expectativa y confianza el galope será corto.
La palabra “superficial” alude a la mirada de superficie, la capa exterior. Los males de corto plazo afectan muchos órganos y son causa de otros males. Sí. Pero lo principal es reconocer que esos “males” son “consecuencia” de otros en “órganos” profundamente afectados.
Sin ese diagnóstico inicial, el tratamiento siempre será superficial. Esos tratamientos postergan la “crisis” y profundizan los males.
¿Es aceptable insistir en tratamientos superficiales que nos arrojan una y otra vez, al mismo escenario de frustración? No. Pero insisten. No hay manera que un programa de corto plazo que no esté inscripto en un plan de largo pueda resolver definitivamente los problemas.
Sabemos de los milagros cortos y sus consecuencias dramáticas: hiperinflación, híper desocupación.
Resultados efímeros y costos duradoros
Pasan los años y las más descabelladas políticas de corto plazo se abocaron a contener, por ejemplo, la inflación: programas de estabilización sin plan que remedie las causas.
Abrimos la economía, convencidos de que la importación aplacaría la fiebre inflacionista, la consecuencia fue la destrucción del aparato productivo.

Prohibimos exportar unos bienes para que la “inflación importada” no castigara nuestros precios. Millones de cabezas de ganado perdidas.
Cambiamos góndolas, congelamos, conversamos, cuidamos, controlamos. Los números castigaron.
Emisión cero. Los precios subieron.
Nada funcionó porque las políticas se focalizaron en la superficie. ¿Hay lógica en huir del tratamiento de las causas?
Todos los días se puede ver la evolución del dólar paralelo, la emisión, los depósitos, la cotización de las acciones y el índice de riesgo país. Lo grave es que esa información desplaza la atención de lo que está detrás. Paul Krugman contó el problema del ebrio que busca en la esquina donde está el farol la llave que perdió en la mitad de la calle. Las causas y las consecuencias son cosas diferentes.
El discurso hijo de la pasión informativa hace atender sólo aquello que podemos medir en el corto plazo, los precios, algunos de los salarios reales, indicadores el nivel de actividad o de la balanza comercial, la recaudación y el gasto público.
Lo grave son las enfermedades económicas silenciosas. Las estadísticas de empleo, desocupación, o el número de personas que no cubren el costo del nivel de vida que, supuestamente, creemos que todos los argentinos deberían tener, las conocemos trimestralmente y con notable atraso. De la misma manera las cifras sobre la inversión que, en economía, es la madre de todas las batallas.
El “hay que” transita por “los males de la emisión, exceso de gasto, subsidios a tarifas, planes, nóminas salariales públicas”. Todo tiene verdad.
La urgencia de una política saludable
Una política profundamente enferma no puede contribuir a la salud de la economía. La negación de la realidad es una enfermedad de la política que enferma a la economía: ambas se retroalimentan.
No hay economía saludable con política desquiciada. Condición necesaria para una rehabilitación de la economía es la oportunidad de una política saludable. El primer paso sanitario de la política, que implica apego a la verdad y a la honestidad, es reconocer que “gobernar es crear trabajo”.

Trabajo que permita sostener una calidad de vida y un horizonte de desarrollo personal y que a la vez contribuya al crecimiento de la productividad social.
La conclusión es que nuestros gobiernos de los últimos 46 años -que perdieron y desbarataron las condiciones objetivas de un país, con muchos males por cierto, pero con una tasa de desempleo del 4% y una tasa de pobreza del 4%- son los responsables de la tasa sostenida de pobreza más alta de la historia y de una bajísima tasa de empleo que pueda responder a las condiciones de calidad de vida, horizonte y productividad. Mucho empleo de servicios (80%) que difícilmente cumpla con esas tres condiciones. Mucho cuentapropismo y trabajo en negro y -sobre todo- pocos trabajando para producir aquello que podemos comerciar con el resto del mundo.
Hay una gran necesidad y una gran oportunidad para crear empleo productivo, para aumentar la proporción de lo que producimos para cubrir el consumo e incorporar valor agregado de lo que exportamos, para poder pagar lo que importamos.
Pero, dado el perfil de nuestras actuales exportaciones, no nos resuelve el problema de “crear trabajo” urbano y de baja calificación, que es lo que produjeron años de pobreza y desindustrialización.
Efecto sobre las finanzas públicas
El desempleo y el empleo en negro -en todas sus formas - son la madre del déficit fiscal. No contribuyen a las arcas públicas y demanda recursos. También, la nómina de personal en el Estado y no genera tributos netos.
La ausencia de un trabajo de calidad, horizonte y productividad social abre la puerta a la quiebra del Estado. La solución es “crear trabajo productivo” con una Política Industrial en serio como parte de un plan capaz de generar expectativas y confianza. Es en lo que no estamos pensando.
Para los que creen que “la industria está terminada” recuerden que en Alemania el 27% de los trabajadores que no pertenecen a “lo público” se desempeñan en las manufacturas. Crear trabajo requiere invertir, y para eso se necesita una enorme tarea de atracción con un horizonte tan largo que exige la cooperación de todos los sectores. Consenso para la cooperación.
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