
En 2012, Silicon Valley parecía haber encontrado una nueva estrella: Theranos, una startup que conjugaba ya en su nombre las palabras “therapy” (terapia) y “diagnosis” (diagnóstico). La propuesta se mostraba insuperable: con una gota de sangre se podían hacer más de 200 estudios en una máquina que prometía en jaque a la industria de los laboratorios con sus costosas y lentas pruebas.
La joven fundadora era Elizabeth Holmes, quien cumplía con todos los requisitos para presentarse como una estrella del ecosistema emprendedor. En 2003 tenía 19 años cuando decidió abandonar la universidad e iniciar su emprendimiento que proponía democratizar el acceso al diagnóstico clínico. Incluso se creía que reduciría la mortalidad de la población. “Son parte de algo que está cambiando el mundo, ¿acaso hay mejor propósito que ese?”, les preguntó a sus empleados en una charla. Los inversores no tardaron en llegar y grandes nombres como Tim Draper, Rupert Murdoch, Carlos Slim y la familia Walton de Walmart depositaron su confianza en Theranos. La empresa llegó a valer nueve mil millones de dólares. Holmes dio una charla TED y el mundo la proclamaba como la próxima Steve Jobs. Pero nada era lo que parecía.
Una nota en The Wall Street Journal reunió testimonios de empleados, que destaparon una olla y demostraron que todo era falso. El revolucionario dispositivo directamente no funcionaba y los estudios clínicos muchas veces se tercerizaban con los mismos laboratorios pre-existentes. El castillo de naipes se derrumbó en muy poco tiempo: Holmes recibió 11 cargos por fraude y 10 años de inhabilitación para administrar recursos, en una historia que terminó en el documental de HBO, “The Inventor”.
El caso se convirtió en un emblema del “impact washing”, una tendencia incipiente que preocupa a inversores y al ecosistema de impacto en el mundo. En una encuesta que realizó el CFA Institute en 2020 con profesionales de la inversión, el 78% opinó que hay que elevar los estándares de ESG (environmental, social and governance) para mitigar el “greenwashing”, un término difundido en inglés y que en su traducción sería algo así como “lavado verde”, en referencia a que a veces se habla del impacto ambiental sin que esté comprobada la veracidad de las proclamas.
Hoy la mayoría de las empresas hablan del efecto positivo del producto o el servicio que brindan. Quizás contaminan, su negocio genera efectos dañinos, o no tienen buenas prácticas en lo social, pero continúan enarbolando la bandera del “impacto”. Por momentos, la palabra parece una moda: se la tergiversa y se convierte en la principal amenaza de los verdaderos emprendedores con impacto.
La Global Impact Investing Network enuncia dos componentes fundamentales para evaluar y evitar el “impact washing”: la intencionalidad y la medición del impacto, ya sea ambiental o social. Es decir, si sucede como una externalidad, la calificación está claramente por debajo de aquellas empresas que tienen al impacto en el centro de su negocio. La transición hacia una nueva economía debe abrir espacio para un paradigma emergente y contemplar la variable del impacto a la par del retorno económico.
La fórmula para desbaratar los eslóganes de Monique Mathys Graaf, referente en el tema y asesora del Impact Management Project, es la repregunta a los inversores: “Menciona alguna inversión que hayas dejado de hacer por tu compromiso con el medioambiente o lo social. Si no eres capaz de nombrarme una, voy a tener que indagar un poco más en lo que hay detrás de tu propuesta de marketing”.
En un mundo donde el tema empieza a ser cada vez más importante –incluso con potencial de atraer nuevos tipos de fondos–, será responsabilidad de todos cuidar y darle sentido al concepto para que no quede en una mera frase. Un paso fundamental para alcanzar un verdadero impacto económico, social y ambiental.
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