¿Es posible cambiar la escuela?

Los contenidos fueron organizados unos cuantos siglos atrás, con un fuerte anclaje en el enciclopedismo y con un objetivo homogeneizador. Hoy debemos pensar que cada alumno es un sujeto diferente, con variedad de inteligencias

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FOTO NA: MARCELO CAPECE
FOTO NA: MARCELO CAPECE

La escuela fue pensada y organizada hace unos cuantos siglos atrás, con un fuerte anclaje en el enciclopedismo de ese entonces y con un fuerte objetivo homogeneizador. Si pretendemos “romper” con esa estructura y, por ende, con algunas prácticas áulicas rígidas, es necesario tener en cuenta las inteligencias múltiples, descriptas por H. Gardner hace más de tres décadas. Las inteligencias corporal, lingüística, intrapersonal, interpersonal, naturista, viso- espacial, musical y lógico- matemática son fundamentales a la hora de plantear un cambio radical en el sistema educativo.

Hoy por hoy, la inteligencia es un concepto funcional y se desarrolla en cada una de las personas de muy diversas formas. Y no solamente se despliega un tipo de inteligencia, como generalmente se cree en la institución escolar, donde pareciera ser más inteligente quien se destaca en Matemática o Lengua, campos más reconocidos en la escuela.

Un grave error es creer que si un niño es bueno en aritmética, podrá afrontar todos los retos que la institución escolar le demande, reduciendo la inteligencia sólo a una tipología y no a la capacidad de resolver problemas o de afrontar nuevas situaciones.

Todos poseemos todas las inteligencias y, por supuesto, tenemos la capacidad de desarrollarlas si recibimos la formación adecuada y estamos en un contexto apropiado. Es decir, una persona podría desarrollar una inteligencia musical si desde muy pequeño se relaciona con la música o si en su casa lo pusieron en contacto con instrumentos musicales, por ejemplo.

Por ello, necesitamos docentes que conozcan las características de cada una de las inteligencias para valorar las potencialidades y limitaciones en cada uno de los estudiantes. Y esto no implica sumarle más trabajo al maestro, ya que no se trata de planificar para ocho tipos de inteligencias, se trata de pensar estrategias diversificadas que respondan a las diferentes formas que los niños tienen de apropiarse del mundo. Para ello, se podría idear la clase trabajando habilidades que correspondan a dos o tres inteligencias, variándolas cada semana teniendo en cuenta las ocho tipologías planteadas por Gardner.

Se trata de tener claro que todos los niños son sujetos diferentes, con diversidad de intereses, insertos en contextos distintos y con variedad de inteligencias. Y para que las clases sean interesantes y entusiastas hay que tener claro que, si bien los contenidos mínimos son los mismos año tras año, las estrategias cambian según las variables mencionadas. De este modo, la enseñanza y el aprendizaje volverán a ser el eje de la escuela… De una escuela que escuche todas las voces, que valore las diferencias y la heterogeneidad y que habilite a niños, niñas y jóvenes a una vida digna.

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