
Las desafortunadas palabras de Patricia Bullrich merecen unas breves reflexiones. No se trata de hacer leña del árbol caído, práctica deleznable e inconducente, sino de ser firmes respecto de un tema tan sentido por todos los argentinos.
No es novedosa la práctica de llevar adelante negociaciones que culminan en acuerdos enormemente perjudiciales al interés nacional. Los ejemplos sobran y están a la vista: gobiernos que endeudaron escandalosamente al país suscribiendo títulos a 100 años, privatizaciones realizadas mediante prórrogas de jurisdicción que terminan en juicios en el exterior con resultados cantados, decretos que renuevan concesiones incorporando subrepticiamente cláusulas leoninas y tantísimos otros mecanismos de resignación de soberanía. Por eso es que no resulta azarosa la intervención de la presidenta del principal partido opositor de la Argentina. Sus palabras se inscriben en la tradición de resignar precipitadamente nuestra soberanía guiados por el cortoplacismo más ramplón.
Decir que podemos regalar las Malvinas por las vacunas Pfizer es absolutamente disparatado, pero no inocente ni un mero descuido. La tradición de abrazar intereses foráneos para horadar un gobierno propio no es nueva. En 1838, con motivo del bloqueo al puerto de Buenos Aires, se produjo una reunión del embajador francés con Rosas, por entonces Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina. El embajador dijo sin ningún tipo de floritura verbal que Francia desataría la lucha de partidos con los enemigos del federalismo, para debilitar la posición de la Confederación. Rosas puso fin a la reunión diciendo que “los argentinos no se unirían jamás al extranjero”. La historia nos enseña que hubo argentinos que tristemente eligieron defender intereses ajenos guiados por un afán partidario. El odio ciego impidió comprender que hay causas que trascienden las cuestiones domésticas, que el interés nacional debe estar siempre por encima de los alineamientos facciosos y que la noción de soberanía exige subordinar las desavenencias internas para resguardar el interés supremo e innegociable de la Nación.

Siempre hablamos de la necesidad de tener políticas públicas que trasciendan gobiernos y partidos políticos. Malvinas es una causa nacional. No podemos permitir fisuras al respecto, porque hay intereses aviesos que terminan amplificando y expandiendo esas pequeñas fisuras para convertirlas en verdaderas fracturas conceptuales que en definitiva horadan y debilitan nuestra soberanía.
La pandemia y sus complicaciones necesitan que los argentinos pongamos lo mejor de nosotros mismos en procura de encontrar soluciones. No podemos ser tan irresponsables de jugar con la angustia de nuestra gente y propiciar la resignación de nuestras Malvinas por una negociación de vacunas. No podemos atizar y exacerbar la legítima preocupación ciudadana por esta segunda ola. Por eso no puedo dejar pasar las palabras de Bullrich. Como dice la Constitución Nacional reformada en el año 1994 y jurada por todos los partidos políticos, la recuperación de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes constituye “un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino”.
No dejemos que el oportunismo partidario también se lleve puesto uno de los pocos acuerdos que tenemos los argentinos en materia de políticas públicas: la soberanía innegociable de Malvinas.
Recuerdo que un 16 de enero de 1989 una joven militante intentaba tomar por asalto en Montevideo un ferry que había partido desde Puerto Argentino. El objetivo era cuestionar ese viaje hacia el continente y así realizar un acto de reclamo respecto de la usurpación inaceptable de Malvinas. Esa joven militante era Patricia Bullrich, cuando todavía ejercía con firmeza la defensa de nuestra soberanía. Ojalá el recuerdo de aquella iniciativa le permita reflexionar a quien tiene la responsabilidad de ser la presidenta del PRO, y que todos juntos hagamos el esfuerzo de entender que primero está la Patria. Siempre primero la Patria.
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