Los Padres Fundadores en Estados Unidos, ejemplos a seguir

Las ideas de Madison, Jefferson, Franklin, Hamilton, Jay, Mason, Adams y Washington sentaron las bases de la tradición norteamericana de respeto recíproco que luego fue emulada por muchos países, entre ellos, la Argentina

James Madison
James Madison

La tradición estadounidense basada en valores del respeto recíproco ha sido emulada por varios países del mundo libre, ente los cuales se cuenta la incorporación de buena parte de esos valores en la carta constitucional argentina de 1853. De allí es que resulta especialmente interesante rastrear las influencias y el legado de aquella nación que desafortunadamente de un tiempo a esta parte ha ido declinando en su fervor hasta convertirlo en franco retroceso. Esta larga historia la he consignado en mi libro titulado Estados Unidos contra Estados Unidos donde en una detallada investigación intento abordar lo dicho.

En esta nota periodística me circunscribo a unos muy pocos aspectos referidos al origen intelectual de la revolución más fértil de lo que va de la historia de la humanidad, la cual esperamos sea repuesta en sus principios cardinales debido a los esfuerzos de muy meritorias instituciones que se preocupan y ocupan de alimentar los aspectos medulares de ese suculento origen.

Hay dos líneas centrales en esta historia. La primera debe centrarse en la formación del padre de la Constitución de Estados Unidos, James Madison quien fuera alumno de John Witherspoon invitado desde Inglaterra a presidir en New Jersey el centro de estudios que luego fuera la Universidad de Princeton, a su vez educado en las universidades de Edimburgo y St. Andrews en la tradición iniciada en el siglo XVI por el iusnaturalista George Buchanan egresado de la Universidad de París y, a su vez profesor de personajes como Michel de Montaigne. Buchanan patrocinaba la idea de la ley anclada a mojones o puntos de referencia extramuros de la legislación positiva antes que los destacados Algernon Sidney y John Locke. Su impronta se percibe en los trabajos de los precursores de la Escuela Escocesa –Adam Smith, David Hume y Adam Ferguson- que fueron principalmente Francis Hutcheson y Greshom Carmichael.

La segunda línea remite a Roger Williams, el apóstol de la tajante separación entre la religión y el poder político en Rhode Island, egresado de la Universidad de Cambridge y ex secretario nada menos que de Edward Coke sustentado en el common law, esto es el derecho como un proceso de descubrimiento en base a fallos de tribunales en competencia, opuesto a la noción del derecho como el resultado de ingeniería social y diseño, concepto también explorado y suscripto por William Blackstone. Coke se refería insistentemente a “la lex aeterna, la ley moral, llamada también ley natural”.

En 1792 Madison subraya el rol medular del monopolio de la fuerza que denominamos gobierno al escribir que “el gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad” con lo que ata la idea de la igualdad ante la ley con la Justicia que según la definición clásica es “dar a cada uno lo suyo” y “lo suyo” se traduce en la propiedad de cada cual, una institución vital al efecto de darle el mejor uso a los siempre escasos factores productivos para atender de la mejor manera las necesidades de los demás. Antes, en 1788, había escrito que “hemos oído la impía doctrina del viejo mundo por la que la gente era hecha para el rey y no el rey para la gente”, lo cual marca la competencia y el sentido del aparato estatal.

Los principios inherentes a la Carta Magna estadounidense se difundieron principalmente a través de ochenta y cinco cartas públicas en periódicos durante los años 1787 y 1788 conocidas como Los papeles federalistas firmadas con el pseudónimo de Polibio por el antes mencionado Madison, por Alexander Hamilton y por John Jay que generaron un muy interesante y sustanciosos debate con un grupo denominado “antifederalista” por oposición a los primeros pero en verdad más federalistas que los federalistas y que lograron introducir agendas en puntos que se resumen en la inclusión de las primeras enmiendas constitucionales, también cartas públicas con pseudónimos que remitían a las ideas de la libertad. Es especialmente pertinente destacar la insistencia de los antifederalistas en lo que fue la novena enmienda constitucional en cuanto a que “La enumeración en la Constitución de ciertos derechos no debe interpretarse como que se desconocen o menosprecian otros que retiene la gente”. En otro términos, para subrayar que no se pretende una declaración taxativa y que hay derechos no enumerados.

También esos principios se conocieron vía las denominadas Cato Letters que fueron ciento cuarenta y cuatro publicadas durante el período 1719-1723 en homenaje a Cato “el joven” quien fuera el mayor opositor a Julio César en la historia romana. La autoría de estas cartas corresponde a Thomas Gordon y John Trechard.

El andamiaje preparado por los Padres Fundadores puede resumirse en nueve puntos centrales. Primero, la antes mencionada concepción del derecho. Segundo, la desconfianza a los ejércitos regulares (Standing Armies). Tercero, la libertad de prensa principal pero no exclusivamente desarrollada por Thomas Jefferson puesto que se otorgó fundamentalísima importancia a la más completa e irrestricta libertad de expresión. Cuarto, el debido proceso. Quinto, la antes referida separación entre iglesias y gobierno. Sexto, la importancia de la tenencia de armas como defensa propia de los ciudadanos. Séptimo, el resguardo de la privacidad en el contexto de lo dicho por Benjamin Franklin en cuanto a que “si se renunciara a la libertad para obtener seguridad, no se tendrá ni lo uno ni lo otro”. Octavo, la división de poderes en el contexto de lo que se denominó “un gobierno mixto” en el que priman los controles recíprocos entre el judicial, ejecutivo y legislativo donde las los filtros de elecciones y colegios electorales y cargos vitalicios se mezclaran de una manera que preserve las libertades individuales “anteriores y superiores a la existencia del gobierno”, por lo que enfatizaron la idea de la república (recordemos que en los debates en la convención constituyente en Filadelfia, Edmund Randolph subrayó que “el mayor peligro radica en las partes democráticas de nuestra Constitución” por lo que debía centrarse la atención en asegurar estrictos controles al poder y también Elbridge Gerry sostuvo en la misma convención que “los males que sufrimos provienen del exceso de democracia”, ambas manifestaciones apuntaban a la preocupación que la degradación de la democracia se tornara en cleptocracia). Y noveno, el federalismo en cuya situación los estados miembros controlan y limitan al gobierno central. Estos principios fueron reforzados en la Declaración de la Independencia al introducir el derecho a la resistencia frente a gobiernos opresivos.

James Wilson, uno de los firmantes de la Declaración de la Independencia y uno de los redactores del primer borrador del texto constitucional y profesor en la Universidad de Pennsylvania escribió que “el gobierno se debe establecer para asegurar y extender el ejercicio de los derechos naturales de los miembros y todo gobierno que no tiene eso en mira como objeto principal, no es un gobierno legítimo.”

Como es sabido, la república abarca mucho más que la democracia y no se limita a dar rienda suelta al voto mayoritario sin freno alguno. Además del antedicho principio de la igualdad ante la ley y la división horizontal de poderes, se refiere también a la alternancia en el poder, a la transparencia de los actos de gobierno y a la responsabilidad de rendir cuentas de los gobernantes ante los gobernados. Es por el temor a las mayorías ilimitadas que la expresión democracia no se usó en el texto constitucional estadounidense (ni tampoco en otros que tomaron ese modelo como es el caso del antedicho argentino de 1853).

En esta línea argumental mantenían que la democracia consiste en una parte medular cual es el respeto a los derechos individuales y una parte secundaria, accesoria y formal que son las mayorías y primeras minorías electorales. Hoy día desafortunadamente se tiende a sustituir lo principal por lo accesorio con lo que se pretende que regímenes como el chavista en Venezuela o antes el nazi son democráticos por estar amparados vía primeras minorías o mayorías haciendo tabla rasa con las libertades de los gobernados convertidos en meros súbitos de una tirarnía. Como ha enseñado el constitucionalista argentino Juan González Calderón, los demócratas de los números ni de números saben pues parten de dos ecuaciones falsas: 50%+1%=100% y 50%-1%=0%. En este mismo plano, Jefferson advirtió en 1782 que “un despotismo electo no fue el gobierno por el que luchamos.”

Además de los aludidos Madison, Jefferson, Franklin, Hamilton y Jay, cabe destacar entre los más sobresalientes Padres Fundadores muy especialmente la figura de George Mason a quien Jefferson llamó “el hombre más sabio de su generación”. Mason fue el pionero en escribir una declaración de derechos en Virginia lo cual se tomó como modelo para documentos posteriores, fue delegado a la convención constituyente en 1787 y se negó a firmar la Constitución por considerar que los resguardos a los derechos de la gente no eran suficientes (incluso manifestó dudas sobre la conveniencia de contar con un gobierno central).

Completa la lista de los Padres Fundadores John Adams y George Washington. El primero fue durante dos períodos Vicepresidente de Washington, abogado egresado de Harvard, autor de la Constitución de Massachusetts, delegado de ese estado ante la convención constituyente y en las primeras etapas de la revolución dirigió y alentó la sublevación del Stamp Act contra las pretensiones de Jorge III. El segundo fue el primer Presidente de Estados Unidos, general de la revolución y es del caso reproducir en 1795 uno de sus pensamientos en cuanto a que la necesidad de “mantener a Estados Unidos fuera de toda conexión política con otros países”, en este sentido es pertinente recordar lo dicho por el general Dwight Eisenhower en su discurso de quince minutos como despedida a su presidencia, el 17 de febrero de 1961 refiriéndose a las tentaciones de intervenciones militares y advirtió sobre el uso “del complejo militar-industrial como el mayor peligro potencial en nuestro país.”

Hubo diversas manifestaciones de declinación en Estados Unidos, la primera la repugnante esclavitud, la segunda la creación de la banca central y el impuesto progresivo que requirió una reforma constitucional (se la conoció como la revolución del año 1913), la tercera con los Acuerdos de Génova y Bruselas de los años 20 y la consiguiente crisis del 30, la cuarta con las presidencias de F.D. Roosevelt que prolongaron y agravaron daños económicas e institucionales y la quinta acelerada a partir de las gestiones del período post-Reagan hasta nuestros días, todos elevando el gasto público, el déficit, la deuda gubernamental y la implantación de nuevas regulaciones que aplastan libertades, intercalando aquí y allá medidas razonables pero en el balance neto sobresale lo dicho.

A contracorriente de este declive, las versiones intercaladas que apuntaban a consolidar la tradición original en distintos momentos de la historia pueden condensarse en dos manifestaciones. La primera en un fallo del Juez de la Suprema Corte John Marshall de 1819: “El poder de establecer impuestos, importa el poder de destruir”. La segunda en otro fallo también de la Suprema Corte de 1943: “Nuestros derechos a la vida, la libertad y la propiedad, a la libertad de expresión, la prensa libre, la libertad de culto y de reunión y otros derechos fundamentales no puede subordinarse al voto, no dependen del resultado de ninguna elección” (319 US, 624, 639).

En todo caso, en esta nota telegráfica resumimos los aspectos más destacados de los valores mantenidos por los Padres Fundadores los cuales abrieron paso a otras experiencias basadas en el respeto recíproco como sustento esencial para una sociedad libre.

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