Argentinos, a las cosas

El avance del mal llamado “estado de bienestar”, cercena la espontánea genialidad de los emprendedores y los reduce, en los regímenes más extremos, a meros engranajes de la maquinaria estatal

Se habría abandonado definitivamente, con ese hecho, el período “librecambista” de la economía argentina, ingresándose a una etapa de creciente intervencionismo colectivista (Reuters)
Se habría abandonado definitivamente, con ese hecho, el período “librecambista” de la economía argentina, ingresándose a una etapa de creciente intervencionismo colectivista (Reuters)

Luego de la recuperación de la democracia, hace ya casi tres décadas, parece haberse exacerbado la tendencia iniciada, según gran número de historiadores económicos, con el golpe militar de 1930 contra el gobierno democrático de Hipólito Irigoyen. Se habría abandonado definitivamente, con ese hecho, el período “librecambista” de la economía argentina, ingresándose a una etapa de creciente intervencionismo colectivista, aún vigente, que se caracteriza por el cierre de la economía al comercio exterior y un fuerte acento en una ilusoria promoción del crecimiento autárquico, mediante sucesivas y crecientes inyecciones de gasto público y emisión monetaria.

Hace más de un siglo, Juan Bautista Alberdi advertía que luego de independizarnos de España, no debíamos permitir ser colonizados por nuestros propios gobiernos.

Y la peor forma de colonización es el colectivismo, que busca reglamentar, avanzando casi con disimulo, todas y cada una de las acciones que, en un ambiente de libertad individual, realizarían los ciudadanos.

La peor forma de colonización es el colectivismo, que busca reglamentar, avanzando casi con disimulo, todas y cada una de las acciones

Además, el avance del mal llamado “estado de bienestar”, cercena la espontánea genialidad de los emprendedores y los reduce, en los regímenes más extremos, a meros engranajes de la maquinaria estatal, adiestrando sus mentes a fin de obligarlos a obedecer ciegamente la doctrina totalitaria oficial.

El estado benefactor avanza lenta pero inexorablemente, capturando primero las mentes de los más débiles e indefensos. Las voluntades de los más lúcidos e inteligentes, sucumben luego, ante las cuantiosas recompensas que otorga el pasarse al bando dominante. Alexis de Tocqueville, en “La democracia en América” (1835), explica como este avance deja a la gente en, lo que él llama, libertad condicional o bajo fianza.

Los amantes de la libertad, pretenden constituirse en una reserva moral salvadora, pero su voluntad va siendo minada lentamente, fruto de la aplastante mayoría de los defensores de la supremacía de los derechos de la sociedad por sobre la de los individuos.

Los amantes de la libertad, pretenden constituirse en una reserva moral salvadora, pero su voluntad va siendo minada lentamente, fruto de la aplastante mayoría de los defensores de la supremacía de los derechos de la sociedad por sobre la de los individuos (AP)
Los amantes de la libertad, pretenden constituirse en una reserva moral salvadora, pero su voluntad va siendo minada lentamente, fruto de la aplastante mayoría de los defensores de la supremacía de los derechos de la sociedad por sobre la de los individuos (AP)

Parafraseando maliciosamente a Adam Smith: “En la confección de las leyes, habría que suponer que en su aplicación, habrá como una mano invisible que conducirá a los gobernantes a oprimir a sus gobernados”. En otros términos, las leyes que reglamentan las conductas de las personas son demasiado importantes como para ser dejadas a la libre decisión de los políticos, sin control por parte de la ciudadanía.

Friedrich Hayek, decía que el despotismo ilustrado y bondadoso es una quimera. Por lo tanto, es útil suponer que siempre habrá hombres réprobos que podrán utilizar la ley a su antojo para coaccionar a los ciudadanos. El mismo sentido tiene otra conocida frase que indica que el camino al infierno, está empedrado de buenas intenciones. Hayek, también decía que las leyes con tintes colectivistas conducen, más tarde o más temprano, a la dictadura.

Friedrich Hayek decía que las leyes con tintes colectivistas conducen, más tarde o más temprano, a la dictadura

Aunque el creador de la frase “socialistas somos todos” fue Sir William Harcourt (1827-1904), Hayek la repite, resignadamente, en la introducción de su famoso libro “Camino de servidumbre” (1944). En “La tendencia del pensamiento económico”, el mismo autor invita a los liberales a apurar el paso, puesto que, opina, llevan más de un siglo de desventaja.

El triunfo parcial pero contundente del pensamiento de Antonio Gramsci, consistente en hegemonizar el pensamiento de la sociedad, capturando los medios culturales y educativos, invita a pensar que, cuando la libertad está en peligro, la desunión de sus defensores es venial e imperdonable.

Lobos contra ovejas

El avance del colectivismo totalitario es facilitado por el respeto a las libertades de sus adeptos por parte de sus rivales liberales. La principal fortaleza de éstos, es también su principal debilidad.

Es una “lucha” de lobos contra ovejas. Uno de los contrincantes es intolerante y considera a los que piensan diferente como traidores, enemigos e indignos de respeto y consideración. La frase “a los enemigos, ni justicia”, proviene de este particular modo de interpretar la “democracia”.

Uno de los contrincantes es intolerante y considera a los que piensan diferente como traidores, enemigos e indignos de respeto y consideración
Uno de los contrincantes es intolerante y considera a los que piensan diferente como traidores, enemigos e indignos de respeto y consideración

En el bando rival, el respeto irrestricto al pensamiento ajeno coloca en desventaja material a sus defensores, pero la supremacía ética y moral augura un final victorioso, si es que se confía en el triunfo de los más puros y nobles instintos de la humanidad.

Es posible engañar a algunos durante un tiempo pero no a todos, todo el tiempo, resumiendo la más extensa cita. Los defensores del individualismo y la meritocracia, proponen luchar con la pluma y la palabra, y negarse a arrojar piedras, como lo hacen los “iluminados poseedores de la verdad absoluta”, contra todo intento de inclinar el fiel de la balanza hacia la libertad, en desmedro del poder coercitivo del estado.

Es posible engañar a algunos durante un tiempo pero no a todos, todo el tiempo

Hayek también decía que él jamás acusó a los partidos socialistas de tender deliberadamente a un régimen totalitario, ni sospechó tampoco, que sus líderes pudieran mostrar siempre tales inclinaciones. Sostenía, en cambio, que las consecuencias imprevistas pero inevitables de la planificación socialista crea un estado de cosas en el que, si se quiere llevar a cabo esa política, las fuerzas totalitarias acabarán imponiéndose.

Subrayaba explícitamente que “el socialismo sólo puede realizarse con métodos que la mayoría de los socialistas desaprueban”. Sin embargo, a pesar de no poseer la voluntad implacable que se necesita para someter la voluntad popular al designio colectivista, el abandono paulatino de los ideales democráticos, suele inclinar la balanza hacia “las fuerzas del mal”, finalizaba la cita.

El intervencionismo, aparentemente inocente, propiciado por economistas acreedores del galardón máximo que se otorga a la profesión, como Samuelson o Stiglitz, entre otros, se justificó, en un comienzo, como solución a las excepcionales “fallas de mercado” (Bloomberg)
El intervencionismo, aparentemente inocente, propiciado por economistas acreedores del galardón máximo que se otorga a la profesión, como Samuelson o Stiglitz, entre otros, se justificó, en un comienzo, como solución a las excepcionales “fallas de mercado” (Bloomberg)

El intervencionismo, aparentemente inocente, propiciado por economistas acreedores del galardón máximo que se otorga a la profesión, como Samuelson o Stiglitz, entre otros, se justificó, en un comienzo, como solución a las excepcionales “fallas de mercado”, en un marco general que se consideraba de eficiencia, para finalizar, en nuestros días, y luego de un avance sigiloso de varias décadas, en la consideración de la falla de mercado como norma , y la eficiente asignación de recursos por parte del mercado como una quimera inalcanzable.

El intervencionismo colectivista odia visceralmente a la función empresarial y venera la actividad, supuestamente igualadora, de la burocracia estatal.

El intervencionismo colectivista odia visceralmente a la función empresarial y venera la actividad, supuestamente igualadora, de la burocracia estatal

El resultado es una muy ineficiente asignación de recursos y una pérdida considerable de “bienestar social”, a raíz del derroche, la corrupción y, muchas veces, el vulgar latrocinio, por parte de los detentadores del poder de decisión que, mansa y distraídamente, le concede la sociedad con su voto.

Un sector minoritario, pero altamente ilustrado de pensadores, propone, ilusoriamente, eliminar la democracia y sus instituciones, reemplazándola por un sistema de asociación voluntaria de los individuos, en reemplazo de los actuales mecanismos políticos de asignación de poder.

Sin embargo, esta “propuesta” parece no considerar la que quizás sea la más grave falla que caracteriza a la sociedad argentina. Se trata de la resignada aceptación de su destino fatalmente declinante y desesperanzado. La inacción roza la anomia y la falta de participación augura una situación de anarquismo descontrolado.

El poder de la participación ciudadana

La decisión de no involucrarse en la “lucha política” por parte del ciudadano común, deja el camino expedito a los profesionales del embuste y el acomodo. Sólo un cambio cultural, que sacuda la modorra y el conformismo de las grandes mayorías, podría ser capaz de generar un proceso virtuoso de derrocamiento pacífico de los patéticos creadores de regulaciones, prohibiciones, trabas, impuestos, tasas y subsidios.

Retornando a la advertencia de Alberdi, la colonización de la sociedad, por parte de una minoría que se adueñó de los resortes de poder, desatando un proceso de empobrecimiento y declinación secular, sólo podría ser revertida si los individuos liberaran sus mentes y se involucraran, participando en la actividad política desde una perspectiva que privilegie la libertad en el sentido más amplio que pueda a esta asignarse.

Sería necesario desmontar la maquinaria de asignación de prebendas, achicando el estipendio público, a fin de permitir el crecimiento del sector generador de riquezas, empleo y bienestar.

Todo intento de mantener el sistema actual, efectuando sólo cambios cosméticos, por bienintencionado que sea, solo debería traer como resultado una nueva frustración y un incremento del ya insoportable desánimo colectivo.

La inacabable declinación de la “riqueza de la nación” parece haberse constituido en una pesada carga que nubla la razón y coadyuva al mantenimiento de una esclavitud peor que la que nos ataba jurídicamente al trono español.

Es posible que haya llegado el momento de obedecer la “sugerencia” de Ortega y Gasset: Argentinos a las cosas.

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