¿Se encuentra Latinoamérica a las puertas de un tsunami político?

Hoy en día, los niveles de pobreza superan los existentes diez años atrás. Además, una proporción récord de ciudadanos considera que sus países están gobernados por unos pocos grupos poderosos para su propio beneficio

Existen varias razones para pensar que Latinoamérica se encamina a padecer un fuerte cimbronazo político. En efecto, la falta de crecimiento, el descontento de la población con sus élites y las consecuencias sociales y económicas que dejará la pandemia pueden estar sentando las bases de un cambio de época.

Inclusive antes de la pandemia, las encuestas realizadas por Latinobarómetro ya señalaban un creciente malestar. Cuando se les preguntaba a los latinoamericanos cómo evaluaban la evolución de sus países, sólo el 20% consideraba que estos estaban progresando, mientras que en el 2010 el 39% respondió de esta forma. Por otra parte, un 77% afirmó que sus naciones se encontraban estancadas o en retroceso, la cifra más alta desde que el centro de estudios comenzó a hacer esta pregunta en 1995. De los encuestados, un 79% (otro récord) afirmó que sus países eran gobernados por unos pocos grupos poderosos para su propio beneficio.

En parte, esta desconfianza es consecuencia de la falta de crecimiento. En los últimos cinco años el tamaño de la economía latinoamericana ha aumentado, en promedio, menos de un 1% anual. Esta tasa, inferior al crecimiento poblacional, no sólo le ha impedido a la región disminuir la brecha que la separa de los países avanzados, sino que dificulta enormemente la lucha contra la pobreza. Efectivamente, hoy los niveles de pobreza superan los existentes diez años atrás. Es más, la falta de crecimiento es generalizada. A diferencia de otras épocas, ya no encontramos economías que, al mostrar gran dinamismo, les brindan esperanza a las otras naciones. Todos los gobiernos están teniendo serias dificultades a la hora de encaminar a sus sociedades hacia el desarrollo.

Pero la falta de crecimiento no es el único motivo que explica el desprestigio de nuestras clases dirigentes. También se observa falta de empatía por parte de una dirigencia que, en demasiadas ocasiones, ha impulsado agendas políticas y sociales que no reflejan las prioridades de la población. Durante el 2018 y el 2019 comenzaron a observarse las primeras consecuencias políticas de este malestar. Dos ejemplos fueron la elección de Jair Bolsonaro como presidente de Brasil, con una agenda que claramente buscaba distanciarse de las elites gobernantes, y las manifestaciones que tuvieron lugar en Chile.

Al igual que ya había ocurrido en otras regiones del mundo, estos eventos tomaron por sorpresa a la mayoría de los analistas. De repente, un hecho cambió el escenario político. Esto por ejemplo había ocurrido con el ascenso al poder de Donald Trump en Estados Unidos, de Narendra Modi en India y de Vladimir Putin en Rusia, y con la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.

El panorama se vuelve aún más complejo si consideramos los efectos que el Covid-19 tendrá en nuestras sociedades. La región ya ha sufrido el 28% de las muertes causadas por la pandemia a nivel mundial, y su economía experimentó una caída del 7,4% el año pasado. A esto debemos sumarles otras consecuencias que tendremos que enfrentar en el mediano y largo plazo. Entre estas se encuentran un aumento de la pobreza y la informalidad y los menores niveles educativos que tendrá el 80% de estudiantes que aún no han podido volver a asistir a clases presenciales.

¿Qué hacer frente a esta difícil realidad? En primer lugar, ser conscientes que los cambios sociales que estamos observando eventualmente tendrán su contrapartida política. Esto es lo que ocurre en las democracias. El gran desafío consiste entonces en contar con liderazgos que sepan canalizar este malestar con la situación actual y transformarlo en algo positivo. Dependiendo de la dirigencia que tengamos, las instituciones republicanas se fortalecerán o se terminarán debilitando aún más, nuestras economías crecerán o se estancarán definitivamente, y nos convertiremos en sociedades inclusivas o nos encaminaremos hacia la desintegración.

Liderar no es fácil. Requiere de una gran habilidad para alcanzar un equilibrio entre la representación de los intereses y valores de la población y la necesidad de liderar las transformaciones que nuestras naciones requieren para superar sus problemas. Esta quizás sea la principal tarea que enfrentará nueva, y esperemos mejor, camada de dirigentes.

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