
Durante el 2020 fuimos testigos de diversos debates acerca de la conveniencia o no de abrir las escuelas para dar lugar a las clases presenciales. Ministros, especialistas, docentes, médicos y psicólogos expusieron los pro y los contras de que los chicos y chicas vuelvan a sus establecimientos educativos. Como nunca antes, las familias también fueron protagonistas y alzaron la bandera de #abranlasescuelas.
El retorno a una presencialidad en tiempos de pandemia no sólo nos fuerza a una nueva forma de vida, sino a encarar muchos cambios como consecuencia de las disposiciones existentes en los protocolos para volver a las aulas y su adecuación a cada institución escolar. El mismo Consejo Federal de Educación se ha proclamado, gracias a la experiencia acumulada a nivel nacional e internacional, tanto por razones pedagógicas como sanitarias, en favor de que es posible y necesario avanzar en la apertura progresiva de actividades escolares presenciales debidamente protocolizadas.
Hoy, luego de once meses de mantener las escuelas cerradas, la presencialidad transcurre como un hecho en todas las jurisdicciones del territorio nacional, lo cual involucra a unos doce millones de estudiantes de todos los niveles y modalidades. Ingresos escalonados, distancia social, barbijo, higiene de manos, control de temperatura, detección de síntomas, testeos y ventilación de espacios son las reglas básicas que deben existir en cualquier establecimiento educativo: la premisa fundamental es el cuidado de la salud de toda la comunidad educativa.
En este contexto, garantizar el derecho a la educación y respetar la Ley de Educación Nacional N° 26.206 lleva no sólo a considerar los aspectos formales sino también otros más profundos: el sistema educativo argentino se encuentra ante la demanda y la necesidad de repensar y reorganizar las formas habituales de escolarización y de enseñanza en la educación obligatoria para ampliar y flexibilizar los formatos vigentes.
Las consecuencias educativas post pandemia son graves y de difícil reparación. Miles de niños, niñas y adolescentes han abandonado la escuela y de aquellos que han podido sostener la escolaridad, muchos han aprendido menos de lo necesario. Por eso, es necesario contemplar la heterogeneidad y la diversidad de las trayectorias educativas, la combinación de instancias presenciales y no presenciales, la mayor integración curricular (entre áreas, materias, disciplinas) que requiere la enseñanza en el marco de las unidades pedagógicas 2020-2021, la atención a los propósitos formativos de los ciclos escolares y la reorganización de los agrupamientos, tiempos y espacios escolares habituales.
Es fundamental poder capitalizar la experiencia acumulada durante el año pasado para entender que estamos ante nuevas necesidades que requieren otra manera de concebir la educación y los sistemas de aprendizaje.
Pese a eso, el aspecto “positivo” es que la pandemia aceleró algunos cambios como, por ejemplo, la incorporación de la tecnología en tanto herramienta que acompaña la presencialidad. En este sentido, la adaptación de los docentes a las nuevas tecnologías, sin dudas ha puesto en valor su rol como educadores. Esta situación abre una oportunidad para transformar e innovar -algo nada sencillo en materia educativa- a través de cambios o planteos que en otro momento hubiesen necesitado mucho tiempo para verse reflejados. Es decir, que si hay voluntad y acuerdo, es posible. ¿Es fácil? No, no es fácil, pero es imprescindible.
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