
Desde hace 10 años, por los menos, muchos profesionales de los negocios pregonamos que las exportaciones son una de las vías para salir de la crisis argentina. Aumentarlas, pero con mayor valor agregado, genera divisas, crea trabajo -con el que baja la desocupación y el índice de pobreza- y disminuyen los subsidios que debe repartir el gobierno. Es así como se puede lograr una economía inclusiva.
Para crear exportaciones de valor agregado es necesario innovar, y aquí reiteramos el mismo consejo que pregonamos: “las empresas deben innovar a partir de actividades de investigación y desarrollo (I+D)”.
Pero el mallado empresarial argentino básicamente es de pymes, y la mayoría de las pymes no tiene este tipo de actividades. El I+D que se realiza en el país está concentrado en un 80% en el Estado, en lo que nuevamente observamos un error recurrente.
El sistema científico no se preocupa por la innovación y se concentra en la generación de conocimiento, pero, al no pasar ese conocimiento a la faz comercial, no se produce la innovación. Por otro lado, son pocos los empresarios que recurren a los organismos de ciencia y tecnología. Hace años que marcamos esta desalineación y falta de conexión, y sostenemos que la investigación científica argentina debe concentrarse en el desarrollo de conocimiento básico inspirado en la aplicación práctica, “el cuadrante de Pasterur”, según Donald Stoke.
Durante un encuentro con el empresario Javier Viqueira, reconocido por su empuje innovador y titular de la empresa Adox -la primera empresa que certificó el IRAM en gestión de la innovación-, repasamos sus métodos para innovar, más allá de su departamento de I+D+i de 8 personas (aclaro que es una Pyme de 40 personas) que lo hace muy valorable y coherente con su compromiso con la innovación.
Viqueira es un defensor de la innovación abierta, promueve a su equipo I+D para que se conecte con varios grupos de científicos diseminados por todo el país, y en varias disciplinas, para potenciar así su poder de desarrollo con soporte científico.
Prueba de ello fue su capacidad de respuesta innovadora frente al covid-19, con la transformación de sus “respiradores de anestesia” en respiradores para las terapias intensivas. Este trabajo fue realizado de forma colaborativa junto al INTI, Adimra, Anmat y otras empresas, logrando en 10 días la entrega de 100 kits al Ministerio de Salud.
Actualmente, está dando un nuevo paso sorprendente. Concretamente, identificó a varios grupos de científicos que estaban trabajando en temas similares, pero con ciertos matices, y se propuso juntarlos para buscar sinergias y ser más eficientes a la hora de invertir recursos. De ese modo, no solo integró la mesa para elaborar una agenda común entre ellos, sino que avanzó más allá y les ofreció su empresa para generar los proyectos pilotos, desarrollar el plan comercial y programar el lanzamiento a través de su canal comercial; para que los conocimientos lleguen al mercado, lo más rápido posible, integrando el concepto de incubadora y aceleradora.
A esta movida la bautizó “innovación colaborativa”, donde varios grupos de científicos y una empresa se unen en un proyecto común. Creo que verdaderamente es un ejemplo a seguir: por los empresarios, a la hora de innovar inteligentemente; por los científicos, para trabajar más cerca de empresarios como estos, y por el gobierno, a través de sus ministerios de Producción, Ciencia y Tecnología.
Es a través del fomento de estos encuentros entre científicos y empresarios, y del trabajo conjunto, que pueden diagramarse un plan y programas concretos. Este puede ser el camino en el que, aun con ciertos riesgos a resolver, se desarrolle una Argentina exportadora de innovación con valor agregado. Vale la pena transitarlo.
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