
Es difícil hablar de tu muerte Diego sin hablar de vos y tus conductas. Es difícil hacerlo cuando el mundo te llora. Es difícil hacerlo sin violar la intimidad de tu familia que tiene el derecho a decidir cómo recordarte.
Sin embargo, yo lo voy a hacer en mi condición de mujer y ciudadana del país que te vio nacer y morir.
Lo hago porque tus comportamientos excedieron el marco del deportista y vos lo permitiste. No yo ni todos los que a lo largo de tu vida escuchamos y vimos tus declaraciones.
Y no digo leímos porque siempre en lo que un periodista escribe puede estar el consabido “me lo sacaron de contexto” esgrimido por el protagonista.
Si hiciera silencio seguro también me ganaría menos críticas que las que voy a recibir de algún sector que me lea, pero no sería honesta conmigo misma.
Lamentablemente, las conductas sociales que te vi protagonizar con las mujeres que pasaron por tu vida fueron crueles.
Públicamente crueles.
Acusaste a la madre de tus primeras dos hijas mujeres de ladrona, chorra y un sinnúmero de despreciativas calificaciones más.
Yo no estuve en tu intimidad de ídolo ni formé parte alguna de tu círculo pero para alguien que le había dado vida a dos hijas de tu sangre siempre me pareció lamentable.
Es aquí cuando comienzo a preguntarme .¿A quién despedimos los Argentinos el 26 de noviembre? ¿A quién honramos en la Casa de Gobierno?
No contento con las definiciones hacia tu primera mujer, a la madre de tu hijo más chiquito la dejaste públicamente sola durante todo su embarazo porque no había acordado con vos ese futuro hijo. Manifestaste que no lo querías conocer.
Al primero, al mayor tardaste años en reconocerlo.
Lo veíamos recorrer el vallado que separaba una cancha de golf o de fútbol en dónde estabas con su pequeña y frágil figura tratando de lograr tu abrazo de padre que demoró años en llegar.
Más hijos no lograban tu reconocimiento de padre, hablo del reconocimiento legal, ese que no se niega a nadie o no debería negarse porque ningún niño pide venir al mundo. Es nuestra responsabilidad de padres hacernos cargo.
Sin embargo, el mundo Diego decidió mantenerte en tu categoría de hijo.
Tal vez porque somos un país adolescente que no quiere crecer, que deja que nuestros próceres mueran en el exilio.
Tal vez por eso reivindicamos al hijo de Doña Tota y Don Diego y, como si fuéramos tus padres, la Argentina te lloró como hijo.
Yo no, y creo que muchos argentinos tampoco.
Reconocimos tus habilidades futbolísticas innatas que ni siquiera fueron fruto del esfuerzo y la dedicación como la de otros deportistas nuestros como Guillermo Vilas, Manu Ginobili o Gabriela Sabatini, que las tuvieron pero a las que le agregaron esa cuota de esfuerzo que es ejemplo.
Nombro a deportistas y no a científicos que tardaron años sentados en una silla de laboratorio para conseguir logros como Federico Leloir o en un quirófano como René Favaloro para no seguir sumando diferencias.
A tu última mujer le dabas y le sacabas la casa de sus padres como si fuera una sortija de calesita. Y públicamente decías que la amabas.
Muchos te reconocen como víctima de tus circunstancias por haber nacido en un hogar de escasos recursos, yo no y tengo derecho a expresarlo.
Me gustaron tus goles. Pero me avergüenza que te pongan en la categoría de Ídolo Nacional.
Me avergüenza que el Presidente de mi país te haya entronizado o pretendido hacerlo en ese lugar.
Me sigo preguntando Diego ¿A quién despedimos en la Casa de Gobierno el 26 de noviembre?
Si me escuchás desde allí en donde estés quiero que sepas que pienso así.
¿Qué me dirías?
Tal vez como a tantas de las mujeres que pasaron por tu vida: “Hacé Silencio”.
Yo no lo voy a hacer.
Sin rencor pero con memoria.
PD: in memoriam de tantas mujeres que pelean el día a día solas por la crianza de sus hijos.
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