
“Abandonen toda esperanza aquellos que entren en este lugar”. Así reza el letrero que, en la Divina Comedia, encuentran Dante y Virgilio en las puertas del Infierno. ¿Se debe, como ellos, dejar toda esperanza detrás? O, por el contrario, ¿todavía se puede abrigar alguna expectativa de que el Gobierno pueda evitar que la crisis se acelere hacia un final que, para una creciente mayoría de argentinos, luce cada día más inexorable?
El desafío es inmenso. Porque la crisis macroeconómica estructural que no pudo ser resuelta por las administraciones anteriores (que lejos de resolverla, en realidad, la agravaron) convive con una crisis de credibilidad que hace que las medidas que hoy se toman no despierten confianza ni logren, por lo tanto, generar ningún cambio de expectativas.
En estas circunstancias, lo peor que pueden hacer las autoridades es sentarse a esperar algún milagro que no se va a producir. Tampoco debería esperar que el paso del tiempo le resuelva los problemas (ese sería también un milagro). Ni mucho menos debería permitir que crezca la impresión de que está flirteando con la idea de una eventual devaluación. La evidencia empírica es rica en ejemplos de devaluaciones y licuaciones que se fueron de madres, como también es rica en ejemplos de cómo las crisis se aceleran frente a devaluaciones que no van acompañadas de ningún plan.
Además, cabe siempre recordar esa vieja máxima latinoamericana pronunciada por el ex mandatario mexicano López Portillo: “Presidente que devalúa, se devalúa”. Algo que seguramente Alberto Fernández desearía evitar para no caer en una licuación anticipada de su poder (que, por cierto, ya luce cuanto menos desdibujado).
En estas circunstancias, lo primero que sí debería hacer el Gobierno es transmitir con fuerza la idea de que está al tanto de la gravedad de la situación. Ya a esta altura, tratar de “tranquilizar” la economía (como le gusta decir al ministro Martín Guzmán) con declaraciones voluntaristas no produce más que ruido y mayor incertidumbre. Sencillamente porque esas declaraciones generan dudas sobre el diagnóstico que hacen las máximas autoridades de la situación. Y si el Gobierno no cree que se está frente a una coyuntura realmente crítica, difícilmente se puedan esperar medidas a la altura de las circunstancias.
Ahora bien, para transmitir con convicción que se está al tanto de la gravedad de la situación macroeconómica y social no basta con cambiar la comunicación, ni con algún retoque del gabinete o con nuevas medidas aisladas. Muchas veces los gobiernos o algunos analistas y formadores de opinión plantean que la desconfianza tiene como origen un “problema de comunicación”.

Pero por lo general, y tal como es el caso en esta oportunidad, el problema no son las formas ni los nombres de quienes llevan adelante la comunicación, sino que hay poco que comunicar y, para colmo de males, lo poco que hay, que se hace o se instrumenta no ayuda o no sirve para resolver los problemas que están en la raíz de la falta de credibilidad y la negatividad de las expectativas.
Estrategia de salida
Es preciso avanzar con toda la artillería que se pueda reunir. Anuncios parciales están condenados a fracasar y ya no queda margen para darse el lujo de desaprovechar otra oportunidad.
Para restablecer (y mantener luego) la confianza hay que armar un paquete que involucre:
1) Una renovación del equipo económico, con personas que tengan experiencia e inspiren confianza;
2) La obtención de fondos frescos (dólares), que podrían provenir de un nuevo acuerdo con el FMI y otros organismos internacionales;
3) El compromiso de la disciplina fiscal a mediano y largo plazo;
4) La eliminación del estado de emergencia, con el fin reducir la discrecionalidad regulatoria y la volatilidad normativa; y
5) El anuncio de una hoja de ruta de desregulación y reformas que tenga como eje central la recuperación de la rentabilidad del sector privado y del empleo.

¿Misión imposible? No necesariamente. Aunque de seguro muchos estarán de acuerdo con que es poco probable que Alberto Fernández acepte la misión y avance en esta dirección. Si el Presidente no quiere, no sabe o no puede hacerlo quedará para el análisis histórico. Si lo dejaron solo, o si quedó atrapado en el laberinto de tabúes, prejuicios y dogmas ideológicos del populismo también. En cualquier caso, de lo que se puede estar seguros es que de no avanzar, y si se siguen desperdiciando oportunidades, la Argentina habrá caído una vez más en una fase de aceleración y resolución de una crisis cuya consecuencias económicas, financieras, políticas y sociales serán desagradables.
Lamentablemente, como bien se sabe gracias a la prolífica historia de crisis, esas consecuencias son por lo general más graves y más perdurables de lo que se puede prever.
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