Liberalismo, política y mesianismo

La filosofía de las ideas de la libertad muestra que la Acción Humana es el motor del cambio, nunca la política; y mucho menos a través del propio Estado

"Creer en la política como instrumento transformador de la sociedad implica perder de vista que es el Estado", afirma el autor (REUTERS/Agustín Marcarian)
"Creer en la política como instrumento transformador de la sociedad implica perder de vista que es el Estado", afirma el autor (REUTERS/Agustín Marcarian)

No es poca la gente (engañada) que cree que la política puede cambiar la vida de los demás. Esta ilusión alimentada desde el adoctrinamiento de la educación pública (ministerios que dictan los contenidos) es falsa, y es el combustible para el engaño sistemático de un grupo de explotadores que viven de lo ajeno. Por el contrario, las ideas de la libertad nos dicen todo lo opuesto: la política no es la herramienta que transforma la realidad de la sociedad. Por el contrario, la realidad del individuo que vive en sociedad es transformada por la Acción Humana (ver Von Mises, 1949), que es un proceso dinámico y espontáneo, es decir, que no es diseñado conscientemente por nadie. La Acción Humana es un proceso muy complejo, que está constituido por millones de personas (con casi infinita variedad de objetivos, gustos, valoraciones y conocimientos prácticos) que interactuando libremente entre ellas constantemente crean, descubren, inventan y transmiten información sobre fines (objetivos y problemas a resolver) y medios (instrumentos para alcanzar los fines), permitiendo que los individuos nos coordinemos en sociedad a través de todo tipo de relaciones de intercambio. Así, la Acción Humana es el motor del progreso del individuo y del desarrollo de la civilización.

Lo más común es que la política, con toda su ingeniería social a cuestas, termine siendo un palo en la rueda de la Acción Humana

De esta forma, la realidad del individuo que interactúa en sociedad surge de este proceso espontáneo llamado Acción Humana. Luego, en ocasiones, la menor cantidad de veces, la política termina “validando” los resultados emergentes de la Acción Humana. Sin embargo, lo más común es que la política, con toda su ingeniería social a cuestas, termine siendo un palo en la rueda de la Acción Humana. La gente se divorciaba hace años y años, y los burócratas del Estado (políticos) con su legislación vigente lo impedían. La ley de divorcio tan sólo fue la “validación” de un proceso espontáneo que ya acontecía en la civilización, es decir; la legislación no transformo la realidad, sino que sólo dejó de ponerle palos en la rueda. Exactamente lo mismo sucedió con los matrimonios de personas del mismo sexo.

La política y toda su organización son patas fundamentales de un aceitado mecanismo de agresión institucional, que suele justificarse a nivel popular, político y científico como un sistema capaz de mejorar el funcionamiento de la sociedad y lograr un determinado conjunto de fines colectivos considerados como buenos. Esta agresión institucional es violencia física o amenaza de violencia física ejercida por burócratas (a cargo del Estado) sobre los actores económicos o sociales, impidiéndoles el libre ejercicio de la Acción Humana. Esta coacción de la política y sus burócratas hace que el actor económico y/o social actúe en muchas oportunidades distinto a cómo habría actuado en total libertad, adecuando su comportamiento a los lineamientos de la ingeniería social. Es decir, la política nos obliga a hacer “algo” que jamás habríamos elegido hacer por propia voluntad, obstaculizando así el proceso de desarrollo de la civilización.

Para que haya Estado es necesario que haya una continua explotación económica de una clase (conquistados) por otra (conquistadores)

Además, creer en la política como instrumento transformador de la sociedad implica perder de vista que es el Estado. De acuerdo con las enseñanzas de Franz Oppenheimer (ver “El Estado”, 1908), el Estado surge a partir de la conquista, la confiscación y la esclavitud. Para que haya Estado es necesario que haya una continua explotación económica de una clase (conquistados) por otra (conquistadores). Con Estado, los derechos naturales, que no son otra cosa que poder disfrutar en tranquilidad la propiedad natural y sus resultantes, son avasallados.

Con Estado surge la verdadera grieta social, y la sociedad queda dividida en dos. Por un lado, políticos, funcionarios y cortesanos del Estado (parásitos) que viven de los “medios políticos”, y por el otro, los privados que viven de los “medios económicos”. Los políticos viven de lo que roban (impuestos e impuesto inflacionario) coercitivamente a los privados. No tienen que pensar en el prójimo para obtener sus ingresos. Por el contrario, los “medios económicos” implican subrogar nuestro comportamiento en forma permanente a las necesidades del prójimo. A diferencia de los políticos, los privados “compramos” nuestro dinero sólo a partir de los pagos voluntarios que nuestros prójimos nos hacen voluntariamente; y dichos pagos existirán si y sólo los proveemos de bienes y servicios que les “sirvan”.

Con esta grieta aparece una pelea por ser ganador neto en lugar de perdedor neto, ya que la gente procura ser parte del equipo invasor interviniente (políticos y sus socios) y no quedar del lado de la víctima. Los medios políticos tienden a prevalecer sobre los medios económicos, ya que la gente tiende a actuar con «el menor esfuerzo posible» en la procura de los medios para alcanzar sus fines. Y así es como el sector público y la fila de los políticos se va engordando año tras año, década tras década; y hasta el más impensado termina convirtiéndose a la religión del Estado y la política.

Creer en la política como instrumento transformador de la sociedad implica perder de vista que es el Estado

Nunca hay que olvidar que toda persona procura maximizar su propio bienestar, lo cual implica obtener los mayores ingresos a cambio del menor esfuerzo. Más allá de toda diatriba mentirosa, la gente se mete en política para obtener ingresos esforzándose mucho menos que en el sector privado. Es mucho más fácil e implica mucho menos esfuerzo vivir de los impuestos que financian campañas políticas, pagan cargos de diputados, senadores o concejales, que vivir pensando en que bienes y servicios hay que producir para poder satisfacer las necesidades de nuestros prójimos.

Además, los políticos tienen armado todo un andamiaje legal para que el sistema (casi siempre) te chupe o (muy pocas veces) te expulse. ¿Por qué? Porque el sistema impone altos costos para los que se quieren salir. Es fácil de probar. El artículo 157.2 de la Ley Orgánica de Régimen Electoral General (LOREG) estipula que “el mandato de diputados y senadores será incompatible con el desempeño, por sí o mediante sustitución, de cualquier otro puesto, profesión o actividad, públicos o privados, por cuenta propia o ajena, retribuidos mediante sueldo, salario, arancel, honorarios o cualquier otra forma”. Las únicas excepciones admitidas son “la producción y creación literaria, científica, artística o técnica”, y la “administración del patrimonio personal o familiar”. O sea, por un lado, la norma legal cuasi no te deja renunciar a vivir de los medios políticos, salvo que seas millonario y estés dispuesto a comerte tu capital. Por el otro, al impedirte ejercer tu fuerza de trabajo o tu profesión liberal en el sector privado, le legislación te saca del mercado para hacerte difícil la reinserción en él. Resultado, la mayoría de los políticos se quedan viviendo de nuestros impuestos, diez, veinte, treinta años. ¿Se puede cambiar esta situación? Sí, con una ley que obligue a los legisladores a seguir trabajando en el mercado y sólo sean diputados y senadores a cambio de un salario simbólico. Ahora bien, imagínense cuantos diputados y senadores votarán esta ley…

De acuerdo con la democracia universal republicana, somos todos nosotros quienes, a través de nuestros representantes, votamos más impuestos, gasto, emisión monetaria y deuda. No nos podemos quejar. Mucho menos defender

¿Por qué no nos damos cuenta de todo esto y seguimos creyendo en la política y esperando un mesías, que encarna como nada todo lo contrario a las ideas de la libertad? Porque desde pequeños los políticos nos adoctrinan en estas creencias. La educación pública (estatal o privada), universal y obligatoria no es laica, sino que adoctrina en la religión del Estado y la política, inculcándonos la idea de la necesidad del Estado y de los políticos. Es el instrumento de dominación más perfecto, ya que se convierte en un seguro contra la desobediencia, la rebelión y la revolución modificadora del estatus quo. Se nos enseña y nos hacen creer que un grupo de políticos conformado por hombres y mujeres de carne y hueso, muy bien organizados (el Estado), debe intervenir corrigendo “injusticias” y “fallos” de mercado, brindando igualdad de oportunidades y eligiendo ganadores y perdedores. Se nos enseña que la política es el instrumento transformador de la realidad, y que los políticos son ingenieros sociales que gobiernan por y para nuestro bienestar general (concepto que no existe). Además, se nos enseña que la política y el Estado no sólo son “nuestros”, sino que cada uno de nosotros “somos parte” del Estado; y que cualquiera de nosotros podemos ser gobernantes. Tan sólo necesitamos jugar con las generosas reglas del sistema, es decir; armar un partido, presentarnos a las elecciones y ganarlas.

El marketing es perfecto. Si nos cobran más impuestos, son para nosotros y volverán en forma de más servicios y bienes públicos. Si el gasto sube, dicho incremento es para nuestro bienestar. Si el impuesto inflacionario erosiona nuestro poder adquisitivo, es la soberanía monetaria que “trabaja” para nosotros. Si crece el endeudamiento y los niños actuales (futuros) financian gasto corriente, es para pagar la (imprescindible) obra pública que enaltece nuestro desarrollo y prosperidad. De acuerdo con la democracia universal republicana, somos todos nosotros quienes, a través de nuestros representantes, votamos más impuestos, gasto, emisión monetaria y deuda. No nos podemos quejar. Mucho menos defender, porque todo este avance sobre la propiedad privada y el individuo está legitimado por la ley monopólica de los políticos. Y como todo monopolio, sólo cabe esperar que su negocio (tamaño del Estado) aumente, su precio se encarezca (más presión tributaria total) y su calidad de contraprestación (seguridad, justicia, salud, educación, etc.) sea cada vez peor. En pocas palabras, la mayoría del público cree y defiende un sistema que lo único que hace es aumentar la explotación de los burócratas y los políticos en detrimento del sector privado.

La mayoría de los políticos se quedan viviendo de nuestros impuestos, diez, veinte, treinta años. ¿Se puede cambiar esta situación? Sí, con una ley que obligue a los legisladores a seguir trabajando en el mercado y sólo sean diputados y senadores a cambio de un salario simbólico

En este marco, el cambio de arriba y desde dentro es una quimera en la democracia universal y republicana. Que un grupo acotado de personas, sin apoyo popular significativo, piense que puede cambiar el sistema desde arriba y desde dentro, es de una gran fatal arrogancia que linda con el delirio mesiánico. ¿Por qué? Porque si bien este tipo de cambio siempre fue muy difícil, al menos era excepcionalmente posible en tiempos de monarquía, cuando no hacía falta el apoyo de las masas y sólo alcanzaba con convencer a un rey inteligente y a sus asesores. Por el contrario, ahora que los dirigentes son elegidos por su capacidad demagógica y su culto al Estado presente, son imposibles de convertir a las ideas de la libertad. Además, dado que un gobierno no está vinculado a un hombre o a un grupo de hombres en particular, sino que las funciones gubernamentales son desempeñadas por miles y miles de funcionarios anónimos que cambian periódicamente, la estrategia de conversión desde arriba ya no sirve. Ningún hombre o grupo de hombre tiene el poder para, por ejemplo, disolver el monopolio gubernamental de la seguridad y de la justicia, eliminar la educación pública y/o las jubilaciones, y/o desarmar el sistema de salud estatal. Seamos claro, esto último es dinamitar el sistema. Mucho menos puede asegurar que cualquier cambio en ese sentido sea permanente.

Así pues, la literatura libertaria explica y la praxeologia demuestra que el cambio debe ser desde abajo. Todo sistema puede ser cambiado o derribado por una profunda modificación de la opinión pública, es decir; por la negativa de la gente a seguir prestándole su consentimiento y cooperación a la política y al Estado. Todos los grandes cambios de la historia política universal fueron iniciados por minorías en el campo de la batalla cultural. Primero y desde fuera del régimen, hubo intelectuales que deslegitimaron el sistema. Segundo y también por fuera del régimen, las ideas se fueron propagando hasta formar una masa crítica de gente que avalara y sostuviera el cambio de régimen. Tercero y ya con el apoyo de una masa considerable de gente, se terminó cambiando al sistema. De hecho, así pasó con la monarquía y la esclavitud. Entrar a la política sin una masa crítica de gente detrás, teniendo en cuenta que la democracia universal y republicana es el sistema de gobierno con los anticuerpos más perfectos jamás desarrollados por la casta política, es comprarse un fracaso asegurado.

El cambio de arriba y desde dentro es una quimera en la democracia universal y republicana

En resumen, volvemos al comienzo de la nota y visualizamos que, como muestra la filosofía de las ideas de la libertad, la Acción Humana es el motor del cambio, nunca la política; y mucho menos a través del propio Estado. Lamentablemente para los ansiosos, estos cambios nunca pueden ser rápidos, ya que implican una evolución o una revolución cultural. Ambos son procesos que consumen tiempo, una de las variables más relevantes del pensamiento y del análisis de la escuela austriaca. Lamentablemente, en el corto y mediano plazo, Argentina proseguirá por el sendero de la decadencia. Pensando en un “tercero mejor”, deberíamos entender que hay que desarmar la República elefantiásica para reducir el Estado Nacional a la mínima expresión, y sustituirla por una Confederación en la cual las provincias compitieran entre ellas estableciendo regímenes independientes de comercio exterior, sistemas monetarios propios y también, pudieran discutir, por ejemplo, la libre portación de armas. Sin embargo, los que se oponen al actual régimen socialista marchan por la República. Actualmente, si entra un liberal a la política, parece que favorece a los hiper socialistas de CFK en detrimento de los súper socialistas amarillos; no hay mejor indicador de que no es tiempo de meterse en política, porque todavía falta mucha batalla cultural y Acción Humana. Las ideas de la libertad vencerán, sí; pero en el largo plazo. Pero para llegar a eso, debe haber un gran cambio moral y ético; y eso nunca vendrá desde la política, sino de la Acción Humana. Para iniciar este camino, primero y, antes que nada, tenemos que empezar a odiar al Estado y descreer en la política.

El autor es economista

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