
Quería ver los ojos de su padre antes de morir. Esas fueron sus últimas palabras. Suplicó por carta a los medios. Lo que hicieron en el final de su vida de apenas 35 años a Solange Musse, a su padre, y a todos nosotros en ella, resulta intolerable e impresentable. Es doloroso, cruel y arrogante. Habla de torpeza, de ineptitud, de destrato, incompetencia y cinismo. Sólo puede llenarnos de vergüenza.
El mundo del revés. Una política que se llena de frases y eufemismos acerca de la inclusión, y que abandona en su lecho de muerte a una joven que pide abrazar a su padre. Un discurso vacío sobre hacer valer los derechos de todos y todas, nos deja a todos los padres y madres, y todas las hijas e hijos desgarrados. Un país encerrado y familias soportando una distancia eterna, mientras políticos de máxima envergadura se muestran en reuniones y comidas sin cuidado ni protocolo alguno. Un país gobernado por el miedo, el robo, la marginalidad y la inseguridad que escolta un día y medio con varios patrulleros al delincuente, cuyo crimen era querer ver a los ojos, por última vez a su hija. En nombre del cuidado a la vida, el desamparo y la orfandad en su último suspiro.
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No fue un descuido del momento. Ni falta de reacción. Fue negligencia, apatía y desidia. Llevó días la ejecución lenta y dolorosa del crimen moral. Hasta hoy nadie se disculpó. Ni un solo llamado por teléfono. Del puesto de seguridad, de los funcionarios provinciales, o del gobierno nacional. El duelo por la muerte de Solange y el duelo por el puñal de la falta de su último adiós, el padre deberá recorrerlo también en soledad.
Todos responsables. Por creer que el poder de una ley está por encima de la humildad, el criterio, la compasión y el sentido común. Todos responsables. La partida en soledad de Solange y las lágrimas en soledad de su padre son responsabilidad de todos los que creyeron que su autoridad estaba por encima de su humanidad.
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“Harás lo que es correcto y lo bueno a los ojos de Dios, para que te vaya bien y heredes la tierra buena” (Deuteronomio 6:18) Najmánides (Ramba´n) fue uno de los comentaristas y místicos más importantes del siglo XIII. A partir de este versículo él explica el concepto talmúdico de “Lifnim mishurat hadin” que significa: “Dentro de la línea de la Ley, o Más allá de la Ley”. Ramba´n enseña que la Torá apenas puede legislar acerca de una limitada fracción de todas los dilemas éticos que se nos presentan a diario. Dentro de nuestro rasgo divino, como humanos, debemos tener la sensibilidad moral para poder intuir qué es lo correcto y lo bueno, en los casos que no se encuentran legislados, o bien donde aplicar la legislación dura nos enfrentaría con un problema ético. El Talmud (en el Tratado de Bava Metzia 83a), incluso, considera la posibilidad paradójica de que “ir más allá de la letra de la Ley” es en sí mismo lo que la ley espera y requiere de nosotros.
Lo que sucedió con Solange habla de la pobreza de espíritu del liderazgo del poder. Pero a otra escala, en la nuestra, en lo cotidiano, debemos evaluar nuestro propio poder, y el liderazgo que tenemos con nuestro entorno. Es en los pequeños actos de cada día, donde sembramos la semilla de una sociedad más madura, más amorosa y con el don del sagrado sentido común.
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Mi mejor amigo se llama Marcelo. Es hipoacúsico de nacimiento. No fue a pesar, sino a partir de su limitación que logró alcanzar dos carreras universitarias y dirigir el departamento rabínico de nuestra comunidad. Me acompaña desde hace 30 años. Más allá del silencio que lo rodea logró interactuar con el mundo aprendiendo el arte de leer los labios. Sin embargo, esta nueva normalidad lo hizo encontrarse con nuevas miserias. Él carece del sentido del oído, pero en lo cotidiano se cruza con quienes perdieron el sentido común. Ya no puede hacer las compras en un mercado, o acceder a sus medicamentos en una farmacia. Los que allí atienden están con sus barbijos haciendo imposible ninguna comunicación. No hay dudas de que el barbijo es obligatorio, importante y necesario para prevenir el virus. Pero un alma con sentido común logrará estar también inmune al virus del egoísmo. Marcelo intenta cada vez explicar su imposibilidad de comunicarse, pero nadie se quita su tapabocas. Ir más allá de la ley no es romper la ley o no llevar adelante los protocolos que necesitamos. Tan sólo con dar unos pasos hacia atrás y poner mayor distancia, o utilizar la mascarilla transparente en caso de atender al público, activaría el protocolo espiritual que nos debemos entre todos.
Valga esta historia personal como ejemplo. Seguramente cada uno haya vivido otras situaciones con conflictos éticos diferentes, y ausencias varias del más común de los sentidos. Quizá al compartirlos, podamos abrir la mente y los corazones de muchos que mañana se crucen ante el mismo dilema. Entonces, saber aferrarse a la ley, sin dejar de escuchar al alma.
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Amigos queridos. Amigos todos.
El Talmud (Tratado Bava Metzia 30 b) nos dice que Jerusalén y el Templo Sagrado fueron destruidos por no cumplir con “Lifnim mishurat hadin”, no ver más allá de la ley. Sólo haciendo lo correcto y lo bueno, lo que marca un alma con sentido común y moral, podremos al fin heredar la tierra buena.
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La obediencia a la ley es lo que nos transforma en una sociedad madura y civilizada. Aprender a leer más allá de la ley ante un dilema ético es lo que nos transforma en una humanidad más humana.
El autor es rabino de la Comunidad Amijai, y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.
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