Una brigada de 52 médicos y paramédicos cubanos viajó el sábado a Italia para asistir a los servicios sanitarios de ese país, el más afectado por la pandemia del COVID-19
Una brigada de 52 médicos y paramédicos cubanos viajó el sábado a Italia para asistir a los servicios sanitarios de ese país, el más afectado por la pandemia del COVID-19

Medios argentinos reportan que Cuba ofreció médicos para colaborar en las acciones sanitarias contra la pandemia. Algunos informan que 500 de ellos serán desplegados en la provincia de Buenos Aires. Otros dicen que no ha sido decidido y está siendo evaluado por las autoridades.

No es la primera vez que el tema es parte de la deliberación pública argentina. En diciembre de 2014, se hablaba de enviar médicos cubanos a La Pampa y a Chaco. Se decía que llegarían a cambio de granos (cualquier parecido con Videla es pura casualidad).

La idea tuvo poca repercusión en aquel momento. La agenda estaba dominada por el acuerdo con Irán; recuérdese que a Nisman lo mataron en enero siguiente. Es decir, el gobierno de Cristina Kirchner no tenía capital político para llevar adelante la idea y, además, no había pandemia para usarla como excusa.

Ni ayer ni hoy se trata de necesidades de salud pública. De hecho, en Argentina hay 4 médicos por cada mil habitantes. Como comparación: en los Países Bajos dicha proporción es de 3.5, en Francia 3.2, Reino Unido 2.8, Canadá 2.6, EE.UU 2.6. El problema de Argentina, entonces, no es la cantidad de médicos sino la pobre política sanitaria.

Esto subraya que, antes del coronavirus, existía en aquel gobierno una predisposición ideológica a recurrir a las tristemente célebres misiones médicas cubanas. Tristes porque se trata de un gran fraude, la estafa de un totalitarismo de partido único, sin sociedad civil ni prensa independientes para fiscalizar al Estado, y por ende con un gobierno capaz de mentir e inventar estadísticas a voluntad.

Llevó tiempo construir la narrativa de la supuesta excelencia medica cubana y su solidaridad, un mito que ya no viaja como entonces. De ahí que existan denuncias penales contra el gobierno cubano formuladas por participantes en dichas misiones. Tengo conmigo dos: una radicada en el Estado de Florida y la otra en La Haya ante la Corte Penal Internacional.

El gobierno argentino debería leerlas e informarse. El patrón de las denuncias es el mismo: tráfico de personas, trabajo forzoso y explotación, en un contexto de atención médica de dudosa calidad. Vayamos por partes.

Se trata de un régimen represivo. Los participantes se reclutan por medio de amenazas. No se les informa el destino, la duración del viaje, ni la paga. No se les permite viajar con todos los miembros de su familia. No se les entrega su pasaporte y, una vez allí, deben realizar funciones de propaganda y adoctrinamiento político.

Además son acompañados por agentes de la Seguridad del Estado que simulan ser médicos. Los mismos cumplen funciones de inteligencia: vigilancia a los cubanos, para controlar la defección, y tareas políticas encomendadas por el país receptor. En Venezuela sobran los testimonios sobre la delación de opositores por parte del personal de las misiones médicas.

Las denuncias describen un verdadero sistema de explotación, desde la remuneración hasta las condiciones laborales y habitacionales, largas jornadas y hacinamiento. Del total transferido al gobierno cubano, solo el 10% se dedica a los salarios de los profesionales, muy por debajo del salario promedio en cualquier país receptor. Las denuncias desnudan la hipocresía de un régimen que proclama la emancipación del proletariado, pero esclaviza médicos.

La denuncia formulada por la ONG “Cuban Prisoners Defenders” ante la Corte Penal Internacional se basa en 110 testimonios de profesionales que abandonaron el programa. La misma revela la amplia dimensión geográfica de las misiones, con destinos en países de América Latina, África, Asia y aún Europa. Instrumento de política exterior y de captación de divisas al mismo tiempo, se calcula que La Habana se hace de 8000 millones de dólares cada año por este medio.

Allí también se documenta la práctica de falsear estadísticas sanitarias tanto en el exterior como en la Isla. En el primer caso con el objetivo de exagerar el éxito de las misiones, lo cual tiene efectos diplomáticos. Dentro de Cuba, a su vez, la adulteración de la información sirve para reproducir el mito de la excelencia médica del sistema socialista, la tarjeta de presentación de las misiones.

Así es, por ejemplo, como el país exhibe tasas de mortalidad infantil extraordinariamente bajas, las cuales se construyen por medio de la directiva oficial que obliga a reportar como un aborto todo deceso de un neonato. Los entrevistados declaran que lo mismo ocurre en relación a enfermedades transmisibles como el dengue y el cólera, las cuales están en nivel de epidemia desde hace siete años.

Ello no sorprende. La literatura sobre la transición post-comunista en Europa ha documentado la práctica de manufacturar estadísticas en regímenes de partido único, “fake news” antes que existiera el término. A propósito, Cuba reporta 8 médicos por cada mil habitantes, cifra desproporcionada a la que se llega contando al personal auxiliar—camilleros, técnicos, enfermeros y otros—como médicos.

Ello es parte del problema, la idoneidad de dichos “médicos”. En diciembre pasado, seis de nueve oftalmólogos cubanos fueron reprobados en el examen de reválida administrado por la Escuela de Graduados de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República del Uruguay, y ello luego de haber trabajado durante dos años en el Hospital de Ojos. En Bolivia, otro ejemplo, salió a la luz que de los 702 profesionales desplegados, solo 205 tenían título universitario.

Es que esto es ideología y política, no es medicina ni salud publica. Las misiones cubanas son mecanismos de control social, sino de inteligencia. Es impensable que con el antecedente de 2014 y las decenas de viajes de Cristina Kirchner a la Isla a acompañar a su hija, este tema no haya estado en conversación. Ahora es el Gobernador Kicillof quien lo introduce.

La buena noticia es la sensatez del Presidente Alberto Fernández. Aseguró que no son médicos, y que solo en Cuba los llaman “médicos generalistas” cuya capacidad profesional no excede al conocimiento de un enfermero especializado. Fue una idea del gobernador Axel Kicillof que desea reforzar su sistema de emergencia sanitaria a costo cero, concluyó.

Esperemos que con esto concluya el tema de los médicos cubanos. No hacen medicina, hacen inteligencia y propaganda.