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Supongo que a muchos la Navidad nos trae cierta nostalgia, en especial por aquellos que ya no están entre nosotros y por otros que intuimos que les quedan pocas nochebuenas. Pero también porque alguna vez creímos en el significado de estas fiestas como un momento sublime de esperanza, perdón, reconciliación y el decidido permiso para empezar de nuevo, sin manchas anteriores, y con ánimo de hacerlo mejor el año próximo. Un rejuvenecer aliviado. La pérdida de la fe se transforma entonces en un costo inestimable.

Pero un costo mucho mayor resulta de observar que en la sociedad hay una retirada de la religión y con ella la evaporación de una guía moral para Occidente. El agnóstico liberal tiene una nostalgia doble o triple, porque cuando era él quien había perdido la fe todavía se reconfortaba, de manera inconfesable, en que a su alrededor muchos aún la mantenían y la defendían. Habíamos perdido la divinidad de Cristo, la potencia de imaginar una posible comunión con ese Dios uno y trino; la inmensidad incomprensible de ese don, la comunión, que paradójicamente se transformó en la excusa que utilizó nuestra vanidad como fuente para sembrarnos la duda. Pero aún conservábamos sus enseñanzas, la sabiduría milenaria de la Biblia, y de Jesús, ese ser humano en cuya excepcionalidad sí creíamos, en la potencia del amor al prójimo, como a ti mismo. En que “la verdad nos hará libres” y en que “Ama y haz lo que quieras”, como lo resumía mi genial tocayo.

Pero digo que es una nostalgia doble, o triple, porque sentimos que ese vasto legado de sabiduría, de perfeccionamiento y de cordura, que llevaba a la paz y al progreso de la humanidad, acaso se esté perdiendo irremediablemente. Está siendo reemplazado por el desprecio a la religión y por una agresividad anti ética y anti estética, no solo contra lo sagrado, sino contra todo lo bello y lo bueno.

El marxismo que se ha infiltrado hasta hacerse hegemónico en escuelas, universidades y en todo fenómeno cultural es un pecado que nos condena a la pobreza y a la miseria, pero su papel en la destrucción de la moral de occidente es trágico y nos lleva a la corrupción y al odio, entre ricos y pobres, entre empleados y emprendedores, entre hombres y mujeres. El iluminismo que fue hijo de esa tradición judeo-cristiana nos trajo, ¿qué duda cabe?, la democracia, la república y la libertad. Pero también la duda, y su contracara que es la soberbia resentida, que produce el odio y la violencia.

La Navidad, entonces, tiene que servirnos de recuerdo de los mejores valores de la humanidad que Jesús, divino o humano, nos ha traído. La mayor cumbre alcanzada por el intelecto, que se resume en el mensaje de amor, bondad, perdón y tolerancia; en el valor de la palabra, la cultura del trabajo, el esfuerzo y la creatividad, que nos permiten ser co-creadores de las maravillas más excelsas; y que de manera evolutiva y espontánea condujo al surgimiento de la civilización más libre, próspera, y filántropa, jamás concebida por una mente humana.

El amor es lo contrario de la envidia, que se centra en comparar las desigualdades. La justicia de Jesús es dar a cada uno lo suyo, que es lo contrario de la justicia social que en la Biblia se conoce con la palabra robo. Jesús se concentra en que multipliques tus talentos sin resentirte por los talentos de los demás. Y con sabiduría oriental te advierte que para entrar al reino de los cielos debes aliviarte de las cargas materiales, es decir, aprovecha tu edad madura para hacer mayor caridad, con tu billetera, no con la del vecino. Es por esos aciertos y no por sus errores que Jesús y su doctrina tienen muchos enemigos, aún dentro de la Iglesia que luce traicionera o traicionada y ha perdido su impulso civilizador. Pero su peor enemigo es la educación estatal que ya no es neutral sino que adoctrina con doctrinas contrarias a toda la sabiduría judeo-cristiana, basándose en el marxismo cultural de Freie o en la ideología de género. El antídoto contra todo esto sería volver a la libertad de enseñar y aprender que consagra nuestra Constitución y no se cumple.

Pero la Navidad siempre es esperanza. Blas Pascal, que era agnóstico, lo tomaría con optimismo filosófico, ese optimismo que nos permite ver que no solo no todo está perdido, sino que de algún modo el amor puede triunfar sobre los odios. En la mente de un agnóstico las religiones y la ciencia pueden fundirse, fusionarse o mimetizarse; el cristianismo puede transmutar en una suerte de budismo liberal que considere a todo ser humano como parte de una energía celestial inmensa, que algunos llaman Dios. Y de ese modo preservar a cada persona como un ser sagrado, único y libre.

¡FELIZ NAVIDAD!

El autor es economista