
El discurso del presidente Fernández planteó en su inicio la necesidad de superar las grietas entre los argentinos y de apuntar a una unidad sin uniformidad, en lo que no puedo estar más de acuerdo. Pero esas afirmaciones deberán estar acompañadas de gestos claros e inequívocos que demuestren su sinceridad. En tal sentido, que se haga decir a la locutora oficial de manera reiterada que el doctor Fernández es el “presidente de la unidad”, como si el saliente lo fuera de la división, no ayuda a dicho objetivo. Tampoco que tanto el presidente como la vicepresidente, apenas asumidos sus cargos, canten en el recinto de la Asamblea Legislativa una marcha partidaria.
Por supuesto, hay que marcar una diferencia importante en el acto de asunción entre el presidente y la vicepresidente. Aquel saludó correctamente a Mauricio Macri y lo aplaudió cuando fue mencionado; Cristina, fiel al estilo que le conocemos, le estiró la mano como por obligación, afectando deliberadamente una mueca despectiva.
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En cuanto a las líneas de su programa de gobierno, no se expusieron más que generalidades, metas con las que nadie puede disentir. Habrá que ver cuáles son los instrumentos concretos que se planteen para alcanzarlas. Sin embargo, ciertas afirmaciones sugerirían el regreso a esquemas de una economía cerrada que está en la base de nuestra decadencia desde mediados del siglo pasado. Las apelaciones a la producción sin los necesarios estímulos a la inversión y el impulso a la seguridad jurídica solo pueden quedar en buenas intenciones.
Tampoco queda claro cuál es la reforma al sistema de la justicia federal que anunció el presidente. Espero que bajo el ropaje de nobles propósitos no se intente profundizar la impunidad. Por cierto, la idea de que los servicios de inteligencia no contaminen la justicia es muy plausible, pero si hubo gobiernos que incurrieron en esa práctica fueron los kirchneristas, lo que siembra dudas sobre la sinceridad de esas expresiones. Lo mismo cabe decir de sus postulados sobre la pauta oficial. Fue el kirchnerismo el campeón de la propaganda partidaria sufragada con recursos públicos.
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En definitiva, hay un cúmulo de buenos objetivos que contradicen conductas pasadas de la agrupación ahora gobernante. Ojalá importen una verdadera autocrítica. Si así fuera, las celebraríamos sin el menor prejuicio. Pero debemos ver si no son declaraciones que se quedan en la mera retórica. El discurso inaugural de Néstor Kirchner abundó también en ellas. Luego supimos que había sido el comienzo de la neolengua kirchnerista, que consistía en designar con palabras amables políticas que solo perseguían la concentración del poder. La famosa “democratización de la justicia” fue uno de esos casos. Otro ejemplo célebre fue la “pluralidad de voces”, que escondía bajo una denominación pluralista la intención de que hubiera muchas voces...que cantaran la misma melodía, compuesta en la Casa de Gobierno.
Estamos dispuestos a acompañar todo lo que sea positivo para el país. No ignoramos que en la larga historia del peronismo sus méritos no han pasado precisamente por la vocación republicana. Sin embargo, no podemos descartar que hayan aprendido de la experiencia la necesidad de obrar dentro del respeto a la división de poderes, sin pretender encarnar por sí solos al pueblo en su conjunto. Más de una frase de Alberto Fernández en su discurso inaugural invita a una, por lo menos, cauta esperanza, así como las actitudes y las palabras de la señora de Kirchner indican que, como los Borbones de la Restauración, según el famoso comentario de Talleyrand: “Nada han olvidado, nada han aprendido”.
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El autor es diputado nacional por la ciudad de Buenos Aires (Cambiemos)
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