
Mea culpa. A partir de hoy, no seré cómplice de la muerte de la palabra. No continuaré participando del ritual perverso de la degradación de la letra escrita, cuya más noble expresión sigue siendo, al menos para mí, el libro. Algunas de las mal llamadas redes sociales, que mucho tienen de redes y nada de sociales, y me refiero en particular a Twitter, son la piedra en la que se sacrifica la palabra y se retuerce de dolor el pensamiento. Freud escribió hace un siglo: "El primer ser humano que insultó a su enemigo en vez de tirarle una piedra fue el fundador de la civilización". Luego del insulto vino la argumentación, mucho más tarde la escritura y el libro coronó la epopeya del pensamiento. A partir de la aparición de Twitter iniciamos el camino inverso. Abandonamos el pensamiento, la argumentación y hemos vuelto al insulto. Afortunadamente Freud no será testigo del momento en que el ser humano volverá a arrojarse piedras.
Twitter es el nuevo Coliseo romano en cuyas gradas un público anónimo, fanatizado y cobarde se dedica a martirizar con insultos a quienes, con nombre y apellido, comienzan, en el mejor de los casos, intercambiando ideas y terminan cambiado escupitajos.
Mea culpa. He resuelto abandonar la arena, dejar que los leones famélicos de sangre se mueran de hambre y que los fanáticos, en lo que a mí respecta, se mueran de aburrimiento e indiferencia.
Twitter es el pozo en el que se entierra por su propia voluntad la víctima para ofrecerse en sacrificio a la lapidación pública de inquisidores con pseudónimo, pseudoescritores de las sombras que tiran la primera piedra creyéndose libres de pecado.
Twitter es el barro del barro, es el estiércol en el que se revuelven aquellos que lo único que tienen para aportar en el debate es, literalmente, mierda. He decidido salir de ese fangal y volver a la tinta y el papel.
Twitter es la reducción de la palabra al mero caracter, a la frase que condena la letra a la cifra binaria y reduce cualquier idea al cero o al uno, en una suma que, indefectiblemente, siempre resultará en cero. Ni siquiera uno.
Mea culpa. Mi oficio de escritor y mi profesión de psicoanalista dependen de la palabra. No tengo el derecho de degradarla. Una novela se puede resumir en pocas palabras. Pero esas palabras ya no serán la novela, porque una novela no es el mero desarrollo de una idea; es una estructura maravillosa en la que no existen límites entre el fondo y la forma, es el placer por la digresión y el regodeo con lo que, normalmente, pasa inadvertido. Es el exceso de la palabra, eso que jamás entrará en un tuit. Ni en un millón de tuits.
Twitter es la degradación permanente de la existencia. Es la alienación de la vida. Es la mejor manera de confundir la vida con la pantalla del celular. Es la forma de mantenernos encerrados, quietos y en la sombra. Es la cárcel voluntaria a la que nos entregamos cada día. Ese pájaro libre del logo de Twitter es una cruel farsa que impide mostrarnos lo que es en realidad: la jaula.
Twitter es exactamente lo opuesto a la comunicación. Por su propio carácter y sus enormes limitaciones, la polémica se reduce al insulto, la ironía a la burla, el aforismo al slogan vacío, la exposición a la exhibición y la curiosidad al afán de espiar.
Twitter me ha mostrado lo peor de la gente que desprecio, pero también de la que admiro. Es la exhibición vergonzosa de aquello que los voyeurs quieren ver. Y acaso esto, sí, sea inherente a todas las redes sociales: nos muestran aquello que habríamos preferido no ver nunca. Es como encontrarse, de pronto, con la imagen perturbadora de Aristóteles sentado en un inodoro. Nos convierte en voyeurs de lo que no queríamos ver y en exhibicionistas de lo que no queríamos mostrar.
Twitter es el reino de las fake news y de la falsificación. Yo puedo hacerme responsable de todo lo que he dicho y todo lo que he mostrado. Puedo arrepentirme de mis palabras. Pero nadie podrá forzarme a arrepentirme de lo que jamás he dicho.
Twitter es la herramienta dilecta de la grieta. Es el cincel que abre la piedra hasta partirla al medio.
Twitter es la advocación del fanatismo que no tiene otra bandera más que la del fanatismo. Mea culpa.
He decidido abrir la jaula y salir de Twitter. Soy autor de 17 libros, novelas, cuentos, ensayos, crónicas de viaje y cientos de columnas en diarios, revistas, en radio y en televisión. Dicen que los jueces hablan por sus sentencias. Los escritores hablamos a través de nuestros libros. Quienes quieran saber cómo pienso y qué opino, ahí están mis libros, y en la radio pueden escuchar mi propia voz. Es hora de salir al sol.
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