Las ventajas "invisibles" del acuerdo Mercosur-UE

Flavio Floreal González

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(AFP)
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Una primera lectura de las reacciones que deparó el acuerdo de libre comercio que firmó el Mercosur con la Unión Europea (UE), en el marco de la comprensible "espuma electoral" de los tiempos que corren, nos permite concluir que se han esgrimido los típicos discursos que promueven el entusiasmo y el miedo ante esta clase de acuerdos comerciales. En verdad, no fueron tan distintos a los que se blandieron cuando, por ejemplo, se firmó el NAFTA. Estuvieron los que gritaron a los cuatro vientos su entusiasmo por la firma como si la panacea del libre comercio resolviera por sí sola una inteligente inserción de la economía en el mundo, mientras que otras voces salieron a enarbolar el miedo a la competencia que inspira el proteccionismo extremo que tampoco nos dio resultados. Por el momento, habrá que esperar la letra chica del acuerdo y, sobre todo, cuál es el derrotero que sigue el tratado hasta su entrada en vigor. No hay que perder de vista que estamos en presencia de un acuerdo internacional complejo suscrito por dos bloques integrados, en conjunto, por 31 países en el que deberán expedirse para su aprobación todos los parlamentos nacionales. O sea, todavía hay espacio para que maniobren los lobbies proteccionistas de uno y otro lado del charco. Y bastaría que un parlamento rechazara el acuerdo para que todo se venga abajo.

Sin embargo, más allá de las ulteriores vicisitudes, y de las amenazas e incentivos que podrá deparar para unos y otros sectores de la economía en ambas partes del mundo, este acuerdo también nos brinda incentivos adicionales que, en verdad, todavía no estamos percibiendo. Serían una especie de ventajas "invisibles". Me refiero a incentivos de carácter no económico para mejorar el funcionamiento de la política en general de nuestro país como también a nivel interestatal en el Mercosur.

En primer lugar, en el plano interno, y ante la presencia de una "amenaza externa", este acuerdo nos brinda una excepcional oportunidad para mejorar el funcionamiento de nuestra política e instituciones. Los gobiernos nacionales de los próximos mandatos constitucionales deberían promover espacios de discusión y negociación al que concurran sectores políticos, empresarios y gremiales para articular políticas de Estado que nos permitan afrontar con éxito los desafíos de la competencia con el mundo. La asociación estratégica con la UE tiene una hoja de ruta hasta su entrada en vigencia con plazos para que los distintos actores se adapten a las nuevas reglas de juego. Una hoja de ruta similar debería articular nuestra dirigencia para acordar políticas. Si algo no podremos hacer frente a este acuerdo, es quedarnos con los brazos cruzados esperando que se concreten los perjuicios que la "mano invisible" del mercado traerá aparejados cuando entre en vigor la apertura comercial si no se hace nada.

La tradición institucional de la UE a la hora de manejar estas cuestiones nos dice que ellos van a desplegar una batería de medidas para llegar al acuerdo del mejor modo posible. En nuestro caso, el Estado deberá cumplir un rol activo para bajar el costo impositivo, dotar de equipamiento, know how y demás condiciones para una mejor competitividad a los sectores más vulnerables. También deberá jugar un papel importante con las cámaras empresarias para que las pymes puedan aprovechar el capítulo del tratado previsto para insertarlas específicamente en un mundo globalizado. Y los sindicatos tendrán que hacer un aporte, sin perder de vista que celebramos un acuerdo con países donde los salarios y los estándares laborales son mejores que los nuestros. Después de todo, algún día deberíamos resolver con éxito el indescifrable acertijo de no saber por qué no podemos fabricar mejores zapatos que los italianos o un mejor jamón crudo que los españoles.

Por su parte, a nivel regional, la segunda oportunidad que nos brinda el acuerdo es la de "resetear" el Mercosur. Para mejorar su funcionamiento interno, y también para olvidar de una vez por todas la idea de insertarnos en el mundo como si fuéramos llaneros solitarios. Más todavía, viendo el tamaño de las economías que regirán el mundo en las décadas por venir, casi podría decirse que habría que ampliar el Mercosur a otros países de la región.

Por último, no hay que perder de vista que, en un mundo como el actual, donde comienzan a desarrollarse guerras comerciales y murallas informáticas, este acuerdo representa un significativo aporte para la paz. Aunque esta afirmación puede parecer un poco altisonante, los libros de historia dan cuenta de que la conflictividad comercial y económica entre las naciones ha potenciado las condiciones para el estallido de ulteriores conflictos políticos y militares, especialmente después de la crisis de 1929 y antes de la segunda guerra mundial. La humanidad nunca debería olvidar que siempre son mejores los puentes que las murallas.

El autor es profesor de Derecho de la Integración, UBA.