El autor es director ejecutivo de la Asociación Pensamiento Penal y juez del Tribunal en lo Criminal 1 de Necochea.

El 14 de enero de 2009 Alejandro Novo repartía pollos en el barrio Barros Blancos de Montevideo cuando fue interceptado en la vía pública por al menos dos personas que, con el propósito de asaltarlo para alzarse con un magro botín, efectuaron un disparo con un arma de fuego que acabó con su vida. Un hecho de violencia innecesaria, como tantos que ocurren a un lado y otro del Río de la Plata.
Lo que no fue igual a otros casos es la actitud que frente al drama adoptó la mamá de Alejandro.
Graciela Barrera de Novo, hasta ese 14 de enero, era un ama de casa uruguaya que dividía sus tiempos entre el cuidado de la familia y la atención del negocio avícola, y que jamás iba a pensar los cauces que tomaría su vida. Como es obvio, la muerte violenta de Alejandro significó un golpe durísimo, que durante muchas semanas la paralizó. Hasta que un buen día, un hecho fortuito (un ave que apareció en su jardín y en la que ella creyó leer un mensaje de su hijo) la determinó a "hacer algo" para que la muerte de Alejandro no fuera en vano.
Es así que Graciela comenzó a trabajar, sin prisas y sin pausas, por los derechos de las víctimas del Uruguay, para que fuesen escuchadas y asistidas. Fundó la Asociación de Familiares de Víctimas de la Delincuencia (ASFAVIDE), primera institución de estas características del vecino país. También, con su tesonera labor y el acompañamiento de otras víctimas, logró que se sancionase una ley de protección de las víctimas, paso fundamental para el reconocimiento de uno de los protagonistas esenciales del conflicto penal.
Hasta aquí muy meritorio el trabajo de Graciela, pero lo verdaderamente inusual es que a la par que desarrollaba esta tarea, se comienza a involucrar con la vida en las cárceles.
Tengo el honor de que en varias oportunidades me haya contado cómo fue su acercamiento al mundo penitenciario y de las personas privadas de la libertad, en lo que fue un hecho inédito: la madre de un muchacho muy joven caído, en un episodio de violencia, interesándose por la suerte de las personas que generaban esos hechos de violencia, tratando que su tránsito por las cárceles tampoco sea en vano (como la muerte de su hijo) y que, cuando recuperen la libertad, lo hagan en mejores condiciones que cuando entraron, con posibilidades reales de convivir con el resto de la sociedad en forma pacífica. He sido testigo presencial del cariño y las muestras de afecto que le dispensan las personas privadas de la libertad cada vez que ingresa a una unidad.
Graciela se ganó inmediatamente el reconocimiento de la sociedad uruguaya al punto de convertirse en una de las personalidades públicas más relevantes y respetadas, referencia insoslayable cada vez que se hace alusión al compromiso ciudadano.
Pero la historia no termina aquí. Luego de diez años (sí, diez años) la Justicia uruguaya logró individualizar a dos de los autores del asalto y la muerte de Alejandro, dispuso el procesamiento y la prisión preventiva.
Graciela fue inmediatamente requerida por los medios de comunicación y con absoluta serenidad declaró que, aunque la Justicia tarde, finalmente llega, y que la noticia le traía paz y tranquilidad a ella y al resto de su familia. Pero que también tenía decidido que dentro de unos días iba a presentarse en la prisión donde se encuentran las personas que asesinaron a su hijo para entrevistarse con ellos, si es que acceden a hacerlo. Dice Graciela que quiere mirarlos a los ojos y ver lo último que vio su hijo. Que quiere preguntarles por qué. Simple y sencillamente por qué. Pero también decirles que está dispuesta a ayudarlos para que tengan una oportunidad, si es que están dispuestos a aprovecharla.
El ejemplo de Graciela, digna integrante de Víctimas por la Paz, es enorme, nos inspira y nos muestra de qué manera una enorme y terrible adversidad de la vida, cualquiera que esta sea, se puede convertir en una oportunidad para transformarnos en mejores personas.
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